Acomplejada e insegura, pasó más de media vida encerrada en casa y vestida de blanco. Ahora, considerada una de las mejores escritoras de la historia, es revisitada como heroína millennial, un icono que no publicó ni un solo libro
Nunca publicó libros en vida, aunque había escrito cientos de poemas. Emily Dickinson, ingeniosa y compleja, introvertida hasta la patología, no imaginó que acabaría convertida en una de las autoras más respetadas del mundo. Pasó sus últimos años encerrada por voluntad propia en la casa familiar de Amherst, un pequeño pueblo de Nueva Inglaterra, al noreste de Estados Unidos. Ni siquiera salía de su habitación: «Soy huésped de mí misma». Prolongó aquel aislamiento durante más de dos décadas. No siempre fue así. Nacida en 1830 como la hija mediana de un matrimonio acomodado, pronto mostró interés por la lengua y la historia, pero sobre todo por la naturaleza. Su obra está repleta de referencias a las constelaciones y las estrellas, a las flores y los árboles. Abandonó el cobijo del hogar cuando aún era adolescente para ingresar en un exclusivo seminario femenino que pretendía convertir a sus alumnas en misioneras religiosas. La joven Emily, que animaba las tediosas tardes de sus compañeras con relatos extraños y divertidos, dio allí los primeros síntomas de rebeldía y fue declarada «no convertida».
La extrema protección de su vida privada, oculta bajo mil candados, ha desatado teorías académicas y populares que intentan descifrar sin éxito a quién se dirigen los poemas de amor de Dickinson. En esa montaña de elucubraciones caben un pastor protestante casado, un joven a quien su padre prohibió ver e incluso su cuñada, con quien mantuvo una intensa relación epistolar. Porque la poeta estadounidense siempre se sintió más cómoda escribiendo que en el contacto directo. Sus vecinos la consideraban excéntrica, una mujer huraña que evitaba los saludos y recibía visitas a las que atendía manteniendo como distancia la escalera de su casa, que apenas bajaba. En aquella soledad construyó cerca de dos mil poemas de los que menos de diez vieron la luz, y siempre sin que los firmara. Acomplejada e insegura, Emily envió algunos de sus escritos a Thomas Higginson, su mentor literario, incapaz de valorar lo que llegó a sus manos. «Tienen mis poemas vida?», preguntó ella. Él respondió con numerosas propuestas de cambios que abrumaron a Dickinson, dueña de un estilo personalísimo basado en la proliferación de guiones y mayúsculas en versos breves poblados de metáforas y menciones a la inmortalidad.
Nunca se casó ni tuvo hijos. Antes de su encierro solía pasear con su perro, al que adoraba. También salía para hacer compras y acudir a la Iglesia y llegó a viajar en varias ocasiones a Boston. Pero algo se quebró cuando cumplió treinta años. «Mi vida es demasiado sencilla y austera como para molestar a nadie», escribió para justificar su hermetismo. Nadie sabe bien qué le ocurrió, qué resorte interno provocó que pasara media vida enclaustrada y vestida de blanco, color que comenzó a usar cuando decidió darle un portazo al mundo, pero lo cierto es que levantó un muro que ya nunca saltó. Sus biógrafos hablan de ansiedad y depresión, trastornos raramente diagnosticados en su época, pero también de pasiones sin corresponder que terminaron de hundir su autoestima. Un hecho comprobado es que padeció el síndrome de Bright, una enfermedad renal que produce dolor de espalda, vómitos y fiebre, problemas que podrían haber contribuido a su retiro definitivo.
Una obra arrolladora
Tras su muerte, en 1886, su hermana pequeña descubrió cuarenta volúmenes de poemas encuadernados a mano, una obra vasta y arrolladora que ha convertido a Dickinson en una leyenda pese a que siempre permaneció ajena a los círculos literarios, despojada de padrinos. Pocos escritores, más allá de Shakespeare, influyeron en la autora estadounidense, original en cada estrofa. El látigo de su exigencia explica que ocultara sus textos: «Si tengo la sensación física de que me levantan la tapa de los sesos, sé que eso es poesía». Considerada una de las autoras más brillantes y enigmáticas de la historia, su trabajo ha sido visitado y alabado por todas las generaciones posteriores, hasta ser reivindicada como un mito a la altura de Walt Whitman o Edgar Allan Poe. Sus versos, breves e imperfectos, han terminado estampados en camisetas y reproducidos en redes sociales. Su exclusión social ha sido utilizada como ejemplo de rebeldía; ahora que la fama parece el gran objetivo, Dickinson renunció a los aplausos, una isla de humildad en el mar de las vanidades literarias.
