viernes, 28 de febrero de 2020

Biberones centenarios


Josep Amela y otros mozos de la Quinta del Biberón R/. C.
Josep Amela y otros mozos de la Quinta del Biberón R / . C.

Víctor Amela rescata la memoria de la Quinta del Biberón, los críos masacrados en las batallas del Segre y del Ebro / Los siete únicos supervivientes de los 27.000 movilizados a la fuerza al final de la guerra cumplen cien años


Miguel Lorenci

MIGUEL LORENCIMadrid
Solo viven siete de los 27.000 adolescentes reclutados a la fuerza en 1938 como combatientes republicanos en nuestra cruenta e incivil contienda. Fueron la Quinta del Biberón, unos críos nacidos en 1920 y a quienes la guerra hurtó sus mejores años, cuando no la vida. El periodista y escritor Víctor Amela (Barcelona, 1960) rescata su memoria en 'Nos robaron la juventud' (Plaza & Janés), un libro en el que ha trabajado durante 15 años y en el que rehace el puzle vital y emocional de 25 de aquellos 'biberones', siete de los cuales serán centenarios este año.
«El título resume el sentir de casi todos aquellos chicos enviados a una carnicería. Sobrevivieron apenas la mitad, condenados luego a cinco año de mili franquista o reclusión en su cárceles, incluso en campos franceses o nazis. Los mejor parados volvieron a casa con 25 años y la juventud arrasada», dice Amela. Los masacraron en las batallas del Segre y del Ebro, un infierno con más de 200.000 combatientes, con 35.000 muertos y 100.000 heridos. «Soportaron 115 días de bombas italianas y cañoneo de las tropas franquistas: son 305 muertos diarios, una bestialidad».
Amela tenía 17 años cuando su tío Josep le mostró la cicatriz que le dejó en el pecho la bala que le hirió en el Ebro el mismo día que cumplía 18 años y vio morir a su mejor amigo. Supo así de la Leva del Biberón que había ordenado Manuel Azaña. Quiso averiguar más, pero su tío Pepito alzó un muro de silencio que solo pudo derribar tras su muerte con las cartas y fotos que halló en 2005. Se puso manos a la obra y localizó a unos supervivientes «que lejos de sentir odio o resentimiento, reclaman respeto, algo de reconocimiento y comprensión».

Cuatro miembros de la Quinta del Biberón en el Monumento por la Paz y la Reconciliación, el pasado 25 de julio en la cota 705 de la sierra de Pàndols (batalla del Ebro)
Cuatro miembros de la Quinta del Biberón en el Monumento por la Paz y la Reconciliación, el pasado 25 de julio en la cota 705 de la sierra de Pàndols (batalla del Ebro) / V. A.

Cuando cumplieron 80 años alzaron el Monumento a la Paz, pagado por ellos, en la cota 705 de la Sierra de Pàndols, en la Terra Alta. Allí suben cada 25 de julio para conmemorar el aciago día de 1938 en el que se desató el infierno. «Se juntaron supervivientes de ambos bandos, –algunos habían cambiado de trinchera–, en un verdadero ejercicio de reconciliación», dice Amela. Les acompañó al paraje desde donde se divisa el escenario de la batalla más cruenta de la Guerra Civil, arrasado por miles de proyectiles. «Cuando lo inauguraron en 1989 acudieron un millar: el verano pasado eran cinco», explica Amela, que no ha podido entregar el libro al octavo superviviente, Jaume Vallés, fallecido hace diez días.

