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martes, 8 de agosto de 2017

¡TERRAL!

     Pronunciar la palabra terral en Málaga es sinónimo  de terror, de alarma, de desasosiego, de sufrimiento físico y mental.
     Cuando los meteorólogos anuncian en verano que las temperaturas van a descender en España, sobre todo en el norte de Andalucía, (Córdoba), los residentes malagueños nos echamos a temblar. Este verano, tan tremendamente caluroso en la península, Málaga ha disfrutado hasta la pasada semana de una temperatura bastante benigna. Sin embargo, desde ayer en que los termómetros están bajando en el norte de esta comunidad, la temperatura en mi Ciudad del Paraíso, sobre todo hoy, va a ser con diferencia la más alta de toda España por causa del temido Terral.
     Es curioso este fenómeno atmosférico que tanto nos perjudica: Cuando en Córdoba bajan las temperaturas, el viento que nos envía es frío. Bastante agradable, pero al llegar a las montañas que rodean a la Costa del Sol, al chocar con ellas recibe su calor que va aumentando conforme sube el Sol.
     Cuando el temido Terral  nos visita la solución más positiva al problema, aparte de los aires acondicionados (que por desgracia no todo el mundo los tiene), es dejar en penumbra las viviendas. Cerrar puertas y ventanas sin distinción, incluso por la noche porque el aire con el que nuestros generosos vecinos cordobeses nos obsequian, lamentablemente se envenena y nos martiriza.
     Lo dicho: En Málaga la temida palabra ¡Terral! es sinónimo de terror.

Victoriano Orts Cobos.

Málaga 8 de agosto de 2017.       

sábado, 1 de diciembre de 2012


UNA BUENA MUJER.

MONÓLOGOS CON CLEOPATRA.

Cleopatra, tú sabes, o deberías saber, que por prescripción facultativa tengo recomendado tomar un mínimo de sol y que por este motivo en verano cambio el horario  y madrugo para gozar de ese ejercicio tan dinámico, distraído y sano:el de caminar.

Cuando me levanto creo que voy a ser el primero en patear el paseo principal de la barriada pero no es así, siempre hay personas que se me adelantan.

Este verano suelo encontrarme a diario con dos mujeres, madre e hija. La madre puede superar holgadamente los 80 años y, la hija, con evidentes síntomas de persona dependiente, los 50. Las dos visten ropas muy limpias. La madre, invariablemente usa batas amplias, frescas y de tonos oscuros, las más claras con lunaritos  azules. La hija, por el contrario, luce blusas y pantalones en colores claros y rameados. La madre conduce un carrito de la compra del que saca alguna bolsa de plástico con semillas para los pájaros, que va distribuyendo a tramos por el paseo. Cuando llego a su altura las saludo y esa mujer me responde con una amplia sonrisa diciendo: –“son para las palomas; pobrecillas, hay que ayudarles”- Me enternecen sus palabras y mi respuesta es otra sonrisa generosa. Por su parte, la hija me mira fijamente a los ojos; me observa, y me sonríe tímidamente.

 ¡Qué ejemplo más hermoso el de esta buena anciana! Si hace esto con los animales, qué no habrá hecho y será capaz de hacer por su hija. 

Cuando veo a estas personas que acompañan a sus seres dependientes y que los cuidan con tanto cariño se me parte el alma de dolor y respeto y pienso siempre en ¿qué será de ellas cuando no puedan atender a sus hijos? 

En el caso de esta santa mujer, siempre sonriente, estoy seguro de que si le preguntara sobre lo que yo creo, su gran problema del futuro, un futuro tan cercano que  considero presente, me contestaría algo así como… -“Hay que confiar en Dios. Él proveerá”- Y yo me vería obligado a preguntar de nuevo, en este caso a mí mismo. “Y ¿ por qué Dios no proveyó hace 50 años  dándote a tu hija sana?”

Victoriano Orts Cobos.  Verano de 2012. Publicado en diciembre de dicho año.
         

viernes, 12 de octubre de 2012

EL PREMIO


EL PREMIO

Para no ser menos que tú, posible lector/a, un día soñé (¿quién no lo ha hecho alguna vez?) que me había tocado el premio mayor de La Primitiva. ¡Una burrada de millones de euros!
Mi primer impulso fue la generosidad: Repartir parte del premio.  Cogí un folio en blanco, un bolígrafo verde que tenía a mi alcance; me gusta más escribir en negro, y más en aquel momento en el que me sentía capitalista, pero tenía que levantarme y desplazarme unos metros y, como me impelía la prisa por cumplir mi deseo, no quise perder tiempo.
Comencé mi reparto por los más allegados. Fui distribuyendo cantidades que amplié a parientes más lejanos, amigos, algún indigente y a alguna O.N.G…
Una vez terminada la relación de afortunados me puse a sumar cantidades y,  cuál no sería  mi sorpresa al comprobar que no solo no quedaba nada para mí, sino que además me faltaba dinero para cumplir con mi generosidad.
-“Frénate, Victoriano”- me dije. –Levanta el pie del acelerador que vas demasiado deprisa.- Bueno, no pasa nada, esto tiene solución, habrá que recortar. ¿No están recortando los  quince Virreyes y las dos Virreinas de estas diecisiete Ínsulas Baratarias de este gigantesco desastre  económico de un sufrido país que todavía se llama España? ¿Qué más da un insignificante recorte más?
Estudié el problema pensando en perjudicar menos a aquellos a los que menos les había asignado y, por supuesto, que para mí quedara como mínimo el 50% del premio. Con el bolígrafo que tenía entre los dedos, en posición de hacer su trabajo, fui a reescribir cantidades, y, al contacto de éste con el folio enverdecido, la tinta se enrojeció totalmente y los números en un rojo más intenso parpadeaban en señal de alarma.
De la sorpresa pasé al asombro y al miedo. Un temblor invadió todo mi cuerpo. Un sudor frío me inundó al oír una voz rotundamente grave que parecía surgir de una caverna, y que me decía con síntomas evidentes de enfado que él era el abogado defensor de los beneficiados por mi generosidad y que lo escrito, escrito estaba y no se podía rectificar.
“Pero, bueno” -contesté nervioso-, mi generosidad era repartir una  cantidad y por supuesto no entramparme. - “Ese es tu problema”- me contestó. Haber sido más prudente. Estas personas ya cuentan con esas cantidades y muchas de ellas han hecho números e incluso han pedido créditos para invertirlas. Ellas no tienen culpa de que tú seas un insensato y no hayas sabido administrar con moderación ese capital.
- “¡Tierra, trágame!-“. No podía dar crédito a lo que me estaba pasando. En un momento de desesperación intenté coger el folio, cuyos números no paraban de parpadear y, una descarga eléctrica me dejó sin  sentido. Reaccioné unos minutos después y  todo seguía igual. Dentro de mi desesperación surgió una idea. Si mis beneficiados habían nombrado a un abogado, ¿Por qué yo no hacía lo mismo?

La idea no se hizo esperar. De inmediato, un abogado defensor de mis intereses se incorporó al ensueño. Comenzó una disputa a muerte entre ambos defensores. Yo podía comprobarlo por el cambio de colores del folio de mi desgracia. Éste se había transformado en un semáforo enloquecido que pasaba del rojo al verde y del verde al rojo a una velocidad de vértigo, cambiando al amarillo cuando el fiel de la balanza no favorecía a ninguno de los contendientes. No había manera de pararlo. Así un rato, y otro, y otro...
Yo estaba destrozado. Todo mi cuerpo se movía contagiado al ritmo de aquel fenómeno endiablado.

En un momento determinado de esta noria de colores el "semáforo"    pasó al verde dejando de parpadear unos instantes. Un segundo debí tardar en reaccionar. Cogí el folio de un manotazo, lo apreté con todas mis fuerzas temiendo que se me escapara; me lo llevé a la boca y en unos segundos lo pulvericé con los molares que parecían estar conectados a una trituradora eléctrica.
Fue algo impensable, sorprendente; la desesperación, que agudiza los sentidos defensivos me había salvado. El maldito folio ya no existía. Lo había puesto a buen recaudo en la alcancía de mi estómago.
No me lo podía creer. Estaba súper nervioso. Necesitaba tiempo  para poder digerir el folio y la aventura tan fantástica que mi mente en su ensoñación estaba produciendo.
Más relajado ya, más tranquilo, pero, soñando aún, me puse a reflexionar sobre la odisea de la que estaba siendo protagonista y me vino al pensamiento la frase que pronunció Su Majestad el Rey D. Juan Carlos, no ha mucho tiempo, la cual, yo hago mía, y además me tomo la licencia de ampliarla:
- “Lo siento mucho. Me he equivocado. No volverá a ocurrir”
- ¡No habrá reparto! ¡Me lo quedo todo!

