lunes, 20 de junio de 2011

PIOJOS

PIOJOS

LA VICTORIA XXX.

(España era una isla de hambre y miseria corporal del pueblo, y de miseria espiritual de los tres poderes establecidos: El caciquil, el militar y el religioso; que se encargaron de anularla de la cultura, la libertad y la tolerancia del pensamiento libre y diverso del ser humano).

*****

La falta de higiene y la escasez de alimentos era el pan nuestro de cada día en los años cuarenta y cincuenta.

Los piojos tenían su hábitat natural en nuestro cuerpo. Se alimentaban generosamente de nuestra miseria. Su lugar preferido era el cuero cabelludo pero no le hacían asco al resto del cuerpo. Pienso que este tema puede resultar desagradable para quienes no hayan padecido esta miseria.

 Pido indulgencia a quien le afecte, pero estoy relatando un hecho real y no puedo, (ni lo deseo)
 mentir.

Te los encontrabas en cualquier parte del cuerpo y pegados en la ropa. Para desparasitarte los cogías, los ponías sobre la uña del dedo pulgar y con la misma uña de la otra mano hacías presión aplastándolos, produciéndose un sonido como una explosión, diminuta; pero una explosión.

Los reportajes de miseria que vemos en países tercermundistas eran una realidad en los años de la posguerra civil.

Sólo deseo y pido a los dioses que sean compasivos y generosos con nosotros y no nos castiguen nunca más con   miserias similares a las sufridas en la posguerra española del siglo pasado.

Victoriano Orts Cobos.

(Re)visado el día 23 de marzo de 2016.

domingo, 19 de junio de 2011

MI DALMÁU CÁRLES

MI DALMÁU CÁRLES.

LA VICTORIA XXIX.

Portada un tanto deteriorada del libro Dalmáu Carles, 2ª etapa.
En la actualidad correspondería a todos los cursos de estudiantes de Secuandaria.

El único libro que tuve en mi etapa de colegial fue el Dalmáu Cárles. (Jamás cayó en mis manos un tebeo o un cuento).

Comenzaba, como no podía ser de otra manera, por la asignatura de Religión: La historia Sagrada con la creación del Universo e infinidad de “historias para no dormir”.

Le seguía la Gramática, ese manual de reglas para la utilización correcta de la palabra escrita.
La Aritmética con sus reglas matemáticamente exactas.

La Geometría, estudiosa de los cuerpos que ocupan un espacio.

La Geografía de España con sus provincias vascongadas, la región catalana, la región murciana: (Albacete y Murcia)... etc.

El mapa de España, que limitaba al norte con el Mar Cantábrico y los Montes Pirineos que nos separaban de Francia..., del progreso y de la libertad.

Los ríos principales: El Miño, que creo que sigue naciendo en Fuente Miña. El Duero, que cantó D. Antonio Machado. El Tajo, el más largo. El Guadiana con sus ojos y sus Lagunas de Ruidera. El Guadalquivir, rey de las aguas dulces de Andalucía. El Ebro, el más caudaloso…

Y por último La Historia de España, con lugar destacado para los Reyes Católicos, y cerrándola, "El Glorioso Alzamiento Nacional ", con El Generalísimo Franco, (General le quedaba pequeño) Caudillo de España por la gracia de Dios. ¡Qué gracioso era Dios en aquellos tiempos!

Lo dejé olvidado, (a mi libro me refiero) en algún rincón de mi casa cuando me vine a Málaga. (Ignorante de mí, creí que ya lo había aprendido todo).

¿Por cuantas manos habrá pasado este libro antes de llegar a mi?

He tratado de recuperarlo visitando muchas librerías de ocasión pero sólo he conseguido el de 2º grado. El mío, el elemental, no me ha sido posible recuperarlo. ¡Cuánto me gustaría tenerlo frente a mis ojos! ¡Mi Dalmáu Cárles! ¡Mi Libro Sagrado!

Victoriano Orts Cobos.