Morir por nada

«Al final, todos murieron para nada. Quería entender por qué no quisieron explicar la batalla del Ebro y levantar el velo del olvido», dice Amela, que revisó cartas, documentos y diarios. La médula del libro son las entrevistas realizas desde 2005 a los supervivientes de la leva forzosa. Los recuerdos de unos chavales, algunos de 14 años, que maduraron de golpe entre granadas, fusiles, bombas, metralla y muerte. Emergieron historias de traiciones y generosidad, de luz y esperanza en medio del horror. Pere Godall cuenta como «rendido en la trinchera, toqué mi piano imaginario». «Enterré a doscientos compañeros en la Venta de les Camposines», recuerda Gabriel León. «Vi como la bondad y la maldad se daban la mano» asegura Vicenç Ibàñez.
«Me consta que los del bando franquista admiraron la resistencia de aquellos chavales con alpargatas que salían de debajo de las piedras», dice Amela. La mitad murió en los frentes de Merengue y Baladredo, en Balaguer, en la provincia de Lérida, y la otra mitad en la carnicería del Ebro, en Tarragona, «los dos infiernos para los biberones».
«¿Diecisiete años? Pero si todavía deben tomar el biberón», habría exclamado Federica Montseny, sindicalista, anarquista, escritora y ministra durante la II República, dando así nombre a la leva de aquellos chiquillos.
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Publicado en Diario SUR.
Copiado/pegado de Internet por Victoriano Orts Cobos.
Málaga 28 de febrero  de 2020.
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domingo, 23 de febrero de 2020

Queridos hermanos Machado:

Escritores y políticos mandan cartas a Manuel y Antonio en un iniciativa abierta a todos del Instituto Cervantes



Antonio, sentado, con su hermano mayor, Manuel. / E.C.

IÑAKI ESTEBAN
A los dos hermanos, que habían firmado obras de teatro juntos, les dividió la Guerra Civil de la manera brutal en que una guerra civil divide a las familias. A Manuel le cogió en Burgos y, aunque primero le apresaron los sublevados y estuvieron a punto de matarle, un conocido intercedió por él y se unió al aparato intelectual de franquismo, en el que estuvo hasta su muerte en 1947. La historia de su hermano Antonio es más conocida por haberse convertido en un símbolo antifranquista.
Estaba en Madrid en julio de 1936, mes del golpe de Estado. Por su significación republicana y su pertenencia a la Alianza de Intelectuales, Rafael Alberti y León Felipe se presentaron en su casa y trataron de convencerle de que debía abandonar la ciudad. Hizo falta una segunda visita para que tomara conciencia de la situación. Y asintió, pero a condición de que le acompañasen su madre y sus hermanos Joaquín y José con sus familias.
Se asentaron en Rocafort, a unos diez kilómetros de Valencia capital, donde estuvieron hasta 1938. Huyendo del avance de las tropas franquistas, llegaron a Barcelona en mayo de 1938. Ante la inminente caída de la ciudad, cruzaron la frontera en enero de 1939. Antonio Machado, el autor de los archiconocidos 'Campos de Castilla' y 'Juan de Mairena', estaba enfermo desde hacía mucho tiempo y murió en Colliure el 22 de febrero de ese año, Miércoles de Ceniza.
¿Qué queda de la obra de los hermanos y también de esta historia, la suya que es al mismo tiempo la de todos? Eso es lo que ha querido averiguar el Instituto Cervantes. Y para ello ha abierto un buzón en Caja de las Letras, que recogerá las cartas de los remitentes a quienes les hubiera gustado compartir sus reflexiones con estos dos escritores «míticos», según el Cervantes. Las cartas –en papel y sobre– podrán depositarse en persona o enviarse a esta dirección: Antonio y Manuel Machado. Caja de las Letras. C/ Alcalá, 40. 28004 Madrid. La fecha límite es el 31 de diciembre de este año.
Para promover la participación, algunas misivas se acaban de hacer públicas, al hilo de una exposición celebrada en Madrid. Proceden de poetas como Raquel Lanseros, Felipe Benítez Reyes, Luis Alberto de Cuenca o el propio director de la institución, Luis García Montero, además de especialistas como Ian Gibson; pero también de las cabezas de los principales partidos nacionales, a excepción de Vox.