VICTORIANO ORTS COBOS.
    
(Re)visado el día 5 de octubre de 2016.   



domingo, 20 de junio de 2010

COMOTÚ

COMOTÚ

Este relato, que consta de 5062 palabras, tiene una duración lectiva aproximada de 30 minutos. Mucho más que la duración de un soneto, y la tercera parte de un partido de fútbol de la Selección Española o de cualquier otra selección.
Quiero hacer esta advertencia para que aquel posible lector que entre en: http://pocatorta.blogspot.com/, recapacite antes de poner “manos a la obra,” porque prefiero que no lo lea a que lo haga deprisa o lo que es peor: lo deje a medio terminar. Muchas gracias.
*****
Dos lunas orondas y un sol de julio y justicia habían sido sus anfitriones en aquel lugar que tenía por techo el firmamento y por paredes el mar y las montañas. Había pasado todo el día anterior vagando de acá para allá aturdido sin saber dónde se encontraba.
De madrugada, antes de acostarse, los padres de Comotú lo habían cogido, lo habían metido en el maletero del coche, habían llegado a aquel solitario lugar y lo habían dejado abandonado a una muerte lenta y segura. Después volvieron a su casa, besaron a su retoño que dormía plácidamente y se fueron a su dormitorio a descansar. ¡Qué alivio! se habían quitado un estorbo de encima. De otra habitación salieron una serie de frases con reproches.
Así comenzó su calvario. Su boca sedienta y su estómago vacío le martirizaban continuamente. El día anterior fue tremendo y las dos noches terroríficas a pesar de que la oscuridad fue mínima gracias a la luna llena. El merodear de los zorros en busca de alimento, aquel que con su fino olfato lo localizó y se dirigía hacia él en el preciso instante en que un andrajoso y torpe conejo que caminaba renqueante dando la sensación de estar casi ciego y enfermo se interpuso entre ambos de forma que el cánido sólo tuvo que dar un salto para atraparlo. Aquel búho tan enorme que le observaba desde una encina con aquellos ojazos que parecían dos faros. Aquella serpiente que reptaba silenciosa y que huyó al oír sus asustados ladridos…
Todo aquel drama lo estaba viviendo nuestro personaje que se encontraba en aquel momento semioculto a la orilla de aquella sinuosa carretera en las afueras de la ciudad.
Ensimismado en su drama estaba el desgraciado cuando vio aparecer por aquel solitario lugar a un ser que lentamente caminaba parándose de vez en cuando a observar el paisaje. Aumentó su miedo y se ocultó algo más para no ser visto por aquel inesperado visitante pero, su color endrino destacaba sobre el verde y pajizo de los árboles, arbustos y matojos, por lo que no fue difícil para aquel personaje acostumbrado a los colores naturales del campo identificarlo.
¿Qué hacía allí tan de mañana un animal tan joven y además solitario? La respuesta no tardó en llegar al cerebro de aquel hombre. Convencido de que se trataba de un abandono, tan común en estas latitudes y, más aún en fechas veraniegas, compadecido trató de atraerlo hacia él pero el animal desconfiado y temeroso retrocedió huyendo monte abajo.
Del esfuerzo realizado por aquella huída, su garganta se le había secado aún más, sus pies le temblaban por falta de energía y su estómago le pinchaba como si un alacrán se hubiese incrustado en él.
Rendido y moribundo se recostó a la sombra de un árbol frondoso. En uno de esos árboles que uno cree que siempre fueron grandes, sin pensar que todo ser tiene su principio pequeño y débil (como pequeño y débil era nuestro pequeño animal) y que en su tiempo necesitó el cuidado de alguien aunque ese alguien fuese la Naturaleza, como cuidado también necesitaba el pequeño Drino.