(Re)visado el día 23 de marzo de 2016.

sábado, 18 de junio de 2011

PEPITA LA DEL CURA

“PEPITA LA DEL CURA”

LA VICTORIA XXVIII.

Mi madre visitaba de tarde en tarde a “Pepita la del Cura” varias veces al año. Podían ser cinco o seis. Era muy diplomática, (mi madre) y pienso que no quería hacerse pesada.

Cogía su cesta de la compra, vacía. Alguna vez, si era tiempo de espárragos, aprovechaba para echarle un pequeño manojo de acompañamiento en su interior y se encaminaba al pueblo a casa de su benefactora. Yo la acompañaba casi siempre. Estaba un rato conversando con ella y cuando salía, lo hacía con la cesta llena de comestibles.

Le llamaban “Pepita la del Cura” porque tenía, o había tenido un familiar muy próximo (creo que un tío) sacerdote. Es curioso, pero sin haberlo conocido recuerdo que se llamaba D. Argimiro. Mi madre lo nombraba con frecuencia y por el tono melódico con que pronunciaba su nombre deduzco que debió ser un buen hombre.

Pepita era la esposa de Paco Aguilar, el cual, tenía un camión de transporte que creo que era el único que había en aquel tiempo en La Victoria.

Era una mujer muy religiosa. Yo, que algún domingo iba a misa la veía siempre en primera fila, cerca del altar, en su reclinatorio individual. Recuerdo que había otro reclinatorio más. Era el de mi maestro D. José.

Isidoro, el hijo de Pepita y de Paco Aguilar también era alumno de D. José, y por supuesto, también asistía a las clases particulares.

“Pepita la del Cura” ejercía el deber cristiano de ayudar a los necesitados. Su semblante sereno que quedó grabado en mi mente era el reflejo de su paz interior.

Victoriano Orts Cobos.

(Re)visado el día 23 de marzo de 2016.

martes, 14 de junio de 2011

ARROZ CON GATO

ARROZ CON GATO

LA VICTORIA XXVII.

Cleopatra, sé que la lectura de este relato puede herir tu sensibilidad, pero quiero aclararte que tú para mí no eres una gata. Tú para mí eres la niña mimada de la casa y aunque los seres humanos somos impredecibles en nuestros actos, yo jamás te haría daño.

*****
El abuelo Frasquito tenía en su casa algunas gallinas. Una de ellas había empollado una decena de huevos y los pequeños comenzaban su andadura. Mi hermano mayor, Frasquito, los cuidaba porque al abuelo ya le costaba trabajo atenderlos.

Un gato asilvestrado se “encariñó” con ellos y día tras día los iba eliminando. Frasquito le tendió una trampa y el felino pasó a mejor vida. Bueno, mejor vida para nosotros.

El animal era joven y “entrado en carnes” y mi hermano, siguiendo el ritual que se emplea con los conejos lo desolló, lo dejó una noche colgado al relente para que se le fuese el humillo y, al día siguiente, para la cena, que era cuando se hacía la comida principal, pues todos estábamos en casa, nuestra madre nos hizo una arroz con “conejo”, ¡delicioso!

Nos supo tan bueno, que voy a tener que darle la razón a quienes opinan que la comida de hoy no sabe tan buena como la de antes.

Victoriano Orts Cobos.

(Re)visado el día 23 de marzo de 2016.

CHUMBOS

CHUMBOS

LA VICTORIA XXVI.

Aunque el campo no tiene puertas, podría  decir que mi calle era la puerta o entrada natural a Pocatorta según se venía de La Victoria.

La calle se componía de tres casas. El nº 1 podía corresponder a mi vivienda;  el nº 3 a la de mi tía Filomena. Frente a mi casa estaba la de Mª Francisca a la cual, por estar a la derecha, le correspondería el nº 2.

Mi tía Filomena tenía frente a su casa, (más bien al costado izquierdo de ésta) una diminuta parcela con 9 ó diez olivos, cercada de chumberas. Estos cactus, producían unos chumbos amarillo-verdosos con la piel muy fina y muy dulces.