«Poner juntos vuestros nombres es reconocer la calidad poética de vuestras obras, pero también recordar el amor y el respeto con que os tratasteis en la vida. Y no está demás, porque vivimos otra vez un tiempo en el que la intolerancia y la crispación invitan a la enemistad y a simplificar el mundo en eso de las dos Españas», escribe García Montero de su puño y letra, el único que escribir a mano.
Como en las otras cartas, sobrevuela el tema espinoso de que cada uno perteneció a uno de los dos bandos en guerra, pero abundan las matizaciones, literarias y políticas. El director del Cervantes dirige la suya a Antonio, aunque sobre todo le habla de su hermano: «Ya sé que te alegras de que la buena poesía de Manuel sea capaz de rasgar la caricatura franquista que dibujó sobre él la historia. No se trata de negar lo que debió escribir para salvarse, sino de valorar su calidad como poeta y de comprender la coyuntura que se le vino encima».

Las moscas líricas

En la misma línea se expresa el líder de Podemos y vicepresidente del Gobierno Pablo Iglesias. «Quizá haya quien espere de mí una carta sectaria con un Machado bueno y un Machado malo o, lo que es peor, una carta 'equidistante'», escribe Iglesias para situarse. Recuerda que ha citado a Manuel Machado en sus mítines y que su padre le recitaba sus versos «guitarra en mano», o que el mismo poeta fue uno de los fundadores en la Segunda República de la Asociación de Amigos de la Unión Soviética. No obstante, si de elegir se tratara, él se quedaría con Antonio.







García Montero desvela que en esta iniciativa subyace la intención de rescatar la figura de Manuel. «Aprendió mucho del modernismo y un libro suyo, 'El mal poema', influyó mucho en Gil de Biedma y en Ángel González, que a su vez son fundamentales para mi generación», explica y el director del Cervantes, destacado escritor de la llamada 'poesía de la experiencia' y autor de libros como 'Completamente viernes'.
A Manuel le dedica Raquel Lanseros en su carta estas líneas, recuerdo de cuando era niña: «Por mi libro de texto te paseabas, enseñándome prodigios tan reales como que en ocasiones el sol puede ser ciego». Gracias a Antonio empezó a fijarse en las moscas, «Inevitables golosas/ que ni labráis como abejas/ ni brilláis cual mariposas/ pequeñitas revoltosas», escribió el poeta.
De Manuel aprendió Felipe Benítez Reyes que el escritor de poesía necesita «una adecuada dosis de descreimiento para que no se le engole la voz». Pero antes o después de estas apreciaciones poéticas aparece la guerra y el ambiente envenenado que le precedió. Pedro Sánchez recuerda que fue a Colliure para poner flores en su tumba, que representa la «guerra que perdimos todos». No obstante, elige como único interlocutor a Antonio, si bien desea «una España que sea capaz de reivindicarte a ti sin denigrar a tu hermano Manuel y viceversa».
A Pablo Casado, líder del PP, se le cuela en la carta el eslogan de la «España en la caben todos», que ha sido utilizado también por Sánchez, y les cuenta a los dos hermanos que la democracia española es «una de las más admiradas del mundo». En el mismo sentido se pronuncia Inés Arrimadas, que les describe un país que, «pese a no ser perfecto», lo parece dada su enumeración de virtudes, pues está lleno de escritores y cineastas con talento, deportistas e investigadores de primera fila, voluntarios y personas que acogen con los brazos abiertos a «hombres y mujeres de otros países».
A Vox les invitaron, pero no recibieron nada. «Estuvo Rocío Monasterio en la inauguración pero no me extraña que no nos enviasen la carta. Creo que mantienen una enorme distancia con el mundo de la cultura», considera García Montero.
En su opinión, cuando acecha por todo el mundo la rabia del racismo y la intolerancia, «la fraternidad entre los dos hermanos Machado y el cariño que se profesaron deben prevalecer como ejemplo». Para hacer frente a la popularidad que está adquiriendo la mentira, recomienda reflexionar sobre este proverbio de Antonio: «¿Tú verdad? no, la verdad; y ven conmigo a buscarla. La tuya guárdatela».
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Publicado en Diario SUR.
Copiado/pegado de Internet por Victoriano Orts Cobos.
Málaga 23 de febrero de 2020.
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sábado, 15 de febrero de 2020