La montaña de cartas que envió a su círculo más cercano, a veces acompañadas de poemas, y los miles de estudios practicados sobre su obra han ayudado a desentrañar el carácter y los versos de la talentosa Emily, aunque las incógnitas continúan sobrevolando su biografía. En los últimos años se han estrenado la película 'Historia de una pasión', un retrato sobre la personalidad de la poeta, y 'Dickinson', una serie que desempolva su juventud y madurez en Amherst desde una perspectiva actual. Aquella autora retraída y atormentada, capaz de pasar horas contemplando el paisaje, regresa a nuestros días, casi un siglo y medio después de su muerte, presentada como una heroína millennial. Bienvenida sea.
EMILY DICKINSON
POEMA 511 (TRADUCCIÓN DE SILVINA OCAMPO)
Si vinieras este otoño,
espantaría el verano como una mosca
barrida por el ama de casa,
con una sonrisa desdeñosa.
Si pudiera verte dentro de un año,
devanaría los meses en ovillos —
con un cajón para cada uno,
y no se confundan los números —
si no fuera un problema de siglos,
yo los sustraería de mis dedos,
hasta verlos caer
en la tierra de Van Dieman.
Si yo supiera que después —
existiríamos, todavía tú y yo,
lo arrojaría como una corteza,
y elegiría la eternidad —
pero ahora ignorando
el tiempo que durará este inervalo,
me aguijonea, como la espectral abeja —
que no anuncia — su aguijón.
POEMA 739 (TRADUCCIÓN DE SILVINA OCAMPO)
Muchas veces pensé que la paz había llegado
cuando la paz estaba muy lejos—
como los náufragos— creen que ven la tierra-
en el centro del mar—
y luchan más débilmente -sólo para probar
tan deshauciadamente como yo—
cuántas ficticias costas—
antes del puerto hay—
SENTÍ UN FUNERAL EN MI CEREBRO (FRAGMENTO TRADUCIDO POR SILVINA OCAMPO)
Sentí un funeral en mi cerebro,
los deudos iban y venían
arrastrándose —arrastrándose —hasta que pareció
que el sentido se quebraba totalmente —
y cuando todos estuvieron sentados,
una liturgia, como un tambor —
comenzó a batir —a batir —hasta que pensé
que mi mente se volvía muda —
y luego los oí levantar el cajón
y crujió a través de mi alma
con los mismos botines de plomo, de nuevo,
el espacio —comenzó a repicar,
como si todos los cielos fueran campanas
y existir, sólo una oreja,
y yo, y el silencio, alguna extraña raza
naufragada, solitaria, aquí —
POEMA 1732 (TRADUCCIÓN DE SILVINA OCAMPO)
Mi vida murió dos veces antes de morir --
y aún queda por ver
si la inmortalidad revela
un tercer evento para mí
tan inmenso, tan desesperanzado de concebir
como éstos que dos veces acontecieron.
Partir es todo lo que sabemos del cielo,
y todo lo que necesitamos del infierno.
