Mostrando entradas con la etiqueta Mis poetas favoritos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mis poetas favoritos. Mostrar todas las entradas

viernes, 26 de junio de 2020

Poemas para maridos infieles


Carson, en una de sus pocas imágenes promocionales./SUR
Carson, en una de sus pocas imágenes promocionales. / SUR

Esquiva y misteriosa, Anne Carson obliga por contrato a limitar su biografía a una frase. Eterna candidata al Nobel, acaba de ganar el Princesa de Asturias. En sus libros, apenas vendidos hasta ahora en España, conviven Homero, Woolf y Keats. Pero ella es puro rock


Alberto Gómez

ALBERTO GÓMEZ
Cuando tenía quince años, Anne Carson entró en una librería y encontró por casualidad un libro de Safo, la misteriosa poeta de la isla de Lesbos. Era una edición bilingüe y los signos del abecedario griego le parecieron indescifrables pero hermosos. Aquel descubrimiento, cuando aún era tan joven que hubiera bastado una simple corriente de aire para que acabara en cualquier otro lugar, ha marcado su obra. Ahora está considerada una de las mejores poetas vivas en lengua inglesa, aunque haya guardado su biografía bajo mil candados. Esquiva y hermética, obliga por contrato a que las solapas de sus libros no se extiendan más allá de una simple frase: «Nació en Canadá y se gana la vida enseñando griego antiguo». Ni un detalle más. No importa. Ya hablan sus poemas por ella, aunque no sean poemas sino una combinación a menudo compleja, liberada del corsé de los géneros. En su rico universo se reúnen Homero, Woolf, Dickinson y Keats, pero también el hermano muerto y el marido infiel. Eterna candidata al Nobel, acaba de ser premiada con el Princesa de Asturias de las Letras, distinción que ha servido para que España conozca a una de las autoras más radicales de las últimas décadas.
De Carson suele decirse que tiene más fans que lectores: auténticos devotos que adoran su actitud críptica y los enigmas que la sobrevuelan, más propios de una estrella del rock que de una poeta, aunque la voz apenas le salga del cuerpo y nunca cometa más excesos que los literarios. No es una escritora al uso. Su prosa parece atravesada por la poesía, pero sus versos no se ajustan a ninguna tradición. Por eso hay que acercarse a sus libros sin prejuicios, dispuestos a encontrar inspiración filosófica, retales mitológicos y un profundo conocimiento de la cultura clásica. En 'Autobiografía de rojo', una novela en verso, reescribe el mito de Gerión y Hércules en clave homoerótica. Resulta innegable el vuelo poético que alcanzan muchos de sus fragmentos: «Era la hora en que la nieve se vuelve azul / y se encienden las luces de la calle y una liebre quizá / se detiene en los confines del bosque tan quieta como una palabra en un libro».
'Nox', otra de sus grandes obras, ni siquiera es un libro, sino una caja que contiene páginas engarzadas en forma de acordeón donde hay fotografías, cartas, pinturas y manuscritos sobre Michael, su hermano mayor, muerto tras media vida enganchado a las drogas. La autora revela que de adultos tuvieron poco contacto, apenas cinco llamadas en más de veinte años, y traza un emocionante viaje para conocerlo con la milenaria elegía de Catulo, también a su hermano, como espina dorsal: «Atravesé multitud de pueblos, multitud de océanos. / Llegué a estas pobres tumbas, hermano, / para traerte la última ofrenda debida a los muertos / y hablar (¿por qué?) con la ceniza muda».
Hija de banquero, Carson pasó una infancia nómada que forjó su carácter introvertido y tentacular. El encuentro, ya de adolescente, con una profesora de latín que le dio clases particulares de griego tras conocer su pasión por Safo, sobre quien terminaría escribiendo la tesis doctoral, resultó fundamental en su «felicidad», confiesa. Aquel idioma siempre le ha parecido «mejor» que el resto: «Es como si alguien te pusiera en las manos una lengua que sólo tuviera una hora de vida, un ser vivo todavía cubierto de rocío». Pero el mundo editorial no le abrió las puertas hasta cumplidos los cuarenta años. En España sus libros están publicados por sellos exquisitos como Lumen, Vaso Roto y Pre-Textos, una apuesta perdida hasta hace unos días, cuando la concesión del Princesa de Asturias despertó el interés general. «Ojalá cuando nos preguntan si todavía tenemos ejemplares de sus obras no tuviéramos que decir que están casi todas las ediciones enteras», lamentó el editor Manuel Borrás.
'La belleza del marido', que la convirtió en la primera mujer en ganar el Premio T. S. Eliot, está considerado por la crítica como uno de los mejores libros de este siglo. La poeta canadiense disecciona la historia de un matrimonio a través de veintinueve capítulos, tangos como prefiere llamarlos, que acaba en divorcio por las constantes infidelidades del marido. De los cónyuges sabemos poco. Ella es una mujer culta, aficionada a escribir. Él, un hombre guapo y seductor, mentiroso hasta la médula: «Leal a nada / mi marido». Si se trata de un ajuste de cuentas autobiográfico sólo Carson, ahora felizmente casada con el artista Robert Currie, lo sabe.
El domingo cumplió setenta años. Ha confirmado que acudirá a Oviedo «si el virus lo permite». Empeñada en «llegar a la idea que había antes de la propia idea», define la poesía, «si la prosa es una casa», como «un hombre corriendo en llamas a través de ella». Sólo hay que dejarlo arder.