Buen morir

FELIPE BENÍTEZ REYES
Resulta tan desconcertante como preocupante el hecho de que un debate parlamentario sobre la eutanasia acabe pareciendo un concilio Vaticano. Entiende uno que algunas ideologías políticas tienen una base religiosa, pero los representantes de esas ideologías deben entender también que, en un estado laico, aunque aún con rescoldos del nacionalcatolicismo, las devociones no son ecuménicas, sino privadas, mientras que los derechos civiles conviene que sean universales, se haga uso de ellos o no por motivos de conciencia o de lo que corresponda. La legalización de la eutanasia no convierte al Estado en una «máquina de matar», según la apocalíptica Vox. Tampoco se trata, según quiere el PP, de una «solución final» para ir asesinando poco a poco a la población adulta y, de ese modo, ahorrar en gasto sanitario y en pensiones. Oír esas barbaridades en boca de unos parlamentarios provocaría risa si no provocase estupor, por lo que tienen de argumentos tan sórdidos como desproporcionados: no se trata de romper los frenos de los autobuses del Inserso, sino de la regulación garantista de una cuestión humanitaria, como no haría falta decir.
Una ley de eutanasia no implica -como tampoco haría falta decir- una invitación al suicidio, entre otras razones porque el suicida no necesita leyes para suicidarse. Hay un matiz: no todos quienes deciden dejar de vivir son en rigor suicidas, sino personas que, sobrepasadas por el sufrimiento, renuncian a vivir porque consideran que su vida está fuera de la vida. No es exactamente lo mismo decidir matarse que tener derecho a decidir la propia muerte. Aparte de eso, el deseo de morir puede ir unido, paradójicamente, a un gran apego a la vida: la renuncia a la existencia desde la añoranza de una existencia que mereciera ese nombre.
Oponerse a un derecho en el que entra en juego la dignidad de la condición humana es oponerse a la realidad misma en beneficio de una religiosidad intrusiva, ya que ningún dios pasa por las urnas. La hipótesis de un orden divino, en suma, frente a unos hechos constatables. La moral derivada de un supuesto supramundo frente a los dramas cotidianos de este mundo. Hay quienes encuentran en la oración un consuelo para su desdicha, pero hay quienes no y, en una sociedad plural, ambas opciones deberían convivir sin interferencias. Al fin y al cabo, muchos hemos vivido desde nuestra infancia con la amenaza del infierno teológico, de modo que no estaría mal que los promulgadores de esa amenaza reconocieran que hay quienes padecen el infierno en vida. Y, de paso, que la vida consiste en gran parte en huir de los infiernos, porque nacemos para vivir, no para morir día tras día sin más esperanza que morir del todo.
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Publicado en Diario SUR.
Copiado/pegado de Internet por Victoriano Orts Cobos.
Málaga 15 de febrero de 2020.
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sábado, 8 de febrero de 2020

Poesía al SUR

Emily Dickinson: poemas para volarse los sesos



Emily Dickinson: poemas para volarse los sesos

Acomplejada e insegura, pasó más de media vida encerrada en casa y vestida de blanco. Ahora, considerada una de las mejores escritoras de la historia, es revisitada como heroína millennial, un icono que no publicó ni un solo libro