LA ESPERANZA ES ALGO CON PLUMAS (TRADUCCIÓN DE ALBERTO GÓMEZ)
La esperanza es algo con plumas —
Que se posa en el alma —
Y canta su melodía sin palabras —
Y nunca se detiene — del todo —
Y suena tan dulce — en el vendaval —
Dura debe ser la tormenta —
Que pueda abatir al pequeño pájaro
Que a tantos mantuvo abrigados —
Lo he escuchado en la tierra más fría —
Y en el mar más extraño —
Pero —nunca — en apuros,
Ha pedido
Violeta y Nicanor Parra, hermanos de sangre y letra
Hijos de un maestro y una modista, ella escribió uno de los cantos a la vida más conmovedores de la música popular en español meses antes de suicidarse; él vivió hasta los 103 años y se convirtió en el mayor exponente de la antipoesía
El reloj marcaba las seis menos diez de la tarde cuando Violeta Parra empuñó un revólver, apuntó a su propia cabeza y apretó el gatillo. Era el primer domingo de febrero de 1967. Un año antes, como un epitafio conmovedor, había publicado 'Las últimas composiciones', el disco que contiene una de las canciones más hermosas escritas en español: 'Gracias a la vida'. La cantautora chilena, genial y poliédrica, capaz de parir el himno humanista más importante de la música popular hispanoamericana mientras se deshacía por dentro en una depresión que acabaría arrollándola, había dejado una nota dirigida a su hermano Nicanor. De aquella carta, rodeada de leyendas durante años, escrita desde rencores indescifrables, destaca una frase: «Yo no me suicido por amor».
El final de Violeta, como el resto de su vida, no dependió de un hombre. Aunque la dictadura de Pinochet tratara de apropiarse de su figura sepultando su compromiso político con la izquierda y asociando su muerte a fracasos amorosos. Aunque a veces tropezara en relaciones tóxicas como la que mantuvo con el antropólogo Gilbert Favre, a quien dedicó 'Qué he sacado con quererte': «Pero tú, palomo ingrato, / ya no arrullas en mi nido». Aunque a menudo reconociese como mentor a Nicanor, su hermano mayor, improvisada figura paterna tras la muerte temprana del padre biológico. Aunque fuese madre hasta en cuatro ocasiones con dos parejas diferentes. Nadie cortó unas alas que la llevaron a exponer sus óleos y esculturas en el Louvre, a liderar la nueva canción chilena con la voz más poderosa de su generación: «Yo no tomo la guitarra / por conseguir un aplauso. / Yo canto a la diferencia / que hay de lo cierto a lo falso: / de lo contrario no canto».
Sabía que algunas élites nunca perdonaron su aspecto y modales campesinos, pero ni siquiera en plena cima maquilló su procedencia. Reivindicó el universo rural, el folclore de su país y a las mujeres que luchaban contra la miseria para sacar a sus familias adelante, relegadas hasta entonces al lado escondido de la historia. Escribió canciones combativas como 'Qué dirá el Santo Padre', un dardo lanzado contra el franquismo: «Miren cómo nos hablan de libertad / cuando de ella nos privan en realidad». En París conoció la muerte de su hija pequeña, una distancia convertida en culpa («Mis noches son un desvelo. / Es contar y no creerlo. / Parece que la estoy viendo») y regresó a Chile para instalar una gran carpa con la intención de crear un centro de cultura popular. Fue el principio del fin.
Después del suicidio de su hermana, Nicanor escribió un poema titulado 'Defensa de Violeta Parra', una declaración de amor fraternal que dejaba las cosas claras a quienes confundieron independencia con mal carácter («Se te acusa de esto y de lo otro. / Yo te conozco y digo quién eres, / ¡oh, corderillo disfrazado de lobo!») y reivindicaba su vocación inquebrantable, el portazo de Violeta a la frivolidad: «Porque tú no te vistes de payaso / Porque tú no te compras ni te vendes / Porque hablas la lengua de la tierra». Si su hermana se ocupó de desempolvar la música tradicional, Nicanor centró su carrera en cumplir lo que consideraba un mandato ineludible: «Tengo orden de liquidar la poesía». El autor chileno se convirtió en el mayor exponente de la antipoesía, una corriente basada en el escepticismo y la desmitificación. El mayor de los Parra advertía de que «la poesía morirá si no se la ofende», convencido de que debe ser rescatada de la solemnidad y de la falta de contacto con los lectores.
