martes, 19 de mayo de 2020

De los Illuminati al 5G

Con esta pandemia han surgido muchas teorías de la conspiración. No es nuevo: siempre ocurre en tiempos de crisis





De los Illuminati al 5G
ADRIÁN ASTORGANO





Solange Vázquez

SOLANGE VÁZQUEZ
Hay que ver qué débiles somos los humanos, siempre necesitados de respuestas, de certezas que nos expliquen el mundo, de algo a lo que agarrarnos para no perder el equilibrio en medio del caos. Por eso, a lo largo de la Historia, en medio de las grandes crisis –pestes, recesiones, guerras– han 'florecido' teorías de la conspiración, historias a veces muy descabelladas que 'explicaban' esas situaciones dramáticas y apuntaban a sus culpables. Según Joe Uscinski, estudioso de este fenómeno y autor de 'American Conspiracy Theories', «existe un número infinito de ellas» –lanzadas tanto desde sectores de izquierdas como de derechas– y, lo que es más inquietante, «todo el mundo cree en una o en más de una».
¿Quizá parece exagerado? No tanto. Según un estudio de la Universidad de Cambridge, al presentar cinco de estas teorías a los ciudadanos y pedirles que señalasen cuáles eran verdaderas, la mayoría marcaron al menos una, y eso que entre las opciones se incluían sociedades secretas, alienígenas... Y, cuanto más incertidumbre y sensación de amenaza tiene la población –como ocurre ahora mismo con la pandemia de coronavirus–, más se extienden las invenciones de este tipo. «La teoría de la conspiración busca culpables que orquestan entre bambalinas todo lo que ocurre. Por eso, al ser explicaciones basadas en identificar titiriteros ocultos, son tan útiles para movilizar y polarizar en política: el adversario ya no es un simple adversario, sino el Mal con mayúscula», analiza Alejandro Romero, profesor de Sociología de la Universidad de Granada y experto en teorías de la conspiración.
Pero ¿qué ingredientes debe tener una buena teoría de la conspiración? Es un 'género' variado, pero debe cumplir con cierta ortodoxia. Según indica Romero, en primer lugar hace falta «un chivo expiatorio, un culpable que ya estuviera mal visto, sobre cuyo estigma construir la teoría: el ejemplo perfecto es el estereotipo judío». El segundo 'mandamiento' es atribuir a esa persona o colectivo la responsabilidad sobre una serie de males: «Una catástrofe concreta, un atentado terrorista, pandemia y hasta procesos históricos de largo recorrido, como las transformaciones políticas y económicas». Y el tercer y último requisito: para que la teoría 'funcione' debe haber un 'nosotros', el pueblo, que sean las víctimas perjudicadas por los villanos». Todo ello debe estar aderezado, además, por «la salsa imprescindible, la irrefutabilidad: una teoría de la conspiración es indestructible cuando no hay prueba alguna que nos sirva para descartarla». Pero ¿no debería ser al revés? No en el creativo mundo de estas historietas. «De hecho, si no hay pruebas de que existe la conspiración, se entiende que es una prueba de lo hábiles que son los conspiradores para no dejar rastro de sus manejos –desvela el sociólogo–. Cara, yo gano; cruz, tú pierdes».
Las hay para todos los gustos: desde que Bush organizó los atentados de las Torres Gemelas, hasta que la llegada del hombre a la Luna nunca se produjo, que en China fertilizaban campos con cuerpos de bebés... Estas son algunas de las modernas, pero otras se remontan a varios siglos atrás. He aquí algunas muestras del catálogo de esta categoría fantástica:

Los judíos y la peste negra

En el siglo XIV, cuando la peste bubónica asoló Europa, los judíos pagaron el pato en buena medida. Como no se conocía el origen ni la propagación del mal, se extendió entre la población que este colectivo envenenaba el agua de los pozos para hacer enfermar a la gente.

Los eternos Illuminati

«Es la primera gran teoría moderna de la conspiración –explica Romero–. Una sociedad de idealistas infelices que apenas dura diez años en el siglo XVIII se convierte, gracias a los panfletos reaccionarios que los señalan como responsables en la sombra de la Revolución Francesa, en la élite internacional que viene dominando el mundo desde entonces, colaborando con los Sabios de Sión o los reptilianos, según la coyuntura. Si su pobre fundador, Adam Weishaupt, levantara la cabeza... Aunque igual no murió y comparte dúplex con Elvis».