Alberto Gómez

ALBERTO GÓMEZ
Nunca publicó libros en vida, aunque había escrito cientos de poemas. Emily Dickinson, ingeniosa y compleja, introvertida hasta la patología, no imaginó que acabaría convertida en una de las autoras más respetadas del mundo. Pasó sus últimos años encerrada por voluntad propia en la casa familiar de Amherst, un pequeño pueblo de Nueva Inglaterra, al noreste de Estados Unidos. Ni siquiera salía de su habitación: «Soy huésped de mí misma». Prolongó aquel aislamiento durante más de dos décadas. No siempre fue así. Nacida en 1830 como la hija mediana de un matrimonio acomodado, pronto mostró interés por la lengua y la historia, pero sobre todo por la naturaleza. Su obra está repleta de referencias a las constelaciones y las estrellas, a las flores y los árboles. Abandonó el cobijo del hogar cuando aún era adolescente para ingresar en un exclusivo seminario femenino que pretendía convertir a sus alumnas en misioneras religiosas. La joven Emily, que animaba las tediosas tardes de sus compañeras con relatos extraños y divertidos, dio allí los primeros síntomas de rebeldía y fue declarada «no convertida».
La extrema protección de su vida privada, oculta bajo mil candados, ha desatado teorías académicas y populares que intentan descifrar sin éxito a quién se dirigen los poemas de amor de Dickinson. En esa montaña de elucubraciones caben un pastor protestante casado, un joven a quien su padre prohibió ver e incluso su cuñada, con quien mantuvo una intensa relación epistolar. Porque la poeta estadounidense siempre se sintió más cómoda escribiendo que en el contacto directo. Sus vecinos la consideraban excéntrica, una mujer huraña que evitaba los saludos y recibía visitas a las que atendía manteniendo como distancia la escalera de su casa, que apenas bajaba. En aquella soledad construyó cerca de dos mil poemas de los que menos de diez vieron la luz, y siempre sin que los firmara. Acomplejada e insegura, Emily envió algunos de sus escritos a Thomas Higginson, su mentor literario, incapaz de valorar lo que llegó a sus manos. «Tienen mis poemas vida?», preguntó ella. Él respondió con numerosas propuestas de cambios que abrumaron a Dickinson, dueña de un estilo personalísimo basado en la proliferación de guiones y mayúsculas en versos breves poblados de metáforas y menciones a la inmortalidad.
Nunca se casó ni tuvo hijos. Antes de su encierro solía pasear con su perro, al que adoraba. También salía para hacer compras y acudir a la Iglesia y llegó a viajar en varias ocasiones a Boston. Pero algo se quebró cuando cumplió treinta años. «Mi vida es demasiado sencilla y austera como para molestar a nadie», escribió para justificar su hermetismo. Nadie sabe bien qué le ocurrió, qué resorte interno provocó que pasara media vida enclaustrada y vestida de blanco, color que comenzó a usar cuando decidió darle un portazo al mundo, pero lo cierto es que levantó un muro que ya nunca saltó. Sus biógrafos hablan de ansiedad y depresión, trastornos raramente diagnosticados en su época, pero también de pasiones sin corresponder que terminaron de hundir su autoestima. Un hecho comprobado es que padeció el síndrome de Bright, una enfermedad renal que produce dolor de espalda, vómitos y fiebre, problemas que podrían haber contribuido a su retiro definitivo.
Una obra arrolladora
Tras su muerte, en 1886, su hermana pequeña descubrió cuarenta volúmenes de poemas encuadernados a mano, una obra vasta y arrolladora que ha convertido a Dickinson en una leyenda pese a que siempre permaneció ajena a los círculos literarios, despojada de padrinos. Pocos escritores, más allá de Shakespeare, influyeron en la autora estadounidense, original en cada estrofa. El látigo de su exigencia explica que ocultara sus textos: «Si tengo la sensación física de que me levantan la tapa de los sesos, sé que eso es poesía». Considerada una de las autoras más brillantes y enigmáticas de la historia, su trabajo ha sido visitado y alabado por todas las generaciones posteriores, hasta ser reivindicada como un mito a la altura de Walt Whitman o Edgar Allan Poe. Sus versos, breves e imperfectos, han terminado estampados en camisetas y reproducidos en redes sociales. Su exclusión social ha sido utilizada como ejemplo de rebeldía; ahora que la fama parece el gran objetivo, Dickinson renunció a los aplausos, una isla de humildad en el mar de las vanidades literarias.
La montaña de cartas que envió a su círculo más cercano, a veces acompañadas de poemas, y los miles de estudios practicados sobre su obra han ayudado a desentrañar el carácter y los versos de la talentosa Emily, aunque las incógnitas continúan sobrevolando su biografía. En los últimos años se han estrenado la película 'Historia de una pasión', un retrato sobre la personalidad de la poeta, y 'Dickinson', una serie que desempolva su juventud y madurez en Amherst desde una perspectiva actual. Aquella autora retraída y atormentada, capaz de pasar horas contemplando el paisaje, regresa a nuestros días, casi un siglo y medio después de su muerte, presentada como una heroína millennial. Bienvenida sea.