ANNE CARSON

Dedico este libro a Keats... (fragmento)

Una herida despide su propia luz
dicen los cirujanos.
Si todas las lámparas de la casa se apagaran
podrías vendar esta herida
con el resplandor que de ella surge.

Pero una dedicatoria sólo es afortunada si se realiza en presencia de testigos... (fragmento)

Leal a nada
mi marido. ¿Entonces por qué lo amé desde la temprana
adolescencia hasta entrada la madurez
y la sentencia de divorcio llegó por correo?
La belleza. No tiene mucho secreto. No me avergüenza decir
que lo amé por su belleza.
Como volvería a hacerlo
si se acercara. La belleza convence. Ya sabes que la belleza
hace posible el sexo.
La belleza hace al sexo sexo.
Tú lo entiendes mejor que nadie...

Pero para honrar la verdad... (fragmento)

Mi marido mentía en todo.
Dinero, reuniones, amantes,
dónde habían nacido sus padres,
la tienda donde se compraba las camisas, la grafí
de su propio nombre.
Mentía cuando no hacía ninguna falta.
Mentía cuando ni siquiera le convenía.
Mentía cuando sabía que sabían que mentía.
Mentía cuando con ello les rompía el corazón.

Mi corazón. El corazón de otra. A menudo me pregunto
cómo acabó ella.
La primera.

Hay algo afilado y ardiente en la primera infidelidad
de un matrimonio.

Taxis arriba y abajo.
Lágrimas.
Grietas en la pared que recibe golpes.
Luces encendidas tarde en la noche.

No puedo vivir sin ella.
Ella, esa palabra que explota.

Luces aún encendidas al amanecer.

Homo Ludens (fragmento)

Esperando el futuro y los dioses,
marido y mujer descansaron,
como pueden descansar los jugadores contraviniendo
las reglas del juego,
si es que es un juego y conocen las reglas,
y lo era y las conocían.

Marido: último ejercicio de campo...

Duele estar aquí.
«Solo tú pudiste escapar».
Contar una historia sin contarla:
querida sombra, esto lo escribo despacio.
Ella con sus inicios.
Yo con mis finales.
Pero todo vuelve
a una luna azul de junio
y a una noche mancillada como dicen los poetas.
Se supone que algunos tangos van sobre mujeres pero mira este.
A quién ves
reflejado muy pequeño
en cada una de sus lágrimas.

Ahora mira cómo doblo esta página para que creas que eres tú.
***********************************
Publicado en Diario SUR.
Copiado/pegado de Internet por Victoriano Orts Cobos.
Málaga 26 de junio de 2020.
************************************************************************************************************************************************ 


viernes, 22 de mayo de 2020

«¿Por qué mil millones de cadáveres?»


«¿Por qué mil millones de cadáveres?»

Dámaso Alonso publicó 'Hijos de la ira' en plena posguerra, una respuesta al horror y la penuria donde pide explicaciones a Dios y que en esta pandemia adquiere una vigencia aterradora: «Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?»