Falsos cristianos malvados

Hay antecedentes españoles del mito de la conspiración judía mundial. Ya en el siglo XVI se comenzaron a adelantar algunos elementos. Para justificar el estatuto de limpieza de sangre, el arzobispo de Toledo publicó una serie de «pruebas» contra los judíos, incluyendo una supuesta 'Carta de los judíos de Constantinopla' (falsa, claro) a los rabinos de España en la que se les aconsejaba que se convirtieran falsamente al cristianismo y, haciéndose abogados, mercaderes, médicos o incluso sacerdotes, conspiraran contra la propiedad, la vida y las iglesias.

El peligro está en el agua

Ya en el siglo XX, se ha afirmado que la fluoración del agua potable encubría «una trama para contaminar y debilitar a la población», apunta el sociólogo. Sin ir más lejos, la gripe española (1918-1920), que causó millones de muertos, se atribuyó a un veneno alemán –acababa de terminar la Primera Guerra Mundial– echado en el agua.

Laboratorios y farmacéuticas

Son el 'enemigo número uno' de los conspiranoicos, que creen que el VIH o el ébola fueron creados en laboratorios para exterminar a determinados grupos. También se extendió la teoría de que las vacunas provocan autismo y que las grandes farmacéuticas tienen comprados a medios de comunicación, científicos y gobiernos para que lo oculten.

'Desviados'de la tradición

Según explica Romero, entre las teorías de la conspiración más recientes está cobrando especial fuerza en la extrema derecha de todo el mundo la idea de que, tras la caída del comunismo a finales del siglo XX, el nuevo proyecto totalitario se basaría en la corrección política y en la destrucción de la familia y los valores tradicionales mediante lo que llaman 'ideología de género' y la promoción de la homosexualidad y otras prácticas sexuales 'desviadas'. «Es uno de los ingredientes que había detrás de la polémica del veto parental, con aquellos vídeos de performances para adultos que se descontextualizaban y se movían en redes sociales presentándolos como 'clases de educación sexual para los niños españoles', o acusaciones sin pruebas sobre colegios en los que se hablaba de zoofilia».

COVID-19, tormenta perfecta

Información incompleta, situación desconocida sin soluciones perfectas y con grandes costes sociales y económicos, polarización política... La pandemia ha creado «la tormenta perfecta» para las invenciones conspirativas, resume Alejandro Romero. «No todas las teorías conspirativas sobre el coronavirus son de derechas. Frente a quienes defienden que el estado de alarma es una excusa para implantar un régimen totalitario, también están quienes identifican una nueva maniobra de las élites financieras para reorganizar el sistema económico a nivel internacional, sometiendo a los trabajadores a través del miedo. Y tampoco podían faltar los antivacunas, por desgracia», indica. Luego están los convencidos de que se debe al 5G o a algún complot extraterrestre, aunque estos casos, más que conspiración, entran de lleno en la ciencia ficción. ¿O es lo mismo?

«Somos fácilesde autoengañar»
Da igual lo descabellada que sea la teoría. Aunque no nos entre en la cabeza, siempre va a haber alguien que se la crea. Y algunas se extienden como la pólvora. Esto, que va contra toda lógica, ocurre, según explica Romero, porque «somos fáciles de autoengañar». Pero, ojo, nos creemos lo que queremos creer. «Aceptamos las teorías de la conspiración que encajan con nuestra visión del mundo. A nivel individual, es lo que los psicólogos llaman 'sesgo de confirmación'. A nivel colectivo, creemos teorías que refuerzan nuestras ideologías e identidades culturales». Así, si somos antisemitas, es más probable que la teoría de la conspiración judía mundial nos parezca verosímil. Sin embargo, si somos anticapitalistas, es más probable que creamos que las crisis económicas son provocadas deliberadamente por las élites financieras.
Lo curioso es que el avance de la ciencia no ha servido para frenar este fenómeno. Todo lo contrario: «No comprendemos que la ciencia no puede dar respuestas definitivas, sino soluciones provisionales que pueden ser refutadas. Esperar de la ciencia certezas absolutas contribuye a que creamos en teorías conspirativas: no pensamos que la ciencia se autocorrige, sino que los malvados científicos nos ocultan la verdad y la van dosificando según les conviene a ellos o a quienes 'los tienen comprados'».
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Publicado en Diario SUR.
Copiado/pegado de  Internet por Victoriano Orts Cobos.
Málaga 19 de mayo de 2020.
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sábado, 16 de mayo de 2020

Poemas sin autor para limpiar el váter





Poemas sin autor para limpiar el váter

Alguien publicó en 2015 'Antolejía', un libro gamberro y descarnado, bajo la identidad ficticia de Ballerina Vargas, un juego poco frecuente en un mundo repleto de egos y ansía de visibilidad: «No cometan el error / De confundirme con lo que escribo»