EMILY DICKINSON

POEMA 511 (TRADUCCIÓN DE SILVINA OCAMPO)

Si vinieras este otoño,
espantaría el verano como una mosca
barrida por el ama de casa,
con una sonrisa desdeñosa.
Si pudiera verte dentro de un año,
devanaría los meses en ovillos —
con un cajón para cada uno,
y no se confundan los números —
si no fuera un problema de siglos,
yo los sustraería de mis dedos,
hasta verlos caer
en la tierra de Van Dieman.
Si yo supiera que después —
existiríamos, todavía tú y yo,
lo arrojaría como una corteza,
y elegiría la eternidad —
pero ahora ignorando
el tiempo que durará este inervalo,
me aguijonea, como la espectral abeja —
que no anuncia — su aguijón.

POEMA 739 (TRADUCCIÓN DE SILVINA OCAMPO)

Muchas veces pensé que la paz había llegado
cuando la paz estaba muy lejos—
como los náufragos— creen que ven la tierra-
en el centro del mar—
y luchan más débilmente -sólo para probar
tan deshauciadamente como yo—
cuántas ficticias costas—
antes del puerto hay—

SENTÍ UN FUNERAL EN MI CEREBRO (FRAGMENTO TRADUCIDO POR SILVINA OCAMPO)

Sentí un funeral en mi cerebro,
los deudos iban y venían
arrastrándose —arrastrándose —hasta que pareció
que el sentido se quebraba totalmente —
y cuando todos estuvieron sentados,
una liturgia, como un tambor —
comenzó a batir —a batir —hasta que pensé
que mi mente se volvía muda —
y luego los oí levantar el cajón
y crujió a través de mi alma
con los mismos botines de plomo, de nuevo,
el espacio —comenzó a repicar,
como si todos los cielos fueran campanas
y existir, sólo una oreja,
y yo, y el silencio, alguna extraña raza
naufragada, solitaria, aquí —

POEMA 1732 (TRADUCCIÓN DE SILVINA OCAMPO)

Mi vida murió dos veces antes de morir --
y aún queda por ver
si la inmortalidad revela
un tercer evento para mí
tan inmenso, tan desesperanzado de concebir
como éstos que dos veces acontecieron.
Partir es todo lo que sabemos del cielo,
y todo lo que necesitamos del infierno.

LA ESPERANZA ES ALGO CON PLUMAS (TRADUCCIÓN DE ALBERTO GÓMEZ)

La esperanza es algo con plumas —
Que se posa en el alma —
Y canta su melodía sin palabras —
Y nunca se detiene — del todo —
Y suena tan dulce — en el vendaval —
Dura debe ser la tormenta —
Que pueda abatir al pequeño pájaro
Que a tantos mantuvo abrigados —
Lo he escuchado en la tierra más fría —
Y en el mar más extraño —
Pero —nunca — en apuros,
Ha pedido
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Publicado en Diario SUR.
Copiado/pegado de Internet por Victoriano Orts Cobos.
Málaga 8 de febrero de 2020.
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domingo, 2 de febrero de 2020

Raúl Zurita: ni pena ni miedo


Raúl Zurita: ni pena ni miedo

El autor chileno, cuyos versos han sido reproducidos en el cielo de Nueva York y el desierto de Atacama, construye una de las obras más rompedoras del último siglo, marcada por las torturas a las que fue sometido y la muerte de su padre