Alberto Gómez

ALBERTO GÓMEZ
Hasta entonces había pasado desapercibido, reducido a la condición de poeta menor, ensombrecido por los fogonazos que generaban colegas de generación como Lorca, Cernuda o Alberti. Pero Dámaso Alonso se descubrió tras la Guerra Civil como un extraordinario analista del desastre. En 1944 publicó 'Hijos de la ira' y todo cambió: aquel crítico, un hombre menudo con gafas gruesas, escondía una capacidad literaria deslumbrante. Roto por haber asistido a uno de los episodios más violentos de la historia de su país, angustiado por el hambre y la miseria que sobrevinieron luego, Alonso escribió poemas que abandonan cualquier intento de complacencia para doler como golpes sobre la memoria, versos que ahora resuenan con una vigencia aterradora. El autor madrileño se muestra indignado, sumido en la desesperación, preguntando a Dios por qué tanta injusticia: «Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre? / ¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día, las tristes azucenas letales de tus noches?».
La idea de Dios, tan presente en su obra, responde a la necesidad de encontrar una primera causa que explique el mundo, como confesó en una entrevista: «El Dios que aparece en mi poesía no pertenece a ninguna religión. Es el nombre que doy a esa primera causa». Cuando ya superaba los cuarenta años, aquella disección de la penuria producida por la posguerra lo elevó como poeta. En una paradoja cruel, tanta desolación le sirvió para dejar de ocupar el plano secundario al que su trabajo como filólogo, con algunos poemas publicados sin demasiado interés, lo había relegado: «Yo soy el orujo exprimido en el año de la mala cosecha». Por edad pertenece a la Generación del 27, de la que formó parte activa en reuniones y actividades, pero suele figurar como autor de la primera tanda de poetas de posguerra por lo tarde que comenzó a escribir de forma frecuente. Él mismo se consideraba «un poeta a rachas», con largos silencios y una obra irregular, y lo cierto es que su labor intelectual, que lo condujo hasta la dirección de la Real Academia Española, ha sido tan valorada como su lírica.
Nacido en 1898, hijo de un ingeniero de minas que murió de tuberculosis cuando el poeta sólo tenía dos años, alcanzó un complicado equilibrio que le permitió permanecer en España. No se entregó a los brazos del franquismo, como Gerardo Diego, pero tampoco se había significado del lado republicano como para que la dictadura quisiera su cabeza. Alonso representa, como Vicente Aleixandre, lo que algunos expertos han llamado exilio interior. Lideró la facción más avanzada entre los autores de su época que no emigraron a otros países, y de hecho 'Hijos de la ira' puede considerarse un libro crítico, aunque la historia cubre de sombras su carácter. Cuentan que el propio Aleixandre, a quien le había descubierto la obra de Rubén Darío, una influencia decisiva después en la poesía del Nobel, escondió sus preferencias sexuales reales entre versos dedicados a mujeres precisamente para resguardarse de la homofobia de compañeros como Dámaso.
Tras reconocer que había escrito 'Hijos de la ira' «lleno de asco ante la estéril injusticia del mundo y la total desilusión de ser hombre», Alonso siguió indagando en el existencialismo como parte de lo que denominó poesía desarraigada, consecuencia de las guerras que asolaron Europa durante décadas. En los años cincuenta dio cursos como profesor invitado en las universidades de Yale, New Haven y Harvard antes de jubilarse en 1968, cuando lo eligieron director de la Academia. Allí le ofreció un cargo a Alberti tras su multitudinario regreso del exilio en 1977. El autor gaditano declinó la propuesta y le recordó que juntos, muchos años atrás, habían orinado en la fachada de la Academia como protesta por el rechazo de la institución a celebrar el centenario de Góngora: «Mira, no quiero ser académico porque no tengo ni siquiera el bachillerato y, además, un día me meé en aquellas paredes. ¿Qué iba a hacer ahí dentro?». Dámaso, atornillado en su responsabilidad, decía no recordarlo.
Inspirado por 'Retrato del artista adolescente', de James Joyce, que tradujo bajo el seudónimo Alfonso Donado, publicó varios libros de impronta metafísica como 'Hombre y Dios' y 'Duda y amor sobre el Ser Supremo'. Trabajó durante años en la unión de las academias de los países de lengua española ante una temida fragmentación del idioma, aunque la cima de su legado continúa siendo 'Hijos de la ira', aquel libro que denunciaba que Madrid «es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas)». Su obra ha influido en autores jóvenes como Ben Clark, ganador del Premio Hiperión en 2006 con 'Los hijos de los hijos de la ira'.
En 1990 murió de un infarto. Sus libros fueron donados a la RAE, a cuya dirección había renunciado años antes. Lázaro Carreter destacó de él su enseñanza de que los significados son organismos complejos: «La palabra lluvia puede ir cargada de esperanza para un labrador en época de sequía, de espanto para quienes sufren una inundación o de júbilo para un niño que estrena impermeable». Una lección a la altura del autor más poliédrico de la poesía española.

DÁMASO ALONSO

INSOMNIO

Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres
(según las últimas estadísticas).
A veces en la noche yo me revuelvo
y me incorporo en este nicho
en el que hace 45 años que me pudro,
o ladrar los perros, o fluir blandamente la luz de la luna.
Y paso largas horas gimiendo como el huracán,
ladrando como un perro enfurecido,
fluyendo como la leche de la ubre caliente
de una gran vaca amarilla.
Y paso largas horas preguntándole a Dios,
preguntándole por qué se pudre lentamente mi alma,
por qué se pudren más de un millón de cadáveres
en esta ciudad de Madrid,
por qué mil millones de cadáveres
se pudren lentamente en el mundo.
Dime, ¿qué huerto quieres abonar
con nuestra podredumbre?
¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día,
las tristes azucenas letales de tus noches?