Alberto Gómez

ALBERTO GÓMEZ
Ya lo avisa en uno de sus poemas: «No me gusta hablar de mi vida / Ni de mí / No cometan el error / De confundirme con lo que escribo». No resulta complicado intuir que Ballerina Vargas Tinajero es un nombre falso, una identidad literaria bajo la que alguien se escondió hace años, alimentando un secreto más o menos guardado desde entonces. El juego, poco frecuente en un mundo repleto de egos donde se producen contorsiones casi imposibles por aparecer en antologías y medios de comunicación, sabe delicioso: un autor oculta quién es y sólo quedan al descubierto sus poemas y un puñado de especulaciones, abono para el desconcierto. El personaje, creado al abrigo de los blogs pasados de moda, tiene hasta biografía: Ballerina nació supuestamente en Sevilla y se licenció en Periodismo después de quedar segunda en un concurso de cuentos de su pueblo, aunque ejerce de profesora de Lengua en un instituto público. El título de su primer y hasta ahora único libro, 'Antolejía: poemas para limpiar el váter', ya revela su tono gamberro y lúdico, ordinario a veces pero felizmente libre de intensidades simuladas. Aquí, aunque parezca paradójico, sólo engaña el nombre: «Siempre pensé / Que el amor era otra cosa / Sin tanta fachada tanto preparativo sin tanto / puterío importado de baratillo».
'Antolejía' fue publicado en 2015 por Ediciones Liliputienses, una pequeña editorial asentada en la isla de San Borondón, que según la leyenda, en sintonía con la firma más misteriosa de su catálogo, «existe sólo a veces, aunque, como el nulo sentido del humor de las administraciones no admite las identidades intermitentes, contamos con una humilde morada en Cáceres». Por entonces el autor o la autora ya había colaborado con revistas digitales e impresas. El uso reiterado de pasajes presuntamente autobiográficos no debería confundir al lector, como recuerda una cita inicial de Cavafis que espanta posibles interpretaciones literales: «Que no intenten descubrir quién fui / por cuanto hice y cuanto dije». Pero lo cierto es que la poesía de Vargas funciona posada en el alambre de la experiencia, analizando su decadente entrada en la madurez: «Veinte años después / Sigo comiendo pipas en aquel banco / Mirando El grito de Munch / Sepultada por las cáscaras / Sola / Perpleja / Con los ojos salados / como entonces / Sin enterarme de nada».
Con referencias a poetas malditos como Bukowski y Fonollosa, pero también a Mecano y 'Regreso al futuro', Ballerina sabe mecerse entre la ironía crítica y cierta ternura patética: «Te diste la vuelta y arrastraste / Contigo la manta que aún conservaba / nuestro calor / nuestro sudor / Y te rascaste el culo. / Y aquí sigo temblando / En la esquina de aquella cama». Sus poemas transpiran esfuerzo por alejarse de la pirotecnia poética, de «esos culturetas» que hacen malabares para no resbalar entre tanto almíbar: «Te he visto por aquí antes / Me suena la máscara que llevas puesta». El realismo cotidiano queda tamizado por el sarcasmo, como en 'Bus Stop', donde recrea una conversación entre adolescentes: «Hablar del Mangafest de Abraham Mateo / Del examen de Física y de un tal Chaco / Que por lo visto / Es quien les lleva la hierba / Y estoy por pedirle el número / Y entonces recuerdo que para ellos / No soy más que una vieja».
Tampoco cede terreno a la cursilería en sus poemas de amor, donde a menudo asoman las propias costuras, la necesidad salvaje de distanciarse del academicismo: «Porque en noches como esta / Me la sudan / Y no sabes de qué modo / Neruda el destino la metafísica». El personaje pretende romper estereotipos, presentarse desnuda: «Cuando te dije que te quería / No buscaba un príncipe / Ni un anillo en el altar / Ni un chalet en Torrevieja / Ni un heredero». Aunque algunos poemas cogen vuelo («Es mentira / No es el tiempo / El que hace de nosotros / Lo que somos»), Ballerina prefiere escribir desde la tierra, alérgica al tono empleado por muchos de sus colegas. Las instrucciones que da para su funeral pueden entenderse como el anuncio de su final poético: «Lloradme / Lloradme mucho durante la ceremonia / Hasta que se os sequen los sesos / Que todo el mundo se suene / escandalosamente / Y se abrace / No quiero a nadie entero».
Nacida en un blog que comparte con Marcos Matacana, otro seudónimo, Ballerina Vargas sigue siendo uno de los enigmas de la poesía española actual, una identidad ficticia que algunos atribuyen a un premiado escritor especializado en Cernuda. Será mejor que el secreto continúe guardado. La fórmula ha funcionado otras veces, como en el caso de la multiventas Elena Ferrante, que nunca ha confirmado quién es en realidad pese a las investigaciones que concluyen que su obra pertenece a una traductora. Aquellas indagaciones abrieron un debate en Italia sobre el derecho a la intimidad. Incluso al anonimato, un recurso poco utilizado en poesía, donde el deseo de visibilidad suele desencadenar competiciones ridículas. Celebremos el misterio.