Alberto Gómez

ALBERTO GÓMEZ
En el desierto de Atacama, el más árido del planeta, hay un verso excavado de tres kilómetros: «Ni pena, ni miedo». Su autor es Raúl Zurita, que aprendió a convivir con la derrota en 1973, cuando Augusto Pinochet dio un golpe de Estado que sometió a Chile a diecisiete años de dictadura. El poeta, miembro del Partido Comunista, fue detenido por una patrulla militar que lo condujo hasta un buque utilizado como prisión. Antes había sido golpeado y torturado. Tiempo después confesaría, como una paradoja cruel, que aquel régimen de terror salvó su vida; tenía decidido suicidarse, pero haber asistido a la ejecución de tantos inocentes, contemplar la imagen de su país humillado, convirtió la idea de matarse «en algo espantosamente ridículo, frívolo». Sobrevivió a sí mismo para construir una obra singular y rompedora, capaz de abrazar el dolor y la impotencia pero también la compasión y la belleza.
La situación política provocó que Zurita asociara, ya para siempre, su producción artística y literaria a sus convicciones ideológicas y sociales, a su sentido de la justicia. Estiró ese compromiso hasta el dolor propio. Consolidado como uno de los autores más radicales de su generación, se lanzó amoniaco a los ojos y se quemó parte de la cara, siguiendo el consejo bíblico de poner la otra mejilla. Con aquellas acciones trataba de denunciar la represión de la que había sido testigo y víctima, el horror para el que no encontró palabras. Los primeros meses de la dictadura coincidieron con una crisis personal motivada por su separación de Miriam Martínez, con quien tuvo tres hijos. Ya había comenzado la escritura de 'Purgatorio', su primer libro: «Destrocé mi cara tremenda / frente al espejo / te amo —me dije— te amo. / Te amo más que a nada en el mundo».
Por entonces robaba libros para venderlos. La miseria no era una novedad para él. La muerte temprana de su padre, cuando el poeta sólo tenía dos años, obligó a su madre, inmigrante italiana, a trabajar como secretaria para mantener a la familia. Zurita fue criado por su abuela, que mitigaba la nostalgia transalpina leyendo a sus nietos pasajes de 'La divina comedia' de Dante. La suya, reconoce ahora, fue «una pobreza ilustrada». En Anteparaíso, el segundo libro de Zurita, su pareja Diamela Eltit hace referencia al episodio del amoniaco sobre los ojos: «Resultó con quemaduras en los párpados, parte del rostro y sólo lesiones menores en las córneas. Nada más me dijo entonces, llorando, que el comienzo del paraíso ya no iría. Yo también lloré junto a él, pero qué importa ahora».
Para acercar la literatura a su concepto de «arte total», en 1982 reprodujo en el cielo de Nueva York un poema de quince versos trazados por el humo blanco de cinco aviones. Por la longitud de las letras, de entre siete y nueve kilómetros, frases como «mi dios es herida / mi dios es guetto / mi dios es dolor» pudieron ser leídas por millones de personas. Una década después, también como parte del proyecto titulado 'La vida nueva', perforó la tierra de Atacama. Ya le habían diagnosticado Parkinson, enfermedad que no ha mellado su voluntad de expresión. Poco después de recibir el Premio Nacional de Literatura de Chile, con el cambio de siglo, se separó de Amparo Mardones, su tercera pareja. Aunque no tardó en encontrar una nueva compañera, en este caso a Paulina Wendt, dieciséis años menor, la tentación del suicidio volvió a rondarle en 2002. Comenzó entonces la escritura de su libro más monumental, 'Zurita', más de setecientas páginas de potente carácter autobiográfico.

Premios y traducciones

Ha trabajado como profesor visitante en universidades como Harvard y su obra ha sido traducida a más de veinte idiomas. Pese a su aparente condición de escritor alternativo, más cómodo en los márgenes, también se ha hecho hueco entre el gran público, gracias en parte a reconocimientos como el Premio de Poesía Iberoamericano Pablo Neruda, entregado por la entonces presidenta chilena Michelle Bachelet. En sus libros se cruzan la agitada historia de su país de origen en las últimas décadas con su propia biografía íntima, lastrada por heridas como la ausencia paterna: «No alcanzo a verte. / ¿Es verdad que te morirás / este verano papá?». También el desamor y la enfermedad trufan una obra que comprende títulos imprescindibles como 'Los países muertos' y 'Las ciudades de agua'.
John Ashbery calificó su poesía como «a ratos fría, abrasadora, ácidamente cruel y finalmente liberadora». En la antología 'Tu vida rompiéndose', un volumen de casi seiscientas páginas editado por Lumen, la carrera literaria de Zurita se confirma como una de las más poderosas y peculiares del último siglo. El título elegido para la selección no resulta arbitrario: el adjetivo «roto» y otras palabras derivadas aparecen en todos sus libros, sin excepción, como si el autor chileno, nacido en enero de 1950, se hubiese dedicado a remendar antiguos descosidos históricos, sociales y personales con el hilo único de su visión del mundo. Ahora, cumplidos los setenta años, Zurita sigue excavando en busca de nuevas esperanzas sin pena ni miedo.