DETRÁS DE LO GRIS

Ah, yo quiero vivir
dentro del orden general
de tu mundo.
Necesito vivir entre los hombres.
Veo un árbol: sus brazos ya en angustia
o ya en delicia lánguida
proclaman su verdad:
su alma de árbol se expresa,
irreductiblemente única.
Pero el hombre que pasa junto a mí
el hombre moderno
con sus radios, con sus quinielas, con sus películas sonoras
con sus automóviles de suntuosa hojalata
o con sus tristes vitaminas,
mudo tras su etiqueta que dice «comunismo»
o «democracia» dice,
con apagados ojos y un alma de ceniza
¿qué es?, ¿quién es?
¿Es una mancha gris, un monstruo gris?
Monstruo gris, gris profundo,
profundamente oculta sus amores, sus odios,
gris en su casa,
gris en su juego,
en su trabajo, gris,
hombre gris, de gris alma.
Yo quiero, necesito,
mirarle allá a la hondura de los ojos, conocerle,
arrancarle su careta de cemento,
buscarle por detrás de sus tristes rutinas.
Por debajo de sus fórmulas de lorito
real (¡Pase usted! ¡Tanto gusto!),
aventarle sus tumbas de ceniza
huracanarle su cloroformo diario.
Un día llegará en que lo gris se rompa,
y tus bandos resuenen arcangélicos,
oh gran Dios.
Dime, Dios mío, que tu amor refulge
detrás de la ceniza.
Dame ojos que penetren tras lo gris
la verdad de las almas,
la hermosa desnudez de tu imagen:
el hombre.
************************************************
Publicado en Diario SUR.
Copiado/pegado de Internet por Victoriano Orts Cobos.
Málaga 22 de mayo de 2020.
***********************************************************************************************************************************************

jueves, 12 de marzo de 2020

El poeta abroncado por el Papa



Cardenal, con su peculiar aspecto /EFE
Cardenal, con su peculiar aspecto / EFE

Sacerdote y escritor, Ernesto Cardenal apoyó la lucha contra la dictadura de Nicaragua. La revolución y el cristianismo eran para él caras de una misma moneda, una forma de «vestir al desnudo» que le costó su suspensión como clérigo