Formación científica
Violeta y Nicanor fueron dos de los ocho hermanos de una pareja formada por un maestro y una modista. Crecieron entre artistas de circo y cantores ambulantes, pero Nicanor estudió Matemáticas y Física, una formación científica que contribuyó de forma decisiva a que acabase declarando la guerra a la metáfora, a las imágenes, en beneficio de los «hechos concretos». Adscrito al grupo de los poetas de la claridad, que proponían «una poesía del amanecer» frente al crepúsculo y la noche, Parra coqueteó con el surrealismo y cultivó un lenguaje coloquial para construir poemas críticos e irónicos: «El poeta no cumple su palabra / Si no cambia los nombres de las cosas».
Su mejor libro, 'Poemas y antipoemas', publicado en 1954, retiró el barniz institucional de la tradición poética para abrirse a la parodia y la paradoja sin renunciar a la emoción. Como su hermana, Nicanor utilizó su obra como herramienta para denunciar la desigualdad: «Hay dos panes. Usted se come dos. Yo ninguno. Consumo promedio: un pan por persona». Su ingenio irreverente y la revolución literaria que supuso su antipoesía le valieron premios como el Cervantes y el Reina Sofía, reconocimientos a los que pudo acceder también por su longevidad: vivió hasta los 103 años antes de morir en enero de 2018. Por entonces ya había dejado escrito su 'Epitafio', donde se definió como una mezcla «de vinagre y aceite de comer / Un embutido de ángel y bestia». En su ataúd se reprodujo uno de sus «artefactos» más populares: la imagen de una cruz acompañada de la frase «Voy y vuelvo».
VIOLETA PARRA
Gracias a la vida
Gracias a la vida, que me ha dado tanto.
Me dio dos luceros que cuando los abro
perfecto distingo lo negro del blanco
y en el alto cielo su fondo estrellado
y en las multitudes el hombre que yo amo.
Gracias a la vida, que me ha dado tanto.
Me ha dado el oído que en todo su ancho
graba noche y día, grillos y canarios,
martillos, turbinas, ladridos, chubascos
y la voz tan tierna de mi bien amado.
Gracias a la vida, que me ha dado tanto.
Me ha dado el sonido y el abecedario.
Con él las palabras que pienso y declaro:
madre, amigo, hermano y luz alumbrando
la ruta del alma del que estoy amando.
Gracias a la vida, que me ha dado tanto.
Me ha dado la marcha de mis pies cansados.
Con ellos anduve ciudades y charcos,
playas y desiertos, montañas y llanos
y la casa tuya, tu calle y tu patio.
Gracias a la vida, que me ha dado tanto.
Me dio el corazón que agita su marco
cuando miro el fruto del cerebro humano,
cuando miro al bueno tan lejos del malo,
cuando miro al fondo de tus ojos claros.
Gracias a la vida, que me ha dado tanto.
Me ha dado la risa y me ha dado el llanto.
Así yo distingo dicha de quebranto,
los dos materiales que forman mi canto
y el canto de ustedes que es mi mismo canto
y el canto de todos que es mi propio canto.
Gracias a la vida, que me ha dado tanto...
NICANOR PARRA
Manifiesto (fragmento)
La situación es ésta:
Mientras ellos estaban
Por una poesía del crepúsculo
Por una poesía de la noche
Nosotros propugnamos
La poesía del amanecer.
Éste es nuestro mensaje,
Los resplandores de la poesía
Deben llegar a todos por igual
La poesía alcanza para todos.
Nada más, compañeros
Nosotros condenamos
Y esto sí que lo digo con respeto-
La poesía de pequeño dios
La poesía de vaca sagrada
La poesía de toro furioso.
Contra la poesía de las nubes
Nosotros oponemos
La poesía de la tierra firme
Cabeza fría, corazón caliente
Somos tierrafirmistas decididos-
Contra la poesía de café
La poesía de la naturaleza
Contra la poesía de salón
La poesía de la plaza pública
La poesía de protesta social.
Los poetas bajaron del Olimpo.
La montaña rusa
Durante medio siglo
La poesía fue
El paraíso del tonto solemne.
Hasta que vine yo
Y me instalé con mi montaña rusa.
Suban, si les parece.
Claro que yo no respondo si bajan
Echando sangre por boca y narices.
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Publicado en diario SUR.