BALLERINA VARGAS

LO MÍO NO ES NORMAL

No me gusta hablar de mi vida
Ni de mí
No cometáis el error de confundirme
Con lo que escribo

CALIFORNIA GIRL

Un escalofrío salado me saca
De mi sopor y me siento en la arena
No recuerdo cómo
He acabado en la costa
Ni el nombre de este reino
junto al mar
Pero me gusta
Hacía mucho tiempo
No me importa
Unos chicos se bañan desnudos
Y me sorprendo
Sintiendo envidia del agua
Yo que no tengo cuerpo ya
Para nada que no sea beber.
(...)
Poseer es perder dijo Pessoa
Y entre lo que se va
y lo que no llega
Al final a todos nos queda
Lo mismo
La pérdida
De pelo
De orina
De ganas
De vida
Es lo único cierto
Eso
Y que hace una rasca de cojones
Y que voy a levantar el culo de la arena
Y hacer eses
Hasta el chiringuito
Donde el cabrón de mi novio estará
Camelando a alguna guiri
Y pedirme
Otra cerveza

ANTES

Es mentira
No es el tiempo
El que hace de nosotros
Lo que somos
Podríamos ser eternamente
El perro que no teme
La ola que no rompe
La lengua que no conoce lo amargo
La carne intacta
La mirada sin sombra
Que contempla sin saberlo
La última tarde de verano
Podríamos haber sido
Lo que ya no recordamos
Lo que fuimos
hace mucho
Antes del daño.
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Publicado en Diario SUR.
Copiado/pegado de Internet por Victoriano Orts Cobos.
Málaga 16 de mayo de 2020.
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jueves, 14 de mayo de 2020

Del miedo a la esperanza

Se dice que estamos en guerra, pero el misil más sofisticado no puede combatir al enemigo microscópico