Alberto Gómez

ALBERTO GÓMEZ
Hace un año, cuando ya estaba enfermo, Ernesto Cardenal volvió a colocarse el hábito de sacerdote de forma simbólica para bendecir, desde la cama del hospital, tras décadas de castigo. El Papa Francisco acababa de levantar su suspensión como religioso, ordenada por Juan Pablo II más de treinta años atrás. La imagen de aquel destierro, en 1983, dio la vuelta al mundo: Cardenal esperaba arrodillado sobre la pista de aterrizaje del aeropuerto de Managua para reclamar el apoyo del Vaticano a su actividad política, vinculada a las luchas progresistas de América Latina. En lugar de obtener su aprobación, se llevó una histórica bronca del pontífice, incapaz de comprender que un clérigo bajara hasta el barro del activismo. Pero a Cardenal nunca le importó mancharse las botas, un compromiso que lo situó como uno de los más destacados representantes de la llamada teología de la liberación, liderando la oposición a la dictadura de Somoza, la dinastía que gobernó Nicaragua durante más de cuarenta años y amasó una fortuna mientras su país agonizaba en la miseria.
Cardenal sabía que arriesgaba el sacerdocio con su implicación, pero solía equiparar su aventura política con la conversión religiosa que había experimentado tiempo antes. Fueron las dos grandes sacudidas de su vida, diferentes caras de una misma moneda: el convencimiento moral de que debía «vestir al desnudo y dar de comer al hambriento», preceptos que entendía a la vez como evangélicos y revolucionarios. Cardenal se unió al frente sandinista de liberación, el movimiento popular que derrocó a los Somoza y sustituyó su régimen por un gobierno democrático de perfil progresista. Con el triunfo revolucionario, el sacerdote asumió el cargo de ministro de Cultura. Puso en marcha talleres para campesinos y pescadores. Les enseñó que la poesía «puede escribirse con las palabras coloquiales que solemos usar y no requiere rima», que cualquier hecho de sus vidas podía ser contado en verso. Bajó las artes de su tradicional pedestal para ponerlas al alcance de los más humildes.
Cardenal, nacido en 1925 en la Granada de Nicaragua, se interesó pronto por la poesía, cuando los libros de Rubén Darío entraron en la casa familiar. Estudió Filosofía y Letras en México y comenzó a escribir poemas de amor influenciado por Neruda. El descubrimiento de la literatura norteamericana le aportó nuevas perspectivas, ampliando su universo poético. Una crisis existencial provocó que se entregase a la religión: «Sentí que era lo único que me quedaba, como quien se pega un tiro: renunciar a todo y entregarme a Dios». Fue Thomas Merton, su mentor, quien le enseñó que su vocación no podía limitarse a la contemplación: era hora de pasar a la acción, de cristalizar los principios cristianos y llevarlos a la práctica. La muerte de Merton supuso un zarpazo del que tardó en recuperarse: «Vivimos como en espera de una cita / infinita. / O que nos llame al teléfono / lo Inefable. / Y estamos solos, / trigos inmortales que no mueren, estamos solos».
Después de ocupar su cargo de ministro entre 1979 y 1987, Cardenal fue alejándose progresivamente de la cúpula sandinista controlada por Daniel Ortega, a quien acusó de diluir los valores primitivos de la revolución en un gobierno populista y arbitrario. Rompía así con un proyecto con el que se había comprometido a fondo, por el que tuvo que soportar aquel dedo acusador de Juan Pablo II. Fuera del partido, pudo dedicar más tiempo a la escritura y al misterio de la vida que tanto le fascinaba, hasta publicar su monumental 'Canto cósmico', una de las obras poéticas de mayor impacto en América Latina, fruto de todas las horas que pasó ante el telescopio: «¿Son sólo para mirarse las estrellas? / Tanta materia extraterrestre ha caído sobre la tierra / que tal vez el suelo que pisamos es extraterrestre».
Por entonces ya se había liberado de las cadenas del clasicismo. Años antes, cuando estudiaba en Colombia, un profesor dio la noticia de la muerte de Marilyn Monroe, sobre quien Cardenal escribió una oración en forma de poema: «Ella no hizo sino actuar según el script que le dimos, / el de nuestras propias vidas, y era un script absurdo. / Perdónala, Señor, y perdónanos a nosotros / por nuestra 20th Century / por esa Colosal Super-Producción en la que todos hemos trabajado». Después iniciaría su acercamiento a la ciencia como manera de comprender a Dios, materializado en las más de 600 páginas de 'Canto cósmico'.
Fue acusado de contradecirse, señalado por respaldar la lucha armada en su etapa como activista, pero Cardenal siempre reconoció su eclecticismo: se declaraba marxista y cristiano, rebelde y retraído. Y nunca consideró que hubiera incoherencias. Desde su concepción humanista del mundo, ni siquiera el apoyo a los guerrilleros revolucionarios quedaba fuera de lugar: «Si vas a amar al prójimo, no puedes tolerar a quien oprime al prójimo». Murió el domingo a los 95 años. Los simpatizantes de Ortega invadieron su funeral para gritar: «Traidor». Él los hubiera perdonado, defensor de «un planeta alegre con arte y poesía / y también paz».


ERNESTO CARDENAL

SALMO 1

Bienaventurado el hombre que no sigue las consignas del partido
ni asiste a sus mítines
ni se sienta en la mesa con los gánsters
ni con los generales en el Consejo de Guerra
Bienaventurado el hombre que no espía a su hermano
ni delata a su compañero de colegio
Bienaventurado el hombre que no lee los anuncios comerciales
ni escucha sus radios
ni cree en sus eslóganes
          Será como un árbol plantado junto a una fuente

COMO LATAS DE CERVEZA

Como latas de cerveza vacías y colillas
de cigarrillos apagados han sido mis días.
Como figuras que pasan por una pantalla de televisión
y desaparecen, así ha pasado mi vida.
Como automóviles que pasaban rápidos por las carreteras
con risas de muchachas y músicas de radios...
Y la belleza pasó rápida, como el modelo de los autos
y las canciones de los radios que pasaron de moda.
Y no ha quedado nada de aquellos días, nada,
más que latas vacías y colillas apagadas,
risas en fotos marchitas, boletos rotos,
y el aserrín con que al amanecer barrieron los bares.

ORACIÓN POR MARILYN MONROE (FRAGMENTO)

La película terminó sin el beso final.
La hallaron muerta en su cama con la mano en el teléfono.
Y los detectives no supieron a quién iba a llamar.
Fue
como alguien que ha marcado el número de la única voz amiga
y oye tan solo la voz de un disco que le dice: WRONG NUMBER
O como alguien que herido por los gánsters
alarga la mano a un teléfono desconectado.
Señor:
quienquiera que haya sido el que ella iba a llamar
y no llamó (y tal vez no era nadie
o era Alguien cuyo número no está en el Directorio de los Ángeles)
        ¡contesta Tú al teléfono!