Copiado/pegado de Internet por Victoriano Orts Cobos.
Pocos autores han permanecido tan ajenos al carrusel de vanidades como la escritora peruana, que alternó breves libros brillantes con largos silencios. Su escasa producción no impidió que se convirtiera en un mito
Para Blanca Varela la publicación de sus poemas nunca resultó una prioridad. Lo necesario para ella, lo irremediable, era la escritura. Sanadora en ocasiones, desgarradora otras veces. Las consecuencias, casi siempre felices, simbolizadas bien en la cascada de premios que recibió durante sus últimos años de vida, solían encontrarla distraída, inmersa en algún verso o en uno de sus largos silencios, entre la perplejidad y la timidez. Pocos autores han permanecido tan ajenos al carrusel de vanidades y ambiciones triviales, a la codicia de premios y reseñas en los diarios. Si decidió editar sus libros, cuentan los allegados, fue por insistencia ajena. Por el empeño de amigos como Octavio Paz, que prologó su primer libro, a cuyo título había contribuido de forma decisiva en una hermosa anécdota relatada por Vargas Llosa. La escritora peruana quería que se llamara 'Puerto Supe'. A Paz no le gustaba.
—Pero ese puerto existe, Octavio.
—Ahí tienes el título, Blanca: 'Ese puerto existe'.
Perteneciente a la generación del cincuenta, escribió sus primeros poemas en París motivada por la nostalgia de su Lima natal: «Allí destruyo con brillantes piedras / la casa de mis padres, / allí destruyo la jaula de las aves pequeñas, / destapo las botellas y un humo negro escapa / y tiñe tiernamente el aire y sus jardines». En la capital francesa entabló amistad con Sartre, Michaux y Simone de Beauvoir, entre otros otros intelectuales. Después se trasladó a Florencia y Washington, donde se ganó la vida haciendo traducciones y trabajos periodísticos antes de regresar a Perú ya hasta su muerte, hace ahora una década. Todos sus poemas reunidos apenas superan las doscientas páginas. Pasaban años entre uno de sus libros y el siguiente. Aunque nunca renunció a la visceralidad, Varela rechazaba la abundancia y prefería el surrealismo despojado.
Su escasa producción no impidió que se convirtiera en un mito. Fue la primera mujer que ganó el Premio Federico García Lorca, que no recogió por su delicado estado de salud. Ya había cumplido los ochenta años. Detestaba hablar en público. Concedió pocas entrevistas, y cuando lo hacía trataba de llevar los diálogos a senderos alejados de su propia obra. Rara vez utilizó las mayúsculas en un portazo a la grandilocuencia, aunque tampoco se dejó arrastrar por la oscuridad de otros existencialistas. Su poesía, a la que conviene acercarse libre de prejuicios, está marcada por un enorme rigor y cierta complejidad formal: primero optó por la verticalidad, luego escribió poemas en prosa y después regresó a la distribución clásica de los versos. Tiene poemas que ocupan varias páginas y otros fugaces pero directos como un disparo, un contraste que manifiesta su propio laberinto: «Un poema / como una gran batalla / me arroja en esta arena / sin más enemigo que yo».
Perteneciente a una familia de aficionados al arte y la literatura, se casó con el pintor Fernando de Szyszlo. Desarrolló enseguida una preocupación por las desigualdades, inquietud que volcó en sus libros, aunque nunca de forma explícita ni moralista: «Vino el pájaro / y devoró al gusano / vino el hombre / y devoró al pájaro / vino el gusano y devoró al hombre». Escribía «porque hay gente que no puede dejar de hacer algunas cosas». Torcía el gesto cuando le pedían recitar y también cuando la llamaban poetista y no poeta.