Bajo aquella protectora sombra que hubiese resultado paradisiaca, de tener su estómago lleno y una humana y amiga compañía, veía la muerte acercársele a pasos de gigante y pensó ¿Qué había hecho él para merecer aquel fin, aquella muerte tan lenta y dramática?
Más de dos horas hacía desde que huyó de aquel hombre y no se había movido del lugar en que había caído, cuando oyó ruido cercano. Giró la cabeza con cierto esfuerzo y comprobó que nuevamente aquel hombre estaba observándolo. ¿Qué quería? ¿Por qué no lo dejaba morir tranquilo? Si tranquila podía llamársele a aquella muerte.
Con los ojos llenos de desconfianza miró nuevamente a aquel hombre y observó que de una botella de agua dejaba caer un chorro cristalino en un recipiente y que después de llenarlo caminó con él unos pasos y lo dejó en el suelo cerca de donde él se encontraba, para después volver al lugar de observación.
La llamada del agua amortizó algo el miedo y suspicacia de Drino. Allí, en aquel recipiente, estaba la vida que a él se le estaba yendo por momentos y, aunque pudiera tratarse de una encerrona, ¿qué más daba morir en manos de algún malvado que morir de sed? Quizás la primera de las posibles muertes fuera la memos dramática.
No lo pensó más y cogiendo fuerzas de donde no las había, arrastró su cuerpo, porque sus piernas no le respondían y reptó hacia la vida.
Comenzó a tragar con tanta impaciencia que se le hizo un nudo en la garganta que a punto estuvo de asfixiarle. Comprendió que tenía que tomárselo con más calma. Así lo hizo hasta que se hartó. ¡Que satisfacción sentía! Su cuerpo era otro. Sólo con el agua ya se sentía satisfecho. No se acordaba en aquel momento de que hacía dos días que no probaba líquido ni alimento alguno. Miró a su alrededor algo más confiado y vio como aquel individuo que le había facilitado el agua, removía en una bolsa y sacaba algo. Era otro recipiente que colocó a mitad de la distancia que les separaba, para después volver de nuevo a su lugar de observación.
A pesar de las precauciones adoptadas por el visitante Drino retrocedió unos pasos (ya podía andar). Su olfato, que era muy agudo, captó un olor a carne guisada que no pudo resistir y animado por su estómago que lo acusaba de cobarde, se encaminó al lugar de donde venía aquel olor delicioso que no era otro que aquel de donde se encontraba el recipiente.
Aquello fue una delicia. Si el agua había significado la vida, aquella carne era la gloria. Ya no sintió miedo pues pensó, y con muy buena lógica, que aquel ser que así se comportaba, no podía quererlo mal de ninguna de las maneras. Él, ignoraba que la lógica no es una ciencia exacta y en este caso la ignorancia le favoreció.
Terminado el banquete consideró que era de ser agradecido el rendir pleitesía a su benefactor y con el rabo entre las piernas, en actitud de sumisión se encaminó hacia aquel ser que tan bien lo había hecho con él.
Cándido Verduras Sivestre, pues éste era el nombre del personaje anónimo hasta ahora, lo recibió con una sonrisa que le partía la cara. Drino confiado, le olisqueó los pies y sin pensárselo dos veces se tendió sobre ellos. Así estuvo un gran rato. Satisfecho su cuerpo y confiado su espíritu por la protección de aquel hombre durmió tranquilo un gran rato.
Entre sueños creyó estar en un paraíso. Notó en su cuerpo la brisa de la mañana. Por la parte baja de aquella atalaya donde se encontraba, discurría un encanijado y moribundo arroyuelo que recibía una mínima transfusión de agua, y que a duras penas daba vida a una variada flora en la cual los pájaros encontraban su hábitat. Sus cánticos llegaban diáfanos a los oídos de Drino. Destacaban entre todos ellos el arrullo de las tórtolas, el mensaje telegráfico de las oropéndolas y sobre todo el confiado, melódico y potente concierto de los ruiseñores.
Pasado un gran rato la mano cariñosa de Cándido se posó sobre su lomo, y ambos se miraron tiernamente. Cándido hablándole con voz suave le preguntó sobre el por qué de su situación y Drino que entendía perfectamente el idioma humano, le contestó en el suyo, que era ladrar.
No hace falta que me ladres. (Le interrumpió Cándido). Sólo necesito que me mires a los ojos, ellos se encargarán de transmitirme tus pensamientos.
En aquel momento vino a la mente del pequeño el recuerdo de la Sra. Amparo. El día aquel en que a través de los ojos de aquella buena mujer leyó en el pensamiento de un ser humano, y ahora se preguntaba por qué no pudo hacer lo mismo con el resto de sus amos.
Cándido que ya estaba en actitud receptiva, captó su pensamiento y le tranquilizó diciéndole:
No sé si en alguna ocasión te habrás comunicado con algún ser humano a través de tus ojos sin necesidad de ladrar, pero si lo has hecho, sólo ha podido ser con seres que de verdad te comprendían y te querían. Para Drino con aquella frase quedaba todo aclarado.
Drino se situó frente a Cándido, en posición de sentado, es decir, las patas traseras, el culito y el rabo apoyados sobre el suelo y las delanteras libres hacia abajo.
A partir de ahí todo fue un diálogo interrumpido sólo por el parpadeo de los ojos de Drino que de vez en cuando necesitaban lubricarse.
Así comenzó su relato:
-Yo nací en una casa de campo. Formaba parte de una camada de cinco hermanos. Era muy feliz protegido por mi madre y acompañado por mis hermanos. Me duró poco aquella felicidad. De las ubres calientes y fértiles de mi madre, de forma inesperada pasé a beber leche en un recipiente de plástico. Un mal día, sin saber porqué, de aquél lugar espacioso de la casa de campo pasé a una caja de cartón en una habitación pequeña y oscura .¡Qué diferencia de aquella mansión a la jaula de mi nueva residencia, con tres o cuatro ventanas y por si fuera poco, no daban a la calle, a la tierra, si no al vacío! Un día, estando abierta la más grande de aquellas ventanas la curiosidad me hizo asomarme. Me llevé un susto tremendo. Me había asomado creyendo estar a ras de tierra y cuando comprobé la altura que me separaba de ella, retrocedí asustado y ya nunca más volví a asomarme por aquel hueco.
Mi nuevo hogar lo formaban, la abuela, el matrimonio y una criatura llamada Comotú. Los padres paraban poco en la casa: ambos trabajaban fuera. La abuela que apenas si podía con su cuerpo era quien tenía que hacer frente a todos los trabajos de la casa.
Me resultó muy duro adaptarme a mi nueva vida. En principio perdí las ganas de comer, pero poco a poco las fui recuperando. Comotú me cuidaba en exceso. Muchas noches me acostaba en su cama. A su abuela no le gustaba. Era la más rebelde de la familia. A decir verdad, a mí tampoco me gustaba dormir con ella, pero, ¿quién era yo para opinar?
Pronto me di cuenta de que Comotú era demasiado absorbente y conseguía todos los caprichos a fuerza de protestas y malos modos.
Pasada la fiebre de la novedad Comotú comenzó a darme de lado y muchos días no me sacaba a la calle a hacer mis necesidades.
Un día que yo tenía la barriguita descompuesta y no me había podido sacar la abuela a la calle porque a la pobre no le daba tiempo de acudir a todas partes, me hice pipí y caca en un rincón. De momento nadie lo notó pero al pasar las horas, por la tarde cuando llegó el matrimonio descubrieron las causas de aquel mal olor que notaron al entrar y después de reprender a la anciana por no sacarme a la calle, me castigaron físicamente.
Aquello no era como al principio –proseguían relatando los ojos de Drino-. Recuerdo aquel día. Era de los primeros de mi estancia en aquella casa, cuando jugando panza arriba con Comotú, al hacerme cosquillas en la pirula no pude resistirlo y lancé un chorro de pipí que en nada envidiaba al famoso Manneken Pis. Aquello fue una fiesta. Era fin de semana y estaba la familia al completo. Comotú al ver mi travesura gritó de alegría acudiendo sus padres que aplaudieron aquella ocurrencia. La abuela no se alegró tanto. Yo sin comprender la causa pensaba que no le caía bien a aquella anciana que portaba un cubo y una fregona y comenzó a limpiar la humedad producida por aquellos orines.
Fue otro fin de semana. Domingo por la mañana. Era ya muy tarde. Las doce del mediodía. Todos dormían excepto la abuela y yo. La noche anterior debió ser muy ajetreada para el trío y volvieron de madrugada. Yo que había dormido un rato con Comotú pude zafarme de sus brazos y salté al suelo. Me dolía todo el cuerpo de tanto dormir y además tenía ganas de hacer caca. No recordaba ya el tiempo que llevaba sin hacerla. La abuela ya estaba cancaneando por aquella jaula cerrada al exterior para evitar que los rayos solares interrumpieran con su claridad el descanso de sus moradores. Era digno de admiración el comprobar cómo aquella silenciosa mujer lo tenía todo limpio y ordenado. A mí, a pesar de ser un animal irracional, mi instinto me advertía de que no debía ensuciar, pero, ¿qué hacer? Ya está, -me dije-, apretaré el culito hacia adentro y echaré la caca por la boca en el cubo de fregar. Lo intenté varias veces pero la idea no daba resultado. Así pues, desistí de mi intento.
Pasaron los minutos, que para mí fueron horas y las horas tan largas que se me antojaron días. Si al menos Comotú se despertase – me decía- y me sacase a la calle. Aquello era como soñar despierto. Todos dormían a pierna suelta, y quien sabía hasta cuándo. Yo mientras tanto me retorcía de dolor. Me faltaban las fuerzas para seguir contrayendo mi culito y, mi vientre más que un vientre era un globo que se inflaba cada vez más. No pudiendo resistir más ventoseé con tal fuerza que como si de un disparo de escopeta se tratara sembré de “ perdigones” el Salón que la abuela terminaba de fregar.
Un grito de sorpresa de la anciana despertó a los durmientes que se lanzaron aterrados de la cama creyendo que algo grave había ocurrido. Al comprobar la siembra de pelotitas que había desparramado por el suelo, padres y retoño irrumpieron en una risa que les duró un gran rato arrastrando en su fiesta a la abuela que quizás algo forzada les siguió la corriente. Yo no salía de mi asombro. ¿Cómo era posible? Yo que había estado tanto tiempo aguantando, que casi reviento de dolor, y al final aquello terminó en una fiesta. Es curioso –me repetía- la vida es una caja de sorpresas. ¡Lo que me queda por aprender!
Otra cosa muy distinta fue el incidente de la bañera. Fue la primera y única vez que Comotú me bañó y ocurrió de la siguiente forma: Una mañana antes de ir al colegio su abuela le había preparado el baño. Comotú se había levantado de caras largas y para fastidiar a la anciana le dijo que no se bañaba si yo no lo hacía en su compañía. La abuela no se lo permitió en principio pero cansada ya del monstruíto me cogió por el lomo y me lanzó a la bañera al tiempo que gritaba: “¡a ver si os ahogáis!, así podré descansar”. Yo, al verme inesperadamente en el agua me llevé un gran susto, pues jamás me había visto en una balsa tan grande y creí que me ahogaría pero no fue así. Sin saber por qué, sin haber aprendido a nadar me mantenía a flote. Comotú también se dio cuenta y metiéndose también en la bañera le dijo a su abuela: -mira abuela que gracioso, un juguete de carne y hueso y que además nada. Seguro que también bucea. Y cogiéndome por el lomo me introdujo en el fondo del baño. Las pasé canutas. Creí que aquel iba a ser el último día de mi vida en este mundo. Traté de deshacerme de aquella mano monstruosa que me aprisionaba y en un impulso de desesperación, al tropezar con el cuerpo de Comotú le arañé y dando un grito me lanzó fuera, dándome un mamporro en la cabeza que me dejó sin sentido.
Como ya dije, fue el primero y único baño que me dio Comotú. Desde aquel día no quiso saber nada de mi. A partir de entonces mi presencia en aquella casa, de no ser por la buena de aquella anciana, que en un principio me cayó un tanto “gorda” mi vida hubiese sido un desastre. Nadie se preocupaba de mi. Nadie me cuidaba. Nadie me daba de comer ni de beber. Nadie me acariciaba. Sólo la abuela, que supe que se llamaba Amparo, fue quien se preocupó de mi. Mi Comotú me ignoraba o me maltrataba diciendo que me iba a cambiar por un gatito, ya que éstos no se bañan y así no correría el riesgo de que le arañase en la bañera.
Por el comportamiento de mis amos intuía que mis días en aquella casa estaban contados. Aquel monstruíto era mucho monstruo y sus padres se lo consentían todo. Hace días que noté que el ambiente estaba un tanto enrarecido. La señora Amparo estaba más triste aún de lo acostumbrado y en más de una ocasión discutió con el resto de la familia. En una de sus frases de protesta escuché –“¿abandonar en las afueras?”.