HORA 0 (FRAGMENTO)

Suenan tiros en la noche, o parecen tiros.
Pasan pesados camiones, y se paran,
y siguen. Uno ha oído sus voces.
Es en la esquina. Estarán cambiando de guardia.
Uno ha oído sus risas y sus armas.
El sastre de enfrente ha encendido la luz.
Y pareció que golpearon aquí. O donde el sastre.
¡Quién sabe si esta noche vos estás en la lista!
Y sigue la noche. Y falta mucha noche todavía.
Y el día no será sino una noche con sol.
La quietud de la noche bajo el gran solazo.

SOMOZA DESLIZADIZA LA ESTATUA DE SOMOZA EN EL ESTADIO SOMOZA

No es que yo crea que el pueblo me erigió esta estatua
porque yo sé mejor que vosotros que la ordené yo mismo.
Ni tampoco que pretenda pasar con ella a la posteridad
porque yo sé que el pueblo la derribará un día.
Ni que haya querido erigirme a mí mismo en vida
el monumento que muerto no me erigiréis vosotros:
sino que erigí esta estatua porque sé que la odiáis.
********************************************************
Publicado en Diario SUR.
Copiado de Internet por Victoriano Orts Cobos.
Málaga 12 de marzo de 2020.
************************************************************************************************************************************************

martes, 3 de marzo de 2020

Poesía al SUR

Ay, Lorca: bailemos tu último vals






Ay, Lorca: bailemos tu último vals

No vio publicado 'Poeta en Nueva York'. Lo fusilaron antes «por socialista y homosexual», pero ni muerto lo callaron: Leonard Cohen se enamoró de su obra y convirtió su poema más surrealista en una canción que dio la vuelta al mundo

ALBERTO GÓMEZ
Leonard Cohen era un adolescente apocado con inquietudes artísticas aún sin canalizar cuando entró en una librería de segunda mano de Montreal y abrió un poemario de Federico García Lorca. Los versos de 'Gacela del mercado matutino' fueron los primeros que leyó del autor granadino: «¿Qué luna gris de las nueve / te desangró la mejilla? / ¿Quién recoge tu semilla / de llamarada en la nieve? / ¿Qué alfiler de cactus breve / asesina tu cristal?». Aquel descubrimiento sacudió al cantautor, que acabó llamando Lorca a su segunda hija. «Encontré mi voz cuando leí a Federico», confesó durante su discurso al recibir el Premio Príncipe de Asturias. Casi medio siglo después de esa primera lectura, Cohen tradujo 'Pequeño vals vienés', de 'Poeta en Nueva York', y le puso música. La adaptación, bajo el título 'Take this waltz', le costó más de cien folios de trabajo y una depresión, pero el resultado dio la vuelta al mundo.
Lorca escribió el poema durante su visita a Nueva York, hace ahora noventa años. Había huido de España en plena crisis existencial, ahogado por una profunda sensación de opresión derivada de los dilemas que le generaba su sexualidad, después de romper su relación con el escultor Emilio Aladrén y extremar sus críticas a la dictadura de Primo de Rivera. El deslumbramiento inicial por la ciudad de los rascacielos, por sus clubes de jazz y su intensa vida intelectual, dio enseguida paso a la rebelión contra lo que consideraba la deshumanización de la sociedad. En sus viajes a Harlem asistió a la marginación que sufrían las minorías étnicas y la exclusión de los negros, que equiparaba al trato que los gitanos recibían en Andalucía, simiente de 'Romancero gitano', publicado poco antes. Lorca desarrolló un sentimiento de rechazo hacia la frialdad y el materialismo que percibía en Estados Unidos, a la vez que aumentaba su simpatía por los desamparados.
La conmoción que le causó aquella brecha desencadenó la escritura de 'Poeta en Nueva York', repleto de imágenes surrealistas que le permitieron expresar su angustia. 'Pequeño vals vienés', antepenúltimo poema del libro, concluido antes de marcharse a Cuba, tiene cierto aire de liberación. El autor andaluz volcó ahí la historia de un amor frustrado, el dolor exteriorizado con el quejío, «¡Ay, ay, ay, ay!», pero también la posibilidad del futuro: «En Viena bailaré contigo / con un disfraz que tenga / cabeza de río». Las continuas referencias a la muerte («Hay una muerte para piano / que pinta de azul a los muchachos») contrastan con la explosión sexual: «Dejaré mi boca entre tus piernas». Su carácter surrealista trasciende la comprensión racional, invitando a utilizar la intuición para desenmarañar los versos. El extraordinario sentido del ritmo de la composición ha provocado que, sobre la melodía creada por Cohen décadas después, artistas como Enrique Morente y Silvia Pérez Cruz hayan cantado el poema original en español, con el quejío como punto álgido, dramático, de sus interpretaciones.
En 'Oda a Walt Whitman', del mismo libro, Lorca ya había ilustrado su tormento interior, defendiendo la homosexualidad («Por eso no levanto mi voz, viejo Walt Whitman, / contra el niño que escribe / nombre de niña en su almohada, / ni contra el muchacho que se viste de novia / en la oscuridad del ropero») pero criticando los alardes afeminados: «Pero sí contra vosotros, maricas de las ciudades, / de carne tumefacta y pensamiento inmundo». También en 'Grito hacia Roma', título que alude a los pactos de Letrán entre la Iglesia y la dictadura de Mussolini, reivindicó los derechos de los sometidos: «Porque queremos que se cumpla la voluntad de la Tierra, / que da sus frutos para todos». 'Poeta en Nueva York', considerada una de las obras más importantes de la historia de la poesía, se eleva así como un libro crítico, fundamental para comprender los cambios sociales y económicos de su época.