Accidente
La muerte de su hijo Lorenzo en un accidente de avión en 1996 la sumió en la desolación. Szyszlo, de quien se separó, lo relató así: «La muerte de nuestro hijo fue terrible para Blanca. La impulsó a hacer su mejor poesía y, sin embargo, la mató al mismo tiempo. Ella sobrevivió penosamente». En 'Si me escucharas', Varela lanza un alarido: «Si me escucharas / tú muerto y yo muerta de ti / si me escucharas / hálito de la rueda / cencerro de la tempestad / burbujeo del cieno / vivo insepulta de ti / con tu oído postrero / si me escucharas». Tras enterrar a Lorenzo sólo volvió a publicar dos libros más, 'Concierto animal' y 'El falso teclado'. El tono elegíaco queda tamizado por el carácter de la autora, que huye de cantos embriagados, poseedora de la capacidad de callar a tiempo. Poco después sufrió una obstrucción de carótida. Cada vez se le hacía más complicado expresarse. Fueron años oscuros, amurallados por una intimidad gélida. No acudió a recoger los premios que le concedían. Tampoco se mostraba triste por ello. Su exmarido explicaba que Blanca entendía la poesía «como un gesto privado, como un hábito casi secreto entre el lector y el poema».
En algunos de sus poemas queda clara «la relación tan conflictiva» que mantenía con la idea de dios. «Si tengo una religión, es la poesía», reconocería tiempo después. Murió en 2009, cuando tenía 82 años. Dejó una poderosa obra capaz de trascender fronteras y una única certeza: «Que todo está prestado pero es bonito vivir como si no fuera así». Sólo los nietos endulzaron los últimos tiempos. Por entonces ya había dejado de escribir, forzada por la mala salud. Era tal vez un ajuste de cuentas. Nadie sale ileso de su poesía: ni ella misma.
BLANCA VARELA
Currículum vitae
digamos que ganaste la carrera
y que el premio
era otra carrera
que no bebiste el vino de la victoria
sino tu propia sal
que jamás escuchaste vítores
sino ladridos de perros
y que tu sombra
tu propia sombra
fue tu única
y desleal competidora.
Valses (fragmento)
No sé si te amo o te aborrezco
como si hubieras muerto antes de tiempo
o estuvieras naciendo poco a poco
penosamente de la nada siempre.
Porque es terrible comenzar nombrándote
desde el principio ciego de las cosas
con colores con letras y con aire.
nadie nos dice cómo
voltear la cara contra la pared
y
morirnos sencillamente
así como lo hicieron el gato
o el perro de la casa
o el elefante
que caminó en pos de su agonía
como quien va
a una impostergable ceremonia
batiendo orejas
al compás
del cadencioso resuello
de su trompa
sólo en el reino animal
hay ejemplos de tal comportamiento
cambiar el paso
acercarse
y oler lo ya vivido
y dar la vuelta
sencillamente
dar la vuelta
Casa de cuervos (fragmento)
porque te alimenté con esta realidad
mal cocida
por tantas y tan pobres flores del mal
por este absurdo vuelo a ras de pantano
ego te absolvo de mí
laberinto hijo mío
no es tuya la culpa
ni mía
pobre pequeño mío
del que hice este impecable retrato
forzando la oscuridad del día
párpados de miel
y la mejilla constelada
cerrada a cualquier roce
y la hermosísima distancia
de tu cuerpo
tu náusea es mía
la heredaste como heredan los peces
la asfixia
y el color de tus ojos
es también el color de mi ceguera
(...)
aquí me tienes como siempre
dispuesta a la sorpresa
de tus pasos
a todas las primaveras que inventas
y destruyes
Copiado/pegado de Internet por Victoriano Orts Cobos.
Málaga 7 de diciembre de 2019.