Se acercaba la fecha de las vacaciones. A las de los padres me refiero porque Comotú hacía días que las había comenzado.
Un día que nos encontrábamos solos la abuela y yo, ésta no paraba de preparar paquetes y la pobre, cansada se sentó en un sillón. Yo, de forma disimulada me acerqué a ella y me eché en el suelo reluciente y fresquito. Le miré a los ojos y mi sorpresa fue enorme al comprobar que a través de ellos podía captar lo que estaba pensando. ¡Qué maravilla! ¿Cómo era posible aquello? Sin necesidad de escuchar su voz, con mirarla a los ojos captaba su pensamiento.
-“¿Por qué me decidí a dejar mi casa?, Allí yo vivía sola, es cierto, pero tranquila e independiente. A nadie tenía que cuidar, ni a nadie dar explicaciones de mis actos. Todo me lo pintaron de color rosa y abandoné mi casa en la cual era la señora, para pasar poco a poco a  ser la criada de mi propia familia. Ya sé que no puedo dar marcha atrás y tendré que seguir hasta que el cuerpo aguante y cuando ya no pueda más me encomendaré a Dios. Cuando este chucho llegó, lo recibí con acritud porque sabía que al final, o mejor dicho, desde el principio, sería una carga más para mi, sin embargo, ahora me da pena y no quisiera separarme de él. Al llegar a este punto, los ojos de la anciana que miraban fijos hacia mí se inundaron de lágrimas. Debido a este incidente la comunicación quedó interrumpida y la intriga y la preocupación invadieron todo mi ser, porque, ¿qué había querido decir aquella buena mujer con “no quisiera separarme de él”?
Aquí Drino dio por terminado su relato y Cándido tomó la palabra-silenciosa:
Esta mañana cuando te encontré aquí abandonado y después de alejarme, no podía quedarme tranquilo, pues mi conciencia me acusaba de no estar comportándome como era debido. Por eso he vuelto y lo he hecho provisto de agua y comida pues, comprendí que era la mejor manera de ganarme tu confianza, y como ves, la idea surtió efecto. Ahora que ya somos amigos, no quiero que entre nosotros haya malas interpretaciones. Lee pues con atención lo que voy a decirte. Yo vivo en un piso de pequeñas dimensiones. Quizás más pequeño que aquel de donde vienes y por lo tanto nunca quise tener animales el él. Es mi manera de proceder y no pienso cambiar. Quiero decirte con ello que no debes hacerte a la idea de que vaya a adoptarte, y que mi propósito es llevarte al centro de acogida de animales. Ya sé que no es el lugar más atrayente para vivir, pero si somos realistas tampoco es el peor. Muchos perros que viven con seres que los maltratan se sentirían felices de estar allí. A no ser que prefieras vagabundear errante por la vida. Al escuchar esta frase al pequeño se le erizó toda su pelambre pues no podía olvidar aquellas dos noches y aquel día tan terroríficos que había pasado.
Yo haré lo que tú dispongas. Todo menos quedarme aquí. Haré cualquier cosa menos correr aventuras. No soporto la soledad ni quiero volver a pasar sed y hambre. -Bien, entonces pongámonos en marcha.
Cándido no le había dicho toda la verdad a Drino respecto a su futuro. Le resultaba demasiado duro el tener que decirle que los animales que ingresaban en la perrera, al cabo de unos días si no eran recogidos por sus dueños o adoptados por alguien, eran “dormidos” con una inyección eutanásica.
El pobre animal, más tranquilo por la mentira piadosa de su acompañante, caminaba observando el paisaje y le parecía que se había transformado. ¡Cuánta luz! Y qué arboleda tan exuberante: La esbeltez de los pinos, la majestuosidad de las encinas y alcornoques, la uniformidad de los olivos formando filas como un regimiento de paz. Aquella retama que por un capricho de la Naturaleza había retrasado su floración ofreciendo sus penachos de oro perfumado. La embriaguez del tomillo, el romero y la salvia. Las hojas nuevas de las chumberas con sus peinetas de almíbar. Aquellas pitas que llegado el final de su existencia ofrecían en sus lanzas enhiestas la perpetuación de su especie.
Cándido por el contrario, en aquel momento veía sólo lo negativo: el abandono y suciedad en que se encontraba el extrarradio de la ciudad. Verdaderamente era una pena. Escombros y basuras por todas partes. Leía con amarga ironía algún cartel que advertía: “prohibido verter escombros bajo multa de…” ¿Quién ponía aquellos anuncios allí? Y para qué servían? Él no sabía de nadie que hubiese pagado una multa por tal acción. No había más que ver una o dos casas habitadas e incluso alguna venta para comprobar que allí mismo se producía un basurero. ¿Quién tenía la culpa de aquel abandono? Sin lugar a dudas, muchas de las personas que así se comportan son las mismas que a nivel de rivalidad regional ponen a su ciudad por las nubes en defensa de la belleza y la hermosura. ¡Qué incongruencia! ¡Qué pena!
Pena le daba a Drino ver a su acompañante tan deprimido.
Habían andado algo más de un kilómetro por la carretera de regreso a la ciudad y llegaron a un punto en que ésta se convertía en calle. A ambos lados se ofrecían una hilera de casas achaparradas, enraizadas a la tierra como negándose a crecer hacia arriba. Todas blancas, enjalbegadas de cal y jazmines y con sus terrazas repletas de plantas y flores.
Caminaban despacio por la acera y, llegados a la puerta de una vivienda vieron a una señora mayor pero no decadente, que se afanaba en el cuidado de su jardín. Cándido la saludó pronunciando su nombre: -¡Hola , Aurora, ¿Cómo estás, hija? ¡Hola "padre"! Le contestó sonriente y desenfadada la anciana. ¿Qué, ya vienes de inspeccionar el campo, ¿no?... ¡Qué sería de éste sin ti!
A Cándido le extrañó mucho que Aurora estuviese sola. Siempre estaba acompañada de su inseparable "Canela". ¿Qué pasaba, o qué había podido pasar?
-¡Anda, entra, no te quedes ahí parado como una estatua! Pasa que tengo faena para ti. Cándido le obedeció , y asegurándose de que Drino entraba también pasó al interior de la casa.
Aurora siempre tenía faenas para Cándido. Todos los pequeños deterioros se los subsanaba. Ella le decía (y no sin razón) que era un manitas.
Hoy se trata del fregadero. Las juntas del desagüe, que como sabes son de plástico, de viejas que son se han grieteado y he comprado unas nuevas para que tú las pongas. Te iba a avisar por teléfono pero como sé que pasas por aquí con frecuencia y no es cosa urgente, lo he ido dejando. -"Tú lo que quieres es ahorrarte hasta la llamada", -dijo Cándido- no piensas más que en ahorrar, menos mal que al final me dejarás a mí la herencia. Los dos se rieron y “El manitas” comenzó su faena.
Menos la verja, que estaba cerrada, la casa estaba abierta de par en par. En el transcurso de la reparación, Cándido, al comprobar que Canela no aparecía por ninguna parte, intrigado, le preguntó a su anfitriona por ella. La buena de Aurora, con lágrimas en los ojos le explicó que debido a su vejez y que además el veterinario le había detectado un cáncer muy doloroso e irreversible se había visto obligada a “dormirla”.
-Fue hace una semana cuando Canela se durmió. Yo todavía creo que está conmigo, a mi lado, acompañándome. No me hago a la idea de que se haya ido. Mira si es así que aún le tengo la cama de “su casa” hecha y sus recipientes limpios con su comida diaria.
Cándido sintió una pena infinita por aquella buena mujer. Sabía cuanta unión había entre aquellos dos seres y cuanto se necesitaban el uno al otro.
-Para que compruebes que lo que te digo es cierto, pasa conmigo al patio. - No dudaba de las palabras de su amiga pero acordándose de Drino la siguió.
¡Pero bueno,! ¿qué me pasa? ¿Cómo es posible que haya limpiado los recipientes del agua y la comida y no los haya repuesto? La verdad es que me estoy haciendo mayor. Cándido comprendió rápidamente lo que había ocurrido. Miró hacia la caseta de Canela y comprobó que no se había equivocado, dentro de ella, enroscado en el centro, podía verse a Drino durmiendo apaciblemente.
-No te estás haciendo mayor, estás muy joven y muy guapa,- le contestó Cándido divertido. Mira el regalo que tengo para ti dentro de la casa de tu Canela. Aurora no daba crédito a lo que veían sus ojos. ¿quién era aquel perrito? y cómo había llegado allí?
Cándido le relató aquella historia dramática y cuando terminó se fue hacia la caseta para despertar al pequeño y presentárselo a su amiga. –No, por favor, déjalo dormir tranquilo, que descanse el pobre animal, ya tendré tiempo de conocerlo detenidamente porque este pequeño no saldrá de esta casa si no es para pasear conmigo. Cándido, emocionado, de una forma espontánea cogió a su amiga con sumo cuidado por la parte posterior de su cabellera con ambas manos y atrayéndola hacia él le dio un beso profundo en la frente. ¡"Qué problema más grande le había resuelto aquella buena mujer"! Salieron a la terraza los dos y Cándido que hasta aquel momento lo había visto todo negro se maravilló de aquel jardín tan cuidado que disfrutaba su amiga. ¡Qué variedad de plantas y de flores!: geranios, gitanillas, gladiolos, pascueros,.. rosales, ¡qué variedad de rosas! Y los dos jazmines en los laterales, que ocupaban toda la fachada.
-Toma las tijeras y corta unas rosas que ya sé que son tu debilidad. No se hizo rogar el invitado y, eligiendo las más frescas cogió dos de cada color: Nevado, limón, de su color, naranja, amapola, sangre… Llegado a este punto Cándido recordó el bello y conciso poema de Juan Ramón Jiménez, que tanto le gustaba:
“No la toques ya más que así es la rosa”.
Una docena de rosas frescas tenía nuestro amigo en sus manos a las que agregó un par de gladiolos  blancos que Aurora le ofreció diciéndole: -"toma este par de gladiolos, que se complementan muy bien con las rosas si pones el ramo en un jarrón".
¡Qué felicidad la de los tres protagonistas de este relato: Drino durmiendo apaciblemente en su casa. Aurora recuperada de su soledad y Cándido, satisfecho del deber cumplido, se despedía hasta el día siguiente, pues había quedado citado con su amiga para llevar al pequeño al veterinario para registrarlo en el censo canino y poner toda la documentación en regla. A partir de ahora Drino dejaría de ser un “sin papeles”, un indocumentado.
Puntualmente, a la hora señalada, los tres personajes se encaminaron a la consulta veterinaria. Drino, todo limpio, muy aseado, con los pelos del lomo erizados hacia arriba porque en esa zona los tenía muy rebeldes, iba de la mano de su ama y amiga conectado a través del arnés y la correa que había heredado de Canela; Aurora con un vestido que le llegaba hasta los tobillos, en fondo blanco y todo él rameado de buganvilias, cogida del brazo de Cándido, que vestía pantalón negro, zapatos a juego y camisa malva. Para ellos era un día grande. Las tres generaciones vestidas de fiesta caminaban en silencio musical: La madre adoptiva, el ahijado y el anietado.
Fue Cándido quien en un momento determinado rompió el silencio para preguntar a Aurora con qué nombre pensaba “bautizar” al infante. –Siguiendo la tradición –contestó Aurora, como a Canela le puse ese nombre por su color, al pequeño por el suyo que es endrino, para simplificar le pienso poner Drino, ¿Qué te parece? -Por mí encantado –le respondió Cándido-, es muy cortito, suena muy bien y lo considero original. Drino al escuchar su nombre pensó en un tono irónico: Menos mal que no me han cambiado el nombre, porque si a estas alturas de mi historia lo hacen, a mi creador que me ha nombrado más de veinte veces, (veintiuna, para ser exactos), que ha perdido el sueño, que habla conmigo a todas horas, que por estar acostumbrado sólo a producir pequeños poemas se ha sentido desbordado y aturdido, si ahora tuviera que rectificar nombres y dar nuevas explicaciones, aparte de que se ha familiarizado y encariñado con él, le da algo malo, y la verdad es que yo lo sentiría infinito porque si en principio pensó que lo más lógico y real sería darme un final dramático, ha tenido la paciencia de buscar otra solución para que mi drama termine y se convierta en una historia de paz y felicidad, cosa que le agradeceré eternamente.
Después de esta reflexión, vino a su mente el recuerdo de la señora Amparo. Cuál sería el final de aquella buena mujer cuando no fuese útil a aquella pareja de egoístas e irresponsables ni a aquel repelente monstruíto llamado… ¿Comotú?