Compromiso

Lorca nunca abandonó el compromiso plasmado en aquel poemario. Años después, ya de regreso a España, comenzó a escribir una obra de teatro que se quedaría inconclusa, 'Comedia sin título', donde insistía en la necesidad de sacrificar la ficción, el entretenimiento burgués, en beneficio del conocimiento de la realidad, por áspera que sea: «Hoy el poeta os hace una encerrona porque quiere y aspira a conmover vuestros corazones enseñando las cosas que no queréis ver, gritando las simplísimas verdades que no queréis oír».
'Poeta en Nueva York' no se publicó hasta 1940, cuatro años después de que Lorca fuese asesinado por las autoridades franquistas. Aquel crimen, hoy lo sabemos, fue político. A Federico lo mataron «por socialista y homosexual», aunque el aparato del régimen, consciente de su popularidad y su genio poético, tratase durante años de desvincularse de su fusilamiento. Un lustro más tarde, un joven tímido y brillante entró en una librería de Canadá y descubrió sus poemas. Era Leonard Cohen, aunque entonces nadie lo sabía: el hombre que le devolvería la voz a Lorca, a quien ni siquiera consiguieron callar con su muerte. Sus poemas siguen hablando un siglo después.





FEDERICO GARCÍA LORCA

Pequeño vals vienés

En Viena hay diez muchachas,
un hombro donde solloza la muerte
y un bosque de palomas disecadas.
Hay un fragmento de la mañana
en el museo de la escarcha.
Hay un salón con mil ventanas.
¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals con la boca cerrada.
Este vals, este vals, este vals,
de sí, de muerte y de coñac
que moja su cola en el mar.
Te quiero, te quiero, te quiero,
con la butaca y el libro muerto,
por el melancólico pasillo,
en el oscuro desván del lirio,
en nuestra cama de la luna
y en la danza que sueña la tortuga.
¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals de quebrada cintura.
En Viena hay cuatro espejos
donde juegan tu boca y los ecos.
Hay una muerte para piano
que pinta de azul a los muchachos.
Hay mendigos por los tejados.
Hay frescas guirnaldas de llanto.
¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals que se muere en mis brazos.
Porque te quiero, te quiero, amor mío,
en el desván donde juegan los niños,
soñando viejas luces de Hungría
por los rumores de la tarde tibia,
viendo ovejas y lirios de nieve
por el silencio oscuro de tu frente.
¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals del «Te quiero siempre».
En Viena bailaré contigo
con un disfraz que tenga
cabeza de río.
¡Mira qué orilla tengo de jacintos!
Dejaré mi boca entre tus piernas,
mi alma en fotografías y azucenas,
y en las ondas oscuras de tu andar
quiero, amor mío, amor mío, dejar,
violín y sepulcro, las cintas del vals.