RAÚL ZURITA

QUERIDOS PODEROSOS, QUERIDOS HUMILDES

Cuando todo se acabe quedarán tal vez
estas algas
sobrevivirán a las marejadas, a los siglos
y a los sueños
Como perdurarán a los poderosos, a los
tercos de corazón
y a los hombres que nos humillan
estos poemas de amor a todas las cosas

LAS PLAYAS DE CHILE VIII

Muchos podrían haberlo llamado Utopía
porque sus habitantes viven solamente
de lo que comparten, de los trabajos
en las faenas de la pesca y del trueque
ellos habitan en cabañas de tablas a las
orillas del mar   más que con hombres
se relacionan con sus ánimas y santos
que guardan para calmar la furia de las
olas. Nadie habla, pero en esos días en
que la tormenta rompe, el silencio de
sus caras se hace más intenso que el
ruido del mar y no necesitan rezar en voz
alta porque es el universo entero su altar

CIELO ABAJO

Mañana me marcho papá. Díselo tú a mamá. Voy
a limpiarle el óxido a la bicicleta y tomaré por el
viejo camino que dejó el río al secarse. No más
libros papá. Partiré muy temprano para que mamá
no lo advierta. Después se lo cuentas tú papá. No
me despediré de nadie. Me habría gustado dejarle
algunas flores a Veli, pero ya hace mucho que
aquí las únicas flores que se dan son las piedras.
Hondo es el pozo del tiempo. ¿Ves allá al fondo
esas montañas? Sus cumbres están tapadas y
quizás llueva. ¿Te imaginas el mar cubriendo
otra vez este pedrerío papá? No me hablas papá.

GUÁRDAME EN TI

Amor mío: guárdame entonces en ti
en los torrentes más secretos
que tus ríos levantan
y cuando ya de nosotros
sólo que de algo como una orilla
tenme también en ti
guárdame en ti como la interrogación
de las aguas que se marchan
Y luego: cuando las grandes aves se
derrumben y las nubes nos indiquen
que la vida se nos fue entre los dedos
guárdame todavía en ti
en la brizna de aire que aún ocupe tu voz
dura y remota
como los cauces glaciares en que la primavera desciende

SI SÓLO SUPIERAS CÓMO LLORO

Si sólo supieras entonces cómo lloro y no puedo
despertar, qué graciosa me verías si
estuvieras como yo frente a los ríos de
mi país llorando por ti. Me contaron y
no es cierto, únicamente yo te he visto,
vi tu cara color del azabache y del cielo
pero no. Los muchachos sacaron
banderas blancas en el campamento, pero
igual nos golpearon. ¿Estás tú entre los
golpeados, los llorosos, los muertos?
¿Estás tú también allí mi Dios durmiendo
cabeza abajo?
No hay perdón para esta nueva tierra, me
dicen y nada de lo que hagamos cambiará
la suerte que tendremos, pero yo lloro y no
despierto y mi Dios se aleja como un barco.

POEMA FINAL

Entonces, aplastando la mejilla quemada
contra los ásperos granos de este suelo pedregoso
—como un buen sudamericano—
alzaré por un minuto más mi cara hacia el cielo
llorando
porque yo que creí en la felicidad
habré vuelto a ver de nuevo las irrefutables estrellas.
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Publicado en Diario SUR.
Copiado/pegado de Internet por Victoriano Orts Cobos.
Málaga 2 de febrero de 2020.
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