VICTORIANO ORTS COBOS.

(Re)visado el día 10 de octubre de  2016.

lunes, 10 de mayo de 2010

EL LAMENTO DEL ABUELO

EL LAMENTO DEL ABUELO

Recorrí en su entorno los primeros trece mil millones de kilómetros de los sesenta y cinco mil que ya he recorrido en esta Nave Sideral, perfecta y enigmática.

No lo recuerdo por el hecho clásico del anciano tierno y cariñoso que te relata cuentos, historias y vivencias.

Tenía una diminuta parcela, vallada por chumberas, con diez o doce olivos, un par de granados y similar número de higueras. Este capital, unido a las dos o tres pesetas diarias de su raquítica pensión, era el premio arrancado a una vida de sufrimientos y privaciones.

El abuelo Francisco era ya muy viejo. Yo lo recuerdo siempre muy mayor y achacoso. En sus años de salud debió ser un hombre fuerte. aun en su vejez. A pesar de que caminaba algo encorvado y apoyado un bastón, su figura causaba respeto por su firmeza de carácter. Al mirar te ofrecía unos ojos aceitunados grandes y brillantes. Al abrir la boca para amonestarte,  (no recuerdo su sonrisa), su dentadura amarillenta se alineaba completa. Las arrugas de su rostro, semejaban surcos de un campo arado por potentes y tranquilos bueyes. Su nariz, generosa, parecía trasplantada de la piel de un paquidermo. Sus cejas, corridas, muy pobladas, conseguían mantener la frescura y la humedad de aquellos dos hermosos azabaches. Su frente, amplia, hacía de fachada a una cabellera fuerte y espesa de color ceniciento, casi blanco; que a su vez daba sombra a un cerebro que durante casi un siglo, día a día, hora a hora, pensó y sufrió demasiado.

Arrastraba su vejez el abuelo con mala resignación. Lo confirmaban sus lamentos y a veces, su casi llanto. Su mayor desgracia había sido la pérdida de su hijo menor en aquella guerra "incivil" de 1936.
Yo, que le hice alguna trastada quitándole granadas y alguna que otra breva, no puedo ni quiero olvidarlo. Lo recuerdo sentado en invierno y primavera en la recacha que él mismo se construyó con cañas y ramas bajas de olivo, tomando como base el tronco de la higuera de brevas de piel morada y grieteada pulpa roja y sabor más que a miel , que tenía frente a la puerta de su casa.

Allí, en aquella POCATORTA de mi infancia, rodeado de olivos sordos a su dolor, consumía gran parte del trozo de sufrimiento que le quedaba. De allí partían los lamentos y las iras de un ser que habiendo hecho sólo una cosa: trabajar para los suyos, se reprochaba a si mismo la forma en que había repartido su poca hacienda y su mucho amor, dando a unos -según decía- lo que debió dar a otros.

En sus lamentos-iras, lanzaba una patética frase que se borrará de mi mente cuando mi cerebro deje de funcionar: "¡Me cago en...,! ¡¡Dios me perdone!!"

A veces, la ira superaba al lamento, y los puntos suspensivos, la coma, los signos interiores de exclamación y el perdón se asustaban tanto que no osaban traspasar su garganta.

VICTORIANO ORTS COBOS.

(Re)visado el día 11 de octubre de  2016.


sábado, 13 de febrero de 2010

LA MOTORIZANTE Y LA FUENTE

LA MOTORIZANTE  Y LA FUENTE

¡Hija de los mortales! –Dijo –  ¿Qué te sucede?
¿Por qué enturbian tus lágrimas mi fuente?
Washinton Irvin. (Cuentos de la Alhambra)
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Pregonaba la fuente su frescor recordando tiempos en que caminantes de todas condiciones se acercaban a su remanso y, tras gozar de su alimento, su frescor y su canto, seguían su camino con energías renovadas.

Sumida estaba en sus meditaciones cuando fue interrumpida por el ruido desagradable del vehículo de una motorizante que tras desconectar el motor y desprenderse del casco, se quitó el cuero que cubría su cuerpo, el resto de ropa y  calzado, quedando totalmente desnuda a ecepción de un mini tanga negro como el color de su cabello, que más que ocultar, resaltaba el triángulo generoso de su pelvis. (Es evidente que era verano y venía superacalorada.)

