jueves, 20 de junio de 2013


SOSPECHOSOS HABITUALES
Diario SUR, 09/06/13.
Por ANTONIO SOLER.
Más de mil casos de corrupción han sembrado esta cosecha
de tifus político y este estado de desconfianza en masa.
Está de moda la cacería del político. Más que de moda ese anhelo cinegético es una pulsión, una fiebre que corre por el aire y cuyos gérmenes fueron difundidos precisamente los políticos, con sus torpes maniobras en el laboratorio del poder. La fórmula no les ha funcionado y de cara a la galería se han convertido en una especie de doctores chiflados sin ninguna gracia. A saber dónde quedó aquella emoción política de la Transición, cuando votar era una especie de orgasmo cívico, un acto de libertad y esperanza. Ahora hay quien vota con la sensación de hacerle tragar al político de turno su papeleta. Suerte que en estos meses de ventisca turbia no hay elecciones y la crispación es solo la natural, la atmosférica. Ya tenernos más que suficiente con el rastro podrido que dejan a su paso sus señorías, sus altezas, las instituciones, los catafalcos de la democracia, sus judas, sin que además tengamos que soportar la lluvia ácida de unas elecciones. El descrédito político es ya una cuestión climática. Deben asumir que son los sospechosos habituales y que el Congreso y sus hermanos menores, los autonómicos y las asambleas locales van camino de convertirse en una especie de rueda de reconocimiento donde se combina en parecida proporción la gente decente con los delincuentes.
    Hacer generalizaciones es una cojera de la inteligencia, un mal síntoma. Pero más de mil casos de corrupción han sembrado esta cosecha de tifus político y este estado de desconfianza en masa. No se puede tirar al bulto, pero uno a uno y peldaño a peldaño, los políticos se han ido ganando el deplorable medallero con que cada mañana los condecora el grueso de la ciudadanía en la barra del bar, en las colas del paro o en la ventanilla de los abusos. Ha caído en la indolencia mental y en la molicie anímica. Vegetan por los alrededores del cargo y por ahí depredan  soltando de tarde en tarde un bocado al contrario que tiene la osadía de acercarse por esos  prados en busca de alimento. Como si su única misión fuera marcar el territorio y arañar al adversario y no la de sostener los andamios de un país o un municipio. Propician su condición de casta, se distancian del barro y cada día que pasa se empeñan más en señalar a los ciudadanos como súbditos.
   No hace falta hablar de la casa real o del frontón con que se ha encontrado el juez José Castro, con la fiscalía, Hacienda y todo el aparato del Estado devolviendo su causa como una pared de hormigón. Solo hay que salir a la puerta de la calle, pisar tierra andaluza para encontrar ejemplos de esa desafección de los políticos hacia el pueblo. Con un aire de constricción propio de unos ejercicios espirituales de 1965, reconocen los políticos que sí, que existe una cierta desafección entre los ciudadanos hacia ellos. Se equivocan. Si de verdad quisieran reconocer algo, si anidara en ese razonamiento un principio de honradez intelectual, lo que reconocerían es que la desafección tuvo un origen inverso, y que nació de los políticos hacia quienes los sustentamos. No los miembros de un  partido ni los de otro, sino el estamento en su conjunto. Un ejemplo modesto pero ilustrativo de ese trabajo colectivo nos lo han ofrecido los miembros de la mesa del parlamento andaluz con su sigiloso intento de subirse el sueldo. PSOE, PP e IU, todos a una. Y bajo ellos la plebe abrasada a recortes a la que los padres de la nueva patria le piden un esfuerzo más, un nuevo empujón a la carroza en la que sus señorías nos hacen el favor de viajar.   

V.O.C.  

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