JOSÉ FRANCISCO JIMÉNEZ TRUJILLOPROFESOR DE HISTORIA
Parece que es tiempo de reflexionar, aunque los móviles no dejen de vibrar con la última ocurrencia que circula en las redes. Las páginas de los periódicos están siendo un buen refugio -pocos quedan- para quienes se aventuran a ver el después de este drama. Por lo general hay cierto adanismo en las predicciones, como si lo que nos está ocurriendo fuera propio de otros espacios y de otros tiempos más cinematográficos que reales. Como si las epidemias no hubiesen hecho un daño inmenso hasta ayer en otras geografías, que siempre eran más pobres y que acompañaban su miseria. Como si una pandemia sólo hubiera podido ocurrirle a los abuelos de nuestros abuelos.
Por eso el después que se adivina está cargado de cambios, generalmente positivos, en nuestra forma de vivir y en la manera en que las naciones habrán de relacionarse en un mundo que también ha globalizado la enfermedad. Sin embargo, habrá que recordarles a los más optimistas que apenas hace un siglo la pandemia más terrorífica -la mal llamada gripe española de 1918, con cincuenta millones de muertos- sucedió a la Primera Guerra Mundial y dejó la puerta abierta para que apenas dos décadas después comenzara la segunda. No aprendimos mucho. Y, además, nos ha fallado la memoria.
De esto va la cosa si hablamos de futuro, de tener memoria para aprender más allá de una última generación. De saber que la fragilidad del hombre desde que se bajó del árbol es consustancial a su especie, y que no la puede esconder detrás de una tecnología extraordinaria que ha cambiado su forma de vivir, pero que no evita el sentimiento más cierto del hombre a la intemperie: el miedo. De saber que la lucha por la vida, y el miedo que conlleva, nos une en un ADN histórico con el hombre de la cueva. Quizás por ello el papel higiénico se ha convertido en todo un símbolo.
También ahora, como en cualquier epidemia en la Historia, el miedo nace de la ignorancia Las mil tertulias que pretenden combatirla, el debate político -a veces, miserable-, la opinión de especialistas acreditados en todas las materias que también se contradicen, no pueden ocultar el hecho cierto de que simplemente no sabemos. Se dice que estamos en guerra, pero el misil más sofisticado no puede combatir al enemigo microscópico. Tampoco pueden hacerlo los servicios de espionajes que mayor inteligencia derrochan. Las balas que podemos gastar son muy viejas, poco más que lavarse las manos y encerrar nuestros días. Ahora la ciudad no tiene murallas como siglos atrás y no podemos cerrar sus puertas, pero sigue sin haber una mejor protección que nuestro confinamiento.
Sí que es verdad que ha cambiado dónde buscar las respuestas. Ya no son nuestros pecados, ni el uso del cilicio. Ahora la ignorancia sabemos que sólo se combate con un largo aprendizaje, el científico, quizás mucho más corto si no nos empeñáramos en desviar el gasto en aquel misil que pronto quedará obsoleto. También es un debate muy viejo del que no aprendemos.
El sufrimiento que se ceba con los más débiles es otra constante de la historia de las pandemias. Ahora resulta que nos habíamos olvidado de los viejos. La soberbia -o la estupidez- que genera nuestro sistema productivo y el culto a la juventud impuso al inicio del desarrollo de la pandemia la 'tranquilizadora' idea de que sólo se mueren los viejos. Y aún ahora, para no bajar la guardia, se argumenta que también hay jóvenes que mueren. Subyace la idea, que recuerda prácticas eugenésicas, de que el valor de la vida es relativo según la edad o el estado físico. Como si pudiera relativizarse que el viejo no tuviera todo el derecho a disfrutar de su último rayo de sol. Como si las campanas sólo doblaran por ellos. De resultas, el alivio de nuestras conciencias fue pensar que podían estar muy bien porque su habitación en la residencia recordaba la de un hotel de cinco estrellas. Y ni se nos ocurría pensar que el bien más querido podría ser una simple mascarilla o que un metro y medio puede ser una distancia sideral para muchos de nuestros ancianos.
El miedo, la ignorancia y el sufrimiento de los más débiles nos han acompañado en la historia de las epidemias y permanecen imborrables en la memoria individual de quienes la vivieron, pero no han sido capaces de guardar su espacio en la memoria colectiva de la humanidad, ni hemos encontrado los instrumentos para preservarla y actuar en consecuencia. De ahí que un nuevo virus nos haya cogido desprevenidos y el agua y el jabón sean nuestra tecnología punta.
Todos queremos ser optimistas al pensar que saldremos de esta y que habrá un periodo de reconstrucción con un coste asentado sobre la solidaridad entre los pueblos. Pero la verdadera esperanza estará en saber que esta vez podremos construir una memoria colectiva que traspasar a las generaciones venideras, que toda nuestra tecnología debiera estar al servicio primero de salvar nuestra fragilidad como especie y en asumir con humildad lo que un día dijera Newton en frase feliz: «Lo que sabemos es una gota, lo que ignoramos es el océano». Pura actualidad.
De momento, para superar el miedo, construir la memoria y mantener esa esperanza, cumple las normativas.
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Publicado en Diario SUR.
Copiado/pegado de Internet por Victoriano Orts Cobos.
Málaga 14 de mayo de 2020.
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domingo, 10 de mayo de 2020

La vida de película de Charles Aznavour




Un joven Charles Aznavour frente a la catedral de Notre Dame en una imagen del documental 'Aznavour by Charles'./
Un joven Charles Aznavour frente a la catedral de Notre Dame en una imagen del documental 'Aznavour by Charles'.

El cantante, fallecido en 2018, grabó su intimidad y sus viajes por el mundo en películas caseras que ahora ven la luz en un fascinante documental que estrena en Filmin el Festival D'A de Barcelona




Oskar Belategui

OSKAR BELATEGUI
Lo tenía todo en contra para triunfar. Charles Aznavour (París, 1924. Mouriès, 2018) era bajito y feo. Siempre pareció tener la misma edad y un aspecto de perro apaleado del que el cine sacó provecho en ochenta películas. Hijo de inmigrantes armenios que sobrevivieron al genocidio turco, vendió periódicos de niño en París y se impuso convertirse en una estrella cuando sufrió la miseria de adolescente. Vivió la bohemia en una buhardilla sin luz ni agua corriente asomada a la Place du Tertre y gracias a su voz angustiada dio el salto de Montmartre a los Campos Elíseos. Grabó más de 1.400 canciones, 800 de ellas compuestas por él mismo. Cantó en una decena de idiomas, amó a todas las mujeres que pudo, gastó todo el dinero que ganó y Francia le lloró como el gran gigante de la 'chanson' cuando murió a los 94 años sin haber cumplido su retirada de los escenarios, tal como anunciaba en 'J'abdiquerai' (Abdicaré).
Aznavour no tenía secretos. Su voracidad comercial, sus matrimonios, sus opiniones políticas (fue gran amigo de Chirac y Sarkozy)… Todo quedó plasmado en periódicos y revistas a lo largo de setenta años de carrera. Sin embargo, el cantante ocultaba un tesoro en una habitación de su villa de Mouriès, el pueblecito de la Provenza cercano a Arlés donde eligió morir. En 1948, Edith Piaf, de la que fue amante, letrista y chico de los recados, le regaló una cámara de Súper 8. Desde entonces, el cantante se aficionó a grabar casi de manera compulsiva sus viajes por el mundo, sus rodajes, sus amores, las celebraciones familiares, las vacaciones… Pocos meses antes de su muerte por culpa de un edema pulmonar, abrió esa habitación al realizador Marc di Domenico, amigo de su hijo Mischa. Y le pidió que hiciera una película con esos rollos de celuloide perfectamente ordenados. El resultado es un fascinante documental, 'Aznavour by Charles', que se puede ver hasta este domingo en Filmin dentro delFestival de Cine de Autor D'A de Barcelona, que se celebra este año de manera virtual en la plataforma.