Era una mujer físicamente perfecta. Su edad podría rondar los cincuenta años, pero ¡madre mía! ¡Qué  cincuenta años más bien cincelados! Cogió una toalla de playa, blanca, (no podía ser de otro color) y se dirigió hacia el manantial. Dejó la toalla a un lado y comenzó a beber, con ansiedad primero, respirando profundamente después y bebiendo de manera más reposada, dando paso a una lluvia indiscriminada de aquella ambrosía por todo su cuerpo. Terminado aquel ritual, cogió la toalla, la tendió sobre la hierba  al lado de la fuente y derramó su salud sobre ella
La fuente la observaba haciéndose la distraída. Al cabo de unos minutos aquella humanidad dormía profundamente mirando hacia el cielo, oculto por una espesa bóveda verde de los árboles de aquél oasis.
La fuente que seguía observándola, se sorprendió enormemente. No era normal en los tiempos actuales que alguien se despreocupase del tiempo y se relajara de aquella manera. Todo el mundo iba deprisa. Todos corrían como si les persiguieran, o persiguiesen ellos a alguien. Salvo excepciones, habían dejado de caminar. Ahora todos motorizaban.

Cuando la fuente lo consideró oportuno le susurró al oído. -“¡Hola, bella mujer! La motorizante en su dormir profundo captó la voz de la fuente y  abrió los ojos  para cerrarlos  apaciblemente. ¡Hola, bella mujer! Repitió la fuente. ¡Qué sueño más reparador estás disfrutando! Es un placer contemplarte. Sigue recuperando fuerzas al tiempo que satisfaces mi curiosidad y me cuentas cosas sobre ti. - “Pregúntame lo que te plazca- contestó con naturalidad la mujer desde su dulce  sueño.
-Realmente sólo quiero saber de dónde vienes. -Vengo de hacer un viaje con mi motor por el mundo. Es algo que deseaba profundamente desde hace mucho tiempo: conocer otros pueblos, otras formas de vida, otras culturas. Hasta ahora, por circunstancias de la vida no pude cumplir este deseo. Por fin  he conseguido mi propósito, y vuelvo, aunque cansada, contenta porque siempre me gustó viajar. Pero la verdad es que los viajes también cansan y llega un momento en el que se añora profundamente el regreso.

-También a mí me gusta viajar, dijo la fuente. La motorizante quedó un tanto desconcertada por la expresión de su interlocutora. -“¿Estás bromeando o tratas de jugar conmigo?
-Ninguna de las dos cosas. Te estoy hablando en serio.
-Por favor, no bromees. He visto cosas muy raras en mi vida pero jamás que una fuente hable y menos aún, que diga que viaja.
-¡Qué cándidos e ignorantes sois los humanos! Creéis saberlo todo y casi todo lo ignoráis. Todo ello es producto de que os sentís los sabios de la Tierra y vuestra prepotencia os nubla el sentido de la inteligencia. Tú dices que yo no viajo y sin embargo si sólo prestas un poco de atención a mi comportamiento, comprobarás que no estoy quieta, si no todo lo contrario, que no dejo de fluir. Que continuamente me derramo y corro por los campos, arroyos, ríos: me  remanso en los embalses, me adentro en vuestras viviendas antes de llegar al mar y por todo mi recorrido y lugares me voy evaporando y subo a la atmósfera. Me alío con el viento que me traslada por todo el planeta para  finalmente volver a mi remanso.

La motorizante no salía de su asombro. ¡Cuánta razón tenía la fuente! ¡Qué ejemplo más simple le había puesto para convencerla! -Desde luego, que me has dejado sin palabras. ¡Y habré viajado tanto para comprender nada comparado con lo que tú me estás enseñando en un momento de ensueño! Es fantástico! Y dime, ahora te pregunto yo, ¿desde cuando estás en este lugar?

-Desde el alba de los tiempos. Mi nacimiento fue producido por un  cataclismo. Tras él, se dieron las condiciones geológicas necesarias para después de llenar mis acuíferos emerger a la superficie.

-¿Y siempre, desde el alba de los tiempos has estado surtiendo sin descaso? -Siempre, salvo en contadas ocasiones, muy a mi pesar.

-Explícate, por favor:
-Muy de tarde en tarde, se dan circunstancias atmosféricas en las cuales las nubes no consiguen descargar mi lluvia sobre estos campos con la suficiente  frecuencia e intensidad y ello genera un periodo de sequía que merma el caudal de mis acuíferos y con ello me veo obligada a internarme en sus grutas hasta que pasa dicho fenómeno. Pero ya te digo que eso ocurre en contadas ocasiones.

-Cuando dices “desde el alba de los tiempos” ¿A cuántos años te refieres? -¡Qué incisiva eres, hija mía! No quería sorprenderte más, pero ya que lo preguntas te diré que he visto a la especie humana emerger a la vida y alejarse hacia su ocaso en más de una ocasión. Y estoy convencida que se repetirá el ciclo en tiempos venideros.

-¡Qué empequeñecida me dejas! La vida de un ser humano es apenas un instante comparada con la tuya.

-Otra vez estás errando en tus apreciaciones. Es cierto que no es tan larga como la mía, pero debes saber que al igual que yo me evaporo, vosotros os transformáis en polvo y adheridos a la Tierra formáis parte de ella y viviréis como yo hasta su final, que será dentro de miles de millones de años, cuando el Sol, en su transformación estelar nos  absorba a todos. Mientras tanto, vive el presente y disfruta de tu sueño.
¡Oh fuente cristalina! ¡Cuánta sabiduría derrama tu manantial!

La bella dormía;
Cantaba la fuente;
El Sol protegía…
¡De ensueño el ambiente!

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Victoriano Orts Cobos.
(Re)visado el día 11 de octubre de 2016.







domingo, 22 de marzo de 2009

VIDENTE OROPÉNDOLA COLIBRÍ

VIDENTE ORPÉNDOLA COLIBRÍ

Aprovechando que el pueblo estaba en fiestas, la autoridad eclesiástica, la municipal y la militar, (entiéndase: guardia civil), decidieron organizar una peregrinación a la ermita que custodiaba a la patrona, “La Virgen de los Imposibles,” para sacarla en procesión por los alrededores y que viera ella “con sus propios ojos.” el estado tan lamentable en que se encontraba el campo a causa de la sequía.

Todos, ataviados con sus mejores ropas y calzado se dieron cita en la plaza mayor y única del pueblo, y organizados en cuatro filas comenzaron su peregrinación.

Al frente de cada fila iba una autoridad, distribuída de la siguiente forma:
La fila interior derecha la encabezaba el sr. cura. La exterior derecha el sr. sargento.
La interior izquierda el sr. alcalde y la exterior izquierda en sr. consejal de urbanismo, el cual, también se ocupaba de los actos festivos y religiosos.
Cerrando la comitiva, algo distanciado; impermeabilizado hasta las cejas y con botas altas de agua, les seguía Vidente Oropéndola Colibrí. Pensó llevarse también el paraguas, pero para no dar la nota, a última hora optó por dejarlo en casa.

El día era luminoso, casi veraniego, a pesar de estar a primeros de marzo. A los vecinos les chocaba el atuendo de Vidente y algunos giraban la cabeza y comentaban divertidos sobre su excentricidades.

El recorrido transcurrió con cánticos religiosos, oraciones y, alguna que otra confidencia entre el alcalde y el concejal sobre un futuro no lejano de “palacetes amarillos y casitas blancas” distribuidos graciosamente por aquellos campos.

Al llegar a la explanada de la ermita, sorpresivamente comenzaron a caer tímidas gotas de agua. Poco a poco, las gotas fueron perdiendo la timidez y caían más alegres.
La gente no comprendía qué estaba ocurriendo: el cielo seguía sin una sola nube. Todos miraban hacia arriba sorprendidos y admirados a la vez. Por supuesto, todos menos Vidente Oropéndola Colibrí.