domingo, 24 de noviembre de 2019
Juana Castro, el incendio de la sangre
Poesía al SUR
La autora cordobesa, curtida en dramas familiares, creadora de uno de los universos más personales de la poesía española, anuncia con ironía su paso a la vejez, cuando «ellos se van con otra chica / y ellas se arman de lifting y armadura»
No le gusta que la llamen luchadora porque no recuerda haber peleado nunca, pero Juana Castro lleva más de media vida sobreponiéndose a las adversidades, «envuelta en el incendio de mi propia sangre», como escribió Marguerite Yourcenar, cita que la autora andaluza utilizó años más tarde para abrir 'No temerás'. Su nacimiento en 1945 y las primeras publicaciones al filo de los años ochenta la dejaron huérfana de generación literaria, como un verso suelto entre poemas: era demasiado joven para pertenecer al grupo del cincuenta pero no tanto como para encajar en las hornadas posteriores. Su destino se reducía por entonces a Villanueva de Córdoba, una zona rural cuyas costumbres provocaron pronto una reacción crítica alimentada por los libros que devoraba cuando era niña. Recuerda haber leído novelas cortas y por entregas casi a escondidas, consciente de que su madre consideraba una pérdida de tiempo hincar el diente a cualquier título que no formara parte del raquítico plan de estudios de la posguerra. Las redacciones de clase terminaron de despertar su vocación en medio de un paisaje que «no era el sueño en la boca, como nunca / es recuerdo el recuerdo / que trama la memoria».
La precocidad, acaso una forma de independencia, marcó la juventud de Castro, que con dieciocho años ya ocupaba una plaza de maestra por oposición en un pequeño pueblo de la comarca. Tampoco tardó en casarse con el escritor Pedro Tébar, unión que mantienen medio siglo después. Tras la edición de su primer libro, 'Cóncava mujer', el matrimonio sufrió la muerte de uno de sus hijos, zarpazo que la poeta cordobesa volcó en su siguiente poemario, 'Del dolor y las alas': «Me has barrido de flores / y un huracán siniestro me adelgaza los pies, / el paladar y el sueño». A aquel desgarro le sucedió una creciente sensación de inquietud ante las injusticias sociales, una rebelión que canalizó a través del feminismo para combatir la desigualdad entre hombres y mujeres. En 'Narcisia' creó un mito como modo de protesta, una reivindicación de su género: «¡Gloria y loor a Ella, / a su útero vivo de pistilos, / a su orquídea feraz y a su cintura!».
Entabló amistad con algunos de los miembros de Cántico, vínculo imprescindible entre la Generación del 27 y los autores de la posguerra, y entre sus paisanos admiró especialmente a Pablo García Baena, de quien heredó sin ritos oficiales el culto a la palabra y la preferencia temática por la sensualidad, aunque prestando mayor atención al conflicto que a la belleza: «No he venido a la paz, sino al cuchillo. / Las rosas de mis ojos ya han cruzado / la terrible frontera de la gloria». En Arte de cetrería, publicado en 1989, convirtió la caza en una metáfora de las relaciones de poder, otra de sus grandes obsesiones: «No debes sorprenderte. Habré ganado / en el instante último mi guerra. / Con un ala perdida junto al cielo / y la llave morada de los labios, estaré, / torpe y triste, otra vez aprendiendo. / Mas debe ser así, pues que la libertad / hermana es gemela de la muerte».
El empeño por construir un sujeto femenino, a menudo revisando figuras bíblicas, regresó, si alguna vez llegó a abandonarla, en 'No temerás': «No viniste a salvarme, / tú que habías / clamado ser el mar por los desiertos». Castro se muestra más madura que en obras anteriores, poseedora de una fuerza expresiva que aumentó con el cambio de milenio, cuando publicó obras tan poderosas como 'Los cuerpos oscuros', sobre la enfermedad de alzhéimer que padecieron sus padres. La poeta andaluza trató de amortiguar el golpe de la desmemoria, de contener el drama para evitar que acabe ocupándolo todo: «Cuando brota la luna / yo rehago dos nidos con bufandas / y leche y baberolas / y me siento a escuchar».
Las relaciones entre madres e hijas y el camino hacia la ancianidad se abren ahora paso entre los temas más recurrentes de su obra. En 2018 publicó 'Antes que el tiempo fuera', su libro más ambicioso hasta el momento, donde intenta abarcar la historia de la humanidad y de su propia familia a partir de la figura de un fósil llamado amaltheus, con forma de caracol, que en el poemario simboliza la vejez. La escritura sirve también para calmar la angustia producida por la muerte de su nieta, otra pérdida inabarcable: «Y otra vez. Otra vez es agosto / sorbiendo la hiel fresca / de cada sonajero / atrapado en la sonda».