Más de un atracón me di yo de aquellos chumbos, hasta el extremo de que en más de una ocasión tuve que ayudarme manualmente, o mejor  dicho, dedalmente, para desatorar la tubería de los residuos orgánicos.

 ¡Qué mal se pasaba! Recuerdo haber echado sangre por el anillo de cuero.

¡Qué pocos chumbos he comido después de aquella época! Y, ¡qué poco los echo de menos!

Victoriano Orts Cobos.

(Revisado el día 22 de marzo de 2016.




..

GASPAR Y LA PAVA

GASPAR Y LA PAVA

LA VICTORIA XXV.

A ninguno de nosotros se  nos hubiese ocurrido, pero a Gaspar sí, porque Gaspar era diferente. Su Mentalidad le eximía de comprender el riesgo al que se exponía con una acción como aquella.

Volvía del campo con el saco vacío, solo, y sólo con un puñado de espárragos en la mano, cuando, mirando en un paredón (frontera entre dos parcelas) vio echada a una pava en su nido cercano a un cortijo.

Sin pensárselo dos veces, acorraló al animal que se disponía  a huir y cogiéndola le retorció el cuello. La echó en el saco y con sumo cuidado introdujo también los huevos que había en el nido y que pasaban de la docena.

Caminó hacia la casa ocultándose hasta de los olivos y cuando llegó, mi madre al ver lo que traía se asustó enormemente. No era para menos, pero el mal estaba hecho.

Peló la pava mi madre, lo más diligente que pudo, al tiempo que le pedía al bueno de Gaspar que hiciese un hoyo en el corral en donde dieron  sepultura a las plumas.

Con el susto, que no nos quitaba el hambre, comimos en secreto varios días carne y huevos fritos gracias al sentido de supervivencia de mi hermano Gaspar.

Victoriano Orts Cobos.

(Re)visado el día 21 de marzo de2016.    

   


GOLONDRINOS

GOLONDRINOS

LA VICTORIA XXIV.

Frente a mi casa estaba la de Mª Francisca, La vecina de la que hablo en la presentación De mi blog. La que nos facilitaba el acceso al abastecimiento del agua de su pozo.

En su casa anidaban todos los años una pareja de golondrinas. Cuando alguna vez entraba una golondrina en mi casa le dábamos todo tipo de facilidades para que anidara, pero ellas sabrían por qué, nunca se establecieron allí. Sin embargo, los golondrinos, forónculos que se desarrollaban en nuestras axilas debido a la falta de higiene, sí que lo hacían con frecuencia. Los forónculos se afincaban en cualquier parte de cuerpo, pero tenían preferencia por los sitios húmedos. Eran muy dolorosos y molestos. Empezaban con una espinilla roja en la piel que se iba agrandando y cuando llegaban a su punto de maduración comenzaban a echar pud. Era entonces el momento de estrujarlos hasta que del fondo salía una especie de tuétano amarillento. A partir de esa intervención dolorosa y autónoma en la mayoría de ls casos, comenzaban a secarse dejando la cicatriz de su paso por nuestro cuerpo. Yo tengo una cicatriz circular de más de cuatro centímetros en la parte interior de la pierna derecha por debajo de la rodilla, de un forónculo que pudo haberme dejado cojo. (¡ lo que le faltaba ya a este cuerpo tan bien proporcionado!) Sin embargo, jamás me llevaron al médico. En el tiempo que viví en La Victoria, ni yo no ninguno de mis hermanos lo visitamos.

El practicante fue alguna vez a mi casa a ponerle inyecciones a mi madre que padeció una operación muy delicada debido a un cáncer. Antes de proceder al pinchazo, metía la jeringa y la aguja en un recipiente de metal rectangular, ovalado por los extremos, muy pequeño, que apenas si cogían. Le echaba alcohol y le prendía fuego. Era la manera en aquella época de desifectar los útiles de inyectar.

Victoriano Orts Cobos.

(Re)visado el día 21 de marzo de 2016.