El páter, viendo que la lluvia aumentaba buscó las llaves de la ermita y al recordar que se las había olvidado en su casa, llamó al monaguillo para que regresase al pueblo y se las pidiese a “la sobrina”. El agua arreciaba y el buen hombre que –todo hay que decirlo- era muy responsable, ante el temor de coger un resfriado y tener que desatender por un tiempo a su rebaño, buscó dónde refugiarse de la humedad. Miró hacia la ermita y viendo que la visera de la puerta de entrada podía acogerlo, sin pensarlo dos veces, se arremangó la falda de la sotana e impulsado como por un resorte, corrió hacia ella seguido del alcalde y del concejal. Comprobaron que aún había espacio para el sargento y, siseándole lo invitaron , pero éste,  como buen militar consideró que debía dar ejemplo  y rehusó.

La gente arrodillada, rezaba y cantaba salmos a la Virgen, a Dios y a todos los santos habidos y por haber. La cosa no era para menos. Sólo Vidente permanecía de pie y en silencio. Cuando lo consideró oportuno, comenzó a caminar por entre “el rebaño”, hacia “la tribuna de autoridades” y al llegar junto a ellos les miró fijamente a los ojos, y con gesto enérgico y "ceremonioso", se quitó la capucha. A continuación se descorrió la cremallera de la chaqueta, se la quitó también y lo mismo hizo con los pantalones, quedándose en calzoncillos y botas altas de agua. Dobló delicadammente el impermeable. Se lo colocó en el brazo. Giró ciento ochenta grados y, calado hasta los huesos se volvió al pueblo "cantando bajo la lluvia".
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Victoriano Orts Cobos.

Málaga marzo de 2009.

(Re)visado el día 12 de octubre de 2016.

miércoles, 11 de febrero de 2009

DIOS Y, COMPAÑÍA

DIOS y, COMPAÑÍA

Dedicado a mis benefactores informáticos,
Anivy ,Loli y Francis.

“…Y Eva creó a Dios y a Compañía a su imagen y semejanza”

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Como no podía ser de otra manera, la paz reinaba en el Paraíso. Un sol luminoso lo envolvía todo. La brisa suave refrescaba el ambiente y mientras Eva paseaba por el bosque y los jardines del Edén acompañada de su séquito de aves y mamíferos, Adán disfrutaba de su afición favorita: la siesta bajo una frondosa encina.

Sin embargo, aquel día, algo nunca experimentado hasta entonces en su mente ocurrió. El buen hombre se despertó sobresaltado, sudando y totalmente angustiado. Se levantó de un salto y miró a su alrededor buscando con ansiedad a su compañera. Ésta venía de regreso cantando y saltando, toda feliz, acompañada de su séquito de animales que la adoraban. Corrió hacia ella descompuesto, y Eva al verlo en aquel estado se sorprendió alarmada. ¿Qué novedad era aquella? Los animales, todos, sin ecepción, se alarmaron y un silencio sepulcral invadió el lugar.

-¿Qué es lo que te ocurre, amor de mi Paraíso?, fueron las dulces palabras de la bella amante.
-No sé cómo empezar, querida. He tenido un sueño terrible, y tan confundido estoy, que dudo si ha sido sueño o realidad. He visto en mi locura, cómo Luz Bella se ha rebelado contra Dios y que Éste, lo ha desterrado del Reino a un territorio inhóspito y ardiente que ha bautizado con el nombre de Infierno.
Al oir este relato, Eva no pudo reprimir una carcajada enorme, que sirvió de relajante a su séquito.
-Adán, hombre de poco seso, ¿cómo es posible que un sueño de esa envergadura entre en tu mente? ¿Tú crees que un ser como El Gran Creador: Omnipotente, Omnipresente, y todo lo habido y por haber puede permitir semejante desventura? En verdad cariño que a veces no te comprendo, y para tranquilizarte te diré que hace un momento he estado hablando con Él precisamente sobre su ángel favorito: Luz Bella, y me ha comentado que lo ha nombrado Cocinero Mayor del Reino, porque prepara unas manzanas reineta al horno que son su debilidad. Está tan feliz que hasta me ha dado la receta que a continuación te detallo y me ha regalado una docena de esta jugosa fruta. Te leo la receta:
En una fuente apropiada pones:
12 reinetas descorazonadas;
en cada hueco que ocupaban los corazones, introduces un trocito de canela en rama;
llenas los huecos de azúcar;
riegas las manzanas con anís en abundancia y en el fondo del recipiente agregas unas cucharadas más de azúcar y medio vaso de agua;
metes la fuente en el horno que debe estar a una temperatura de 180 grados y esperas hasta que se abran las manzanas, se doren, se arruguen y se ablanden.
Esta noche, cariño, me gustaría que las preparases para los dos.
-No estoy yo para manzanas al horno. ¡Caramba! ¡Es que aquí no acaba la cosa! También he soñado que a nosotros nos castigaba; y precisamente por tu culpa. Por comer nada menos que la fruta de un árbol que según mi sueño es el de las manzanas que tú quieres que nos comamos esta noche.
-Pero bueno, Adán, ¿Qué te sucede? Nunca te había visto así. Por favor, razona. Todo esto ha sido un sueño. Mejor dicho, un mal sueño. Con tu actitud estás ofendiendo gravemente a Nuestro Creador. ¿Cómo es posible que pienses que un ser como Él caiga en la bajeza de crear a sus seres amados para castigarles por naderías? ¡Por Dios y por todos los Ángeles y Arcángeles! ¡¡Me estás sacando de mis casillas, y ya me cuesta responder de mí!!

La cosa se ponía fea. Era la primera vez que discutían, pero, ¡vaya estreno!

Dios que está en todas partes, consideró que debía intervenir e hizo acto de presencia física, y su semblante luminoso y pacífico unido al razonamiento de Eva, tranquilizó a Adán, el cual se arrodilló ante Él consternado diciendo: Dios amante de tus siervos, perdona mi poca fe.
-Levántate Adán y no me pidas perdón porque tú no has hecho nada malo. Eres débil y eso no es culpa tuya si no mía por no haberte hecho más fuerte.

-Gracias a Ti Señor, la paz reina de nuevo entre nosotros- dijo Eva.
-Eso es lo que yo deseo, y para festejarlo y olvidar este mal sueño de Adán, esta noche, os voy a acompañar en la degustación de las manzanas. Mejor dicho, vamos a estar mi compañera y    yo.
-¿He oído bien, Señor? –dijo Adán-.
-Has oído perfectamente.
-Perdona, mi Dios, pero no sabía que tuvieses compañera.
-Vosotros lo ignoráis todo sobre Mí- dijo Dios en un tono melancólico que denotaba una infinita tristeza.

Llegó la noche y todo estaba preparado. Adán se esmeró al máximo para que las manzanas estuviesen a la satisfacción de Dios y de Compañía –pues así se llamaba la Pareja Divina del Sumo Hacedor.

La cena resultó deliciosa, y una vez terminada, Dios dijo a Adán: Si alguna vez tuviese que prescindir de Luz Bella en la cocina de mi Reino, sin dudarlo te elegiría a ti como sustituto. Compañía y Eva estaban de acuerdo con el piropo que gustó mucho a Adán aunque este, no pudo evitar una suave desazón en su interior al oír la frase “prescindir de Luz Bella”.

La sobremesa se alargaba con una conversación distendida y desenfadada y esto dio lugar a que Eva que era más lanzada aprovechara la ocasión para hacerle una petición que hacía tiempo la pareja tenía en la mente pero no se atrevían por miedo a disgustarle :
–Padre Amantísimo- se atrevió a decir. Adán y yo, como bien sabes, somos enormemente felices. Nos amamos al máximo pero no hemos tenido jamás contacto físico y, pensamos que para tu mayor Gloria y nuestro mayor gozo, podríamos crear descendencia, pero no sabemos se Tú lo aceptarías. Adán se puso bastante nervioso. Esta mujer, (murmuró él entre dientes) es demasiado lanzada.
Compañía y Dios quedaron maravillados. ¡Qué mujer más valiente y directa. Los dos sonrieron y por primera vez fue Compañía la que contestó:
Por supuesto Eva que sí. Desde ya podéis poner manos a la obra y llenar de Caínes y Caínas, Abeles y Abelas el Paraíso. Será muy grato para nosotros teneros más contentos y satisfechos de la vida y gozar de más hijos que nos adoren.