'Le regard de Charles' ('La mirada de Charles' en su título original) llegó a los cines franceses el octubre pasado, coincidiendo con el primer aniversario de la muerte del artista. Todas sus imágenes, excepto algunas actuaciones con canciones inolvidables, están tomadas por el propio Aznavour, que demuestra una mirada casi etnográfica en sus viajes por Asia, África y América del Sur. El actor Romain Duris pone la voz en off con reflexiones extraídas de entrevistas y escritos del autor de 'La Bohème'. Lejos del documental biográfico al uso, el filme nos sumerge en algo así como un álbum de fotos familiar convirtiéndonos en testigos de su intimidad. Hay algo mágico en las escenas a bordo del transatlántico que llevó a Aznavour y su segunda mujer, Evelyne Plessis, a Nueva York en los años 50. Resulta hipnótico el glamour ya irrepetible de su boda en Las Vegas con su tercera y definitiva esposa, la sueca Ulla Thorsell, con Kirk Douglas y Sammy Davis Jr. de testigos. Después volverían a repetir ceremonia en París por el rito de la iglesia cristiana apostólica armenia con Johnny Hallyday y Catherine Deneuve en los bancos. Y ahí estaba de nuevo la cámara de Aznavour.
El Capri de los ricos y famosos de comienzos de los 60, el Manhattan con marquesinas de teatros y salas de conciertos rendidas al pequeño francés, el rodaje de 'Un taxi para Tobruk' (1961) junto a su amigo Lino Ventura, que también se ganaba la vida de chaval vendiendo periódicos en las calles de París… «Mi padre casi siempre tenía una cámara en la mano. Recuerdo especialmente sus cámaras digitales, después de las Súper 8», cuenta su hijo Mischa. «Nos filmó en familia, pero también a sus amigos, sus viajes y los grandes momentos de su vida. Mi padre filmaba para fijar los recuerdos». Aznavour no oculta en el documental el gran drama de su vida: la muerte de su hijo Patrick a los 25 años a causa de una sobredosis de drogas. Hay tanto amor en las imágenes caseras del joven, que apareció sin vida en el apartamento parisino que le pagaba el padre, como en las de Ulla, la mujer que puso fin a su vida crápula quemando la noche de París. «No ves mis ojos cuando te filmo, están brillando de emoción», recita.



Charles Aznavour junto a su tercera esposa, Ulla Thorsell, el gran amor de su vida. Con la mítica Edith Piaf, de la que fue amante, letrista y chico de los recados, y con la cámara de Súper-8 con la que grabó sus viajes y aspectos de su intimidad durante años.
«Aznavour y yo nos conocimos en 1999, yo era amigo de su hijo Mischa. Hablábamos mucho sobre cine y música y desarrollamos una relación amistosa de una manera muy relajada», relata Di Domenico. «Un día empiezo a filmarlo y en su biblioteca veo una puerta. La abre y descubro afiches de películas y, en un rincón, un montón de rollos de celuloide». El cantante cita en el filme una máxima de Federico Fellini que siempre tuvo muy presente: «Por las mañanas me despierta la curiosidad». Nunca olvidó su condición de hijo de emigrantes. Por eso hay tanto respeto y cariño cuando graba a los desheredados del mundo. O en su viaje a Armenia, cuando por fin conoce a su abuela y dice que le gustaría permanecer entre sus brazos, aspirando un olor familiar. «Cuando escribía canciones era muy meticuloso, nunca se dejaba llevar por el primer impulso. Por el contrario, su gesto de filmar era completamente espontáneo», valora el director.
'Aznavour by Charles' también funciona como sesión de psicoanálisis para su protagonista, a quien el éxito le saludó tan temprano que casi agarró la cámara como una manera de demostrar que todo lo que le pasaba era real. «Yo existo. Me filmo a mí mismo, pues existo», filosofa. De las tabernas de Pigalle a las piscinas de la Costa Azul. «Gano mucho dinero y no lo escondo», admite el cantante, que también apuntaba con su tomavistas a los periodistas cuando estos lo acribillaban a flashes. «Me vieron, sí, pero lo que no saben es que yo también los vi; de hecho, los estuve mirando desde el principio», confiesa el autor de 'Venecia sin ti'.
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Publicado en Diario SUR.
Copiado/pegado de Internet por Victoriano Orts Cobos.
Málaga 10 de mayo de 2020.
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miércoles, 6 de mayo de 2020