Creadora de un universo poético personalísimo, Castro continúa descifrando los versos de Emily Dickinson, desmontando estereotipos machistas y denunciando el patriarcado y su violencia, como ya hizo en 'Del color de los ríos': «Me tiró sobre el pasto / de un golpe, sin palabras. Y aunque hubiera podido / a sus brazos mi fuerza, / no quise retirarlo, porque padre / era padre: él sabría qué hiciera. / Tampoco duró mucho». Hoy, pasados los setenta años, reconocida con la Medalla de Andalucía y el Premio Nacional de la Crítica, la estoica poeta cordobesa pregona la vejez: «Pues sí, he decidido que soy vieja / y he decidido además que voy a proclamarlo». Nadie lo adivinaría.
JUANA CASTRO
ANUNCIACIÓN
Pues sí, he decidido que soy vieja
y he decidido además que voy a proclamarlo,
porque así no habrá malentendidos.
Soy vieja ¿pasa algo? Pasa
todo lo que ha pasado, todo pasa.
Ese momento clave
en que ellos se van con otra chica
y ellas se arman de lifting y armadura,
qué indecencia... Qué indecencia ser vieja
cuando sólo lo joven es valioso y se nombra.
Desde ahora, ya saben: Si no estoy
en la presentación o el cóctel no es por nada,
es por todo: por propia obscenidad,
es que soy vieja,
amo tanto ese hueco —mujer cóncava—,
de mi yo en la foto... Qué indecencia.
Si nadie es hoy viejo, ya me dirán ser vieja.
Perdón. Perdón por esta infame
desnudez a destiempo de los blogs
y el verano. Si no hay publicidad
que dé amparo a una vieja, me pregunto
a qué mi anunciación. Y en estas fechas.
CÁLIZ
Y ahora soy
tan igual a ti, madre,
que no me reconozco en el cristal
de este retrato tuyo tan presente.
Si supieras que todo
lo que de ti he odiado y maldecía
ahora en mí lo descubro
tan exacto y reciente como el cerco
de una piedra en el agua, repetida.
Vengo a verte de nuevo.
Tócame, pon mis dedos
aquí sobre tus llagas, y ábreme
esta rosa de espinas del costado.
Soy tan tuya que el mar
tu voz copia en mi voz para su canto.
Y me despierto, y en la hora vivo
tu misma inmensa sed, esa que siempre
en tus huesos vacíos
irremediable ardiera.
Yo no soy tu fantasma, quiero
crearte ahora en el filo
de quien te dio mi ser, resucitada.
De muerta a muerta, dime:
¿Quién amamanta a quién, serpiente mía?
DESTIERRO
Yo no soy de esta tierra.
Era ya extranjera en la distancia
del vientre de mi madre
y todo, de los pies a la alcoba me anunciaba
destierro.
Busqué de las palmeras
mi voz entre sus signos
y perforé de hachones
encendidos la amarga
región del azabache. Yo no sé
qué vuelo de planetas torcería
mi suerte.
Sobre el mudo desvío, sé que voy,
como víbora en celo, persiguiendo
el rastro de mi exilio.
No encontrará mi alma su reposo
hasta que en ti penetre
y me amanezca
y ría.
MARÍA ENCADENADA (FRAGMENTO)
Llora, pequeña.
Te están circuncidando la belleza, llora,
tus tenues agujeros de esclava
pregonarán tu rol desde la sangre.
Te están atando al oro
para que no recuerdes
ni voluntad ni inteligencia,
para que seas eternamente la muñeca
presa de adornos y miradas.
Tus dos pétalos de rosa taladrados
son el primer dolor de tu recuerdo, llora,
te espera una isla de vestidos
donde cada deseo te mojará las alas.
Un paraíso de espejos,
de tules y de encajes
te da la bienvenida,
tu mañana tendrá el color del maquillaje.
Los focos, las joyas y las fiestas
con sus mil tentáculos
matarán tu tiempo atenazado.
Sonreirás
la sumisión standard que te marquen
en el mundo consumo de los sexos.
****************************************************************************Publicado en Diario SUR.
Copiado/pegado de Internet por Victoriano Orts Cobos.