El ambiente era cada vez más grato y relajante, salvo para Adán y, Eva que tenía una fe infinita en El Sumo Hacedor, sin miedo alguno le preguntó: -Padre Amantísimo, todos los seres que poblamos el Paraíso somos hijos vuestros pero, yo me pregunto y os pregunto a Vosotros. ¿Nunca habéis pensado tener hijos biológicos?
Adán no daba crédito a lo que oía. -¿hasta dónde iba a llegar aquella criatura tan irresponsable? –se preguntaba.
¡Qué maravilla! Pensó Dios. ¡Que maravillosa mujer creé con una simple costilla del débil Adán!
Compañía tomó de nuevo la palabra diciendo: Querida Eva, no creas que no lo hemos pensado pero tienes que saber que nuestros hijos serían Dioses y con ello tendríamos que repartir el Reino y la cosa se podría complicar. Además, piensa que también somos eternamente jóvenes y tenemos todo el tiempo por delante. Así pues, vamos a dejar la cosa como está.

-Te voy a hacer una última pregunta y aquí termino: Dios Supremo, Tú lo has creado todo. Desde la luz hasta el ser humano pero…, y a Ti ¿quien te creó?
El pobre Adán no pudo aguantar más y se desmayó. Compañía que lo observaba divertida y maternal, no pudo aguantar la risa.
Dios irradiando una tranquilidad Sobrenatural y una sonrisa amplia y Luminosa contestó melódicamente: -Tú, Eva, me estás Creando en este preciso instante. ¡PALABRA DE DIOS!

Victoriano Orts Cobos. Málaga febrero de 2009.

(Re)visado el día 12 de octubre de 2016.

sábado, 3 de enero de 2009

CUENTO A GLORIA FUERTES

CUENTO A GLORIA FUERTES


A mis nietos Luna y Ariel en su quinto y tercer cumpleaños.
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¿Conocéis a Gloria? ¿No? Yo os la voy a presentar.

Gloria es una mujer alta, delgada, atlética, muy "fuertes". Tanto como varias mujeres juntas. Por eso se apellida Fuertes y no Fuerte.

Su gran afición es hacer felices a los niños y además de escribir y contar cuentos tiene la habilidad de transformarse en mujer gruesa. Bueno, más que gruesa, redonda; algo elefantona ¡Qué chuli! ¿Verdad?


Su cara es como un pan cateto de Almogía; o más aún, como un pan cateto de Pocatorta.
Sus dos mofletes se enrojecen como una tarta de fresa.

A los niños les encanta verla sonreír de oreja a oreja y oírla decir: “yo no tengo mofletes, tengo "MOFUERTES”

Otra afición suya es escalar montañas, pero como es algo miedica no quiere alejarse y se va al monte Gibralfaro.

¡Ah, se me olvidaba! Está tratando de conseguir transformarse en globo, y la verdad es que va progresando bastante.

Un día de los que subió a Gibralfaro, desde el mirador contempló la maravillosa estampa del parque, el mar y también se fijó en el redondel de la plaza de toros. Al centrar los prismáticos en aquel círculo vio alarmada a un pobre toro blanco lleno de arpones y ensangrentado, y a un gentío que aunque ella no podía oírlo, por sus gestos era fácil comprender que se sentía contento participando en aquel espectáculo doliente e inhumano.

¡Pobre animal! Gritó Gloria. ¿Qué había hecho aquella infeliz criatura para merecer tan degradante tormento?
No se lo pensó dos veces. Abrió la boca como si fuera una gran hipopótama. Tomó aire, más aire, más aire..., Tanto aire tomó que por fin consiguió su propósito de convertirse en un globo gigante y, casi sin darse cuenta se elevó en principio y después descendió hasta llegar al centro de la plaza
¡Qué espectáculo más increíble! El público, y hasta el toro se quedaron "pasmaos, pasmaos, pasmaos".

El globo, que no era globo; pues no olvidemos que era Gloria transformada, alargó sus piernas como si de dos garfios potentes se tratara, enganchó al toro por los cuernos y lo elevó como si ambos fuesen una cometa, y comenzó a volar sin esfuerzo.

¡Que maravilla! Nunca se había visto cosa igual.

Siguió volando, y guiada por el toro que se sentía encantado, llegaron a la finca de donde lo habían raptado.

Una gran manada de toros bravos  negros los recibió sorprendidos y, poco a poco, fueron rodeándolos desafiantes,
Gloria, superasustada por aquellos cuernos tan numerosos y tan tremendos, comenzó a desinflarse. Entonces ocurrió que el toro blanco comprendió que ahora le tocaba a él defender a su heroína, y sin dudarlo un momento se encaró agresivo a la manada de toros negros. Levantó la cabeza con los cuernos brillantes y afilados dirigidos hacia el cielo y dio un mugido tan tremendo que no envidiaba al trueno de una gran tormenta.
Los noventa y nueve toros negros (pues eran noventa y nueve), quedaron paralizados. A continuación, el toro blanco, que estaba junto  a Gloria  le dio dos tiernos lametones en los mofletes “de fresa” y se quedó a su lado.

La manada negra retrocedió formando un semicírculo perfecto frente Gloria y Toro Blanco. Agacharon todos la cabeza y comenzaron a mugir armónicamente; casi en silencio y acto seguido, de uno en uno, humildes se encaminaron hacia la heroína y le dieron, en total, incluidos los dos de Toro Blanco, doscientos lametones en los mofletes.
Gloria no pudo reprimir la alegría y cantó alborozada:

Doscientos besos, Gloria;
Doscientos besos fuertes
Dieron en los "mofuertes";
Cien toros, Gloria Fuertes.

Victoriano Orts Cobos.

(Re)visado el dia 14 de Abril de 2016.

lunes, 10 de noviembre de 2008

PRESENTACIÓN DE ESTE BLOG

Este blog, lo he creado con la idea de reflejar en él los poemas que más me han cautivado y que releo una y otra vez, disfrutando de su musicalidad como si de una sinfonía se tratara. Poemas que han dejado en mí una huella imborrable, y una admiración infinita hacia sus autores.

No voy a guardar ningún orden cronológico ni alfabético, ni nada que se le parezca. No tengo tiempo ni preparación para ello. Para mí, todos son Obras de Arte Mayor, y como tales, el lugar que ocupen, ellas lo convertirán en lugar de honor.
Por ser Málaga la ciudad que acogió cuando sólo tenía 14 años y, en la que he echado raíces y he procreado, he querido elegir a dos poetas que le han cantado como a pocas ciudades le hayan loado sus amantes más devotos: Vicente Aleixandre y Salvador Rueda

CIUDAD DEL PARAÍSO
Vicente Aleixandre
Sevilla 1898
Madrid 1984
Siempre te ven mis ojos, ciudad de mis días marinos.
Colgada del imponente monte, apenas detenida
en tu vertical caída a las ondas azules
pareces reinar bajo el cielo, sobre las aguas,
intermedia en los aires, como si una mano dichosa
te hubiera detenido, un momento de gloria,
antes de hundirte para siempre en las olas amantes.

Pero tú duras, nunca desciendes, y el mar suspira
o brama por ti, ciudad de mis días alegres,
ciudad madre y blanquísima donde viví, y recuerdo,
angélica ciudad que, más alta que el mar, presides sus espumas.

Calles apenas, leves, musicales. Jardines
donde flores tropicales elevan sus juveniles palmas gruesas.
Palmas de luz que sobre las cabezas, aladas,
mecen el brillo de la brisa y suspenden
por un instante labios celestiales que cruzan
con destino a las islas remotísimas, mágicas,
que allá en el azul índigo, libertadas, navegan.

Allí también viví, ciudad graciosa, ciudad honda.
Allí, donde los jóvenes resbalan sobre la piedra amable,
y donde las rutilantes paredes besan siempre
a quienes siempre cruzan, hervidores, en brillos.

Allí fui conducido por una mano materna.
Acaso de una reja florida una guitarra triste
cantaba la súbita canción suspendida en el tiempo;
quieta la noche, más quieto el amante,
bajo la luna eterna que instantánea transcurre.

Un soplo de eternidad pudo destruirte,
ciudad prodigiosa, momento que en la mente de un Dios emergiste.
Los hombres por un sueño vivieron, no vivieron,
eternamente fúlgidos como un soplo divino.

Jardines, flores. Mar alentando como un brazo que anhela
a la ciudad voladora entre monte y abismo.,
blanca en los aires, con calidad de pájaro suspenso
que nunca arriba. ¡Oh ciudad no en la tierra!

Por aquella mano materna fui llevado ligero
por tus calles ingrávidas. Pie desnudo en el día.
Pie desnudo en la noche. Luna grande. Sol puro.
Allí el cielo eras tú, ciudad que en él morabas.
Ciudad que en él volabas con tus alas abiertas.
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(Re)visado el día 3 de diciembre de 2016.
Victoriano Orts Cobos