¿Saldremos adelante?

Sí. Saldremos adelante. No es un deseo. O, mejor dicho, no sólo es un deseo, sino una afirmación basada en la experiencia y en razones objetivas



GASPAR MEANA/
GASPAR MEANA

EUGENIO LUQUE
Sí. Saldremos adelante. Sin embargo, desgraciadamente, no todo va a salir bien. En el momento de redactar estas líneas, ya han muerto más de 136.000 personas en el mundo, más de 18.500 en España y más de 200 en Málaga. Además, y aunque frente a esta tragedia pierde importancia, ya estamos inmersos en una crisis económica descomunal. Es ahí donde, dentro de la gravedad, existen razones objetivas para el optimismo.
Hace algunas décadas, Luis Ángel Rojo, uno de los grandes economistas españoles del siglo XX, nos dijo: «El economista se ve continuamente obligado a recordar a la sociedad que los Reyes Magos no existen; y ésta es una verdad lamentable que a nadie gusta oír». En efecto, una de las primeras cosas que aprenden nuestros alumnos en la facultad es que nada es gratis. Todo tiene un coste. Hay que pagar, no sólo la factura del nuevo material sanitario que se está adquiriendo, sino también los subsidios a las personas que han perdido su empleo, las ayudas a empresas y autónomos y las rentas que necesitan los más vulnerables, sin desatender otros gastos como las pensiones o los relacionados con la prestación de servicios públicos. Y lo tenemos que hacer, precisamente, cuando los ingresos públicos disminuyen por la caída de la actividad económica. La buena noticia es que podemos hacerlo. Entre las distintas opciones que se nos presentan seguimos teniendo margen para pedir prestado y, gracias a la política monetaria del BCE, a tipos de interés extraordinariamente reducidos. Como nos recordaba recientemente Gumersindo Ruiz, catedrático de nuestra facultad y con muchos años de experiencia en el sector financiero: «España es un país solvente, sin problemas para financiar los costes de esta crisis». Otro tema es si el volumen que alcanzará la deuda pública sobre el PIB en España, que ya ronda el 100%, es sostenible. Sin entrar en este debate, podemos recordar un dato: ese porcentaje es muy superior al 200% en Japón.
Otro tema es el de la recuperación de la producción y el empleo. A estas alturas tenemos dos certezas: una, la crisis económica será muy profunda; dos, no sabemos cuándo saldremos de ella. Centrémonos en el sector turístico, cuya importancia para Málaga resulta difícil de exagerar. La última crisis sanitaria, provocada por el coronavirus SARS-CoV, supuso una caída de los ingresos mundiales de turismo del 1,4% en 2003. La última crisis económica y financiera hizo que la caída en 2009 fuera del 5,4%. Pues bien, según las estimaciones de la Organización Mundial de Turismo el descenso en este año puede llegar hasta el 30%. El shock que está suponiendo el COVID-19 es espantoso y su enorme dimensión se explica por su carácter global y porque, a diferencia de una simple recesión económica, por profunda que sea, el riesgo no es perder renta, sino perder la vida. Existe miedo a viajar y a recibir viajeros. Entonces, ¿volverán los turistas?, por supuesto. La vacuna llegará. La inmunidad de grupo será un hecho. Y, aunque en el peor de los escenarios perdamos este año, empezaremos a remontar en 2021. De hecho, el turismo ha demostrado en el pasado una impresionante capacidad de recuperación. Las mencionadas caídas de ingresos por turismo en 2003 y 2009 se convirtieron en subidas justo al año siguiente. Es posible que también ocurra ahora.
En 1848 J. S. Mill escribió: «... [existe] una cosa que siempre ha causado asombro: la gran rapidez con que los países se recuperan después de haber sido devastados; la rapidez con que desaparece toda huella de los daños producidos por terremotos, inundaciones, huracanes y los destrozos de la guerra». Desde entonces hemos constatado, en muchas ocasiones, la veracidad de esa afirmación. Lo que estamos viviendo ahora tiene muchas semejanzas con un desastre natural o una guerra a nivel mundial. Hay muertos y damnificados y pérdida generalizada de bienestar, pero con una importante diferencia: no hemos sufrido un desastre natural o un bombardeo que haya destrozado las infraestructuras o mermado la capacidad de producción. Las carreteras siguen aquí, las redes de comunicación están funcionando, las máquinas no se han destruido y la mano de obra está disponible para trabajar. Todo está preparado para que pueda volver a funcionar.
Saldremos adelante. No es un deseo. O, mejor dicho, no sólo es un deseo, sino una afirmación basada en la experiencia y en razones objetivas. En este caso, los optimistas somos pesimistas bien informados.
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Publicado en Diario SUR.
Copiado/pegado de Internet por Victoriano Orts Cobos.
Málaga 6 de mayo de 2020.
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viernes, 1 de mayo de 2020

Jon y la mujer del 3º izquierda

ELENA MORENO SCHEREDRE
No le pareció especialmente grave 'el confinamiento'. De alguna manera, llevaba entrenándose años, desde que se quedó viuda y su hija se fue a vivir a Barcelona. En el sillón donde se sienta cada tarde está grabada la geografía de su cuerpo menudo. Su hija le compró una lámpara «alienígena» que da mucha claridad, se la colocó de tal manera que el haz de luz cae directamente sobre la página de la novela que está leyendo. En Navidad, el regalo de sus dos nietos fue una especie de soporte con pedales para que mueva las piernas. Apoya los pies cuando lee, pero pasa de pedalear. Ella anda por el pasillo; un rosario entero.
En la última semana le han llamado tres veces de asuntos sociales, ha venido una chica de la Cruz Roja amabilísima a traerle sus medicinas. Un chico de una organización de la que no recuerda el nombre le trae un menú de restaurante cada día. Al principio, ella no entendía. Desconfiaba porque el aspecto del joven era terrible. Sabe por las noticias, y porque su hija se lo ha explicado, lo que pasa con la pandemia. Están todos bien, le piden que no salga porque el virus viene a por los mayores. «Se comprende, cariño, estamos en tiempo de prórroga». Su hija dice que no diga eso, que ellos la necesitan, pero están muy lejos, aunque Barcelona esté cerca.
Está abrumada y casi feliz. No lo dice, porque no está bien decir esas cosas, pero por ella que esto dure mucho. No el virus, advierte, sino la atención que le dispensan. Esta mañana se ha puesto un vestido de verano porque hace sol y viene Jon a traerle la comida. El lleva mascarilla y una visera con plástico como los soldadores. Sus ojos negros son dos luceros. Al principio él le traía la bolsa. No hablaban. Pasados los días, ella elogió un plato, y le preguntó por su vida, felpudo de por medio. «Cierre, que se va a enfriar». Ahora él se sienta en el primer peldaño de la escalera, y ella en una silla que ha dejado en la entrada. Jon se queda un rato. Charlan y se cuentan cosas. El chico ha roto con su novia justo antes del confinamiento y tiene el estómago cerrado por la tristeza. «No te preocupes, cariño, lo que ha de llegar llega». Ella le dice que nació en 1930, y que su padre murió en la guerra. Que fue modista a domicilio. Ahora Jon toma apuntes, mientras ella se muere por abrazarlo.
No sabe cuándo les permitirán salir a los que como ella nacieron hace siglos. pero quizás pueda celebrar su cumpleaños con Jon, y con la chica de la Cruz Roja que se llama Ainhoa. «El mundo está muy mal, pero hay jóvenes maravillosos que con esta mierda de bicho han descubierto que los viejos estamos aquí»
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Este artículo, leído por mí, sentado en la azotea de mi casa a la una de la tarde de hoy día 1 de mayo, acompañado de mi hija y mi compañera de siempre (53 años siempre juntos), disfrutando del frescor de una cerveza y de un sol esplendente que supera los 20º C  me ha llegado al rincón más íntimo de mi espíritu. ¡Cuanta belleza y sensibilidad me ha transmitido! Hasta el punto de humedecer mis ojos por la nobleza de su ejecución.
Muchas gracias, Elena Moreno  Scheredre. No es el primer artículo que disfruto de su ingenio y espero que no será el último.
Le repito mis gracias y mi admiración.
Victoriano Orts Cobos. 
 Artículo  publicado en el Diario SUR y  copiado/pegado de Internet.
Málaga 1 de mayo de 2020.   
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