Comedia sin título (fragmento)

«No voy a levantar el telón para alegrar al público con un juego de palabras, ni con un panorama donde se vea una casa en la que nada ocurre y a donde dirige el teatro sus luces para entretener y haceros creer que la vida es eso. No. El poeta, con todos sus cinco sentidos en perfecto estado de salud, va a tener no el gusto, sino el sentimiento, de enseñaros esta noche un pequeño rincón de realidad. Ángeles, sombras, voces, liras de nieve y sueños existen y vuelan entre vosotros, tan reales como la lujuria, las monedas que lleváis en el bolsillo o el cáncer latente en el hermoso seno de la mujer, o el labio cansado del comerciante. Venís al teatro con el afán único de divertiros y tenéis autores a los que pagáis, y es muy justo, pero hoy el poeta os hace una encerrona porque quiere y aspira a conmover vuestros corazones enseñando las cosas que no queréis ver, gritando las simplísimas verdades que no queréis oir.
*********************************
Publicado en Diario SUR.
Copiado/pegado de Internet por Victoriano Orts Cobos.
Málaga 3 de marzo de 2020.
************************************************************************************************************************************************


domingo, 2 de febrero de 2020

Raúl Zurita: ni pena ni miedo


Raúl Zurita: ni pena ni miedo

El autor chileno, cuyos versos han sido reproducidos en el cielo de Nueva York y el desierto de Atacama, construye una de las obras más rompedoras del último siglo, marcada por las torturas a las que fue sometido y la muerte de su padre


Alberto Gómez

ALBERTO GÓMEZ
En el desierto de Atacama, el más árido del planeta, hay un verso excavado de tres kilómetros: «Ni pena, ni miedo». Su autor es Raúl Zurita, que aprendió a convivir con la derrota en 1973, cuando Augusto Pinochet dio un golpe de Estado que sometió a Chile a diecisiete años de dictadura. El poeta, miembro del Partido Comunista, fue detenido por una patrulla militar que lo condujo hasta un buque utilizado como prisión. Antes había sido golpeado y torturado. Tiempo después confesaría, como una paradoja cruel, que aquel régimen de terror salvó su vida; tenía decidido suicidarse, pero haber asistido a la ejecución de tantos inocentes, contemplar la imagen de su país humillado, convirtió la idea de matarse «en algo espantosamente ridículo, frívolo». Sobrevivió a sí mismo para construir una obra singular y rompedora, capaz de abrazar el dolor y la impotencia pero también la compasión y la belleza.
La situación política provocó que Zurita asociara, ya para siempre, su producción artística y literaria a sus convicciones ideológicas y sociales, a su sentido de la justicia. Estiró ese compromiso hasta el dolor propio. Consolidado como uno de los autores más radicales de su generación, se lanzó amoniaco a los ojos y se quemó parte de la cara, siguiendo el consejo bíblico de poner la otra mejilla. Con aquellas acciones trataba de denunciar la represión de la que había sido testigo y víctima, el horror para el que no encontró palabras. Los primeros meses de la dictadura coincidieron con una crisis personal motivada por su separación de Miriam Martínez, con quien tuvo tres hijos. Ya había comenzado la escritura de 'Purgatorio', su primer libro: «Destrocé mi cara tremenda / frente al espejo / te amo —me dije— te amo. / Te amo más que a nada en el mundo».
Por entonces robaba libros para venderlos. La miseria no era una novedad para él. La muerte temprana de su padre, cuando el poeta sólo tenía dos años, obligó a su madre, inmigrante italiana, a trabajar como secretaria para mantener a la familia. Zurita fue criado por su abuela, que mitigaba la nostalgia transalpina leyendo a sus nietos pasajes de 'La divina comedia' de Dante. La suya, reconoce ahora, fue «una pobreza ilustrada». En Anteparaíso, el segundo libro de Zurita, su pareja Diamela Eltit hace referencia al episodio del amoniaco sobre los ojos: «Resultó con quemaduras en los párpados, parte del rostro y sólo lesiones menores en las córneas. Nada más me dijo entonces, llorando, que el comienzo del paraíso ya no iría. Yo también lloré junto a él, pero qué importa ahora».
Para acercar la literatura a su concepto de «arte total», en 1982 reprodujo en el cielo de Nueva York un poema de quince versos trazados por el humo blanco de cinco aviones. Por la longitud de las letras, de entre siete y nueve kilómetros, frases como «mi dios es herida / mi dios es guetto / mi dios es dolor» pudieron ser leídas por millones de personas. Una década después, también como parte del proyecto titulado 'La vida nueva', perforó la tierra de Atacama. Ya le habían diagnosticado Parkinson, enfermedad que no ha mellado su voluntad de expresión. Poco después de recibir el Premio Nacional de Literatura de Chile, con el cambio de siglo, se separó de Amparo Mardones, su tercera pareja. Aunque no tardó en encontrar una nueva compañera, en este caso a Paulina Wendt, dieciséis años menor, la tentación del suicidio volvió a rondarle en 2002. Comenzó entonces la escritura de su libro más monumental, 'Zurita', más de setecientas páginas de potente carácter autobiográfico.

Premios y traducciones

Ha trabajado como profesor visitante en universidades como Harvard y su obra ha sido traducida a más de veinte idiomas. Pese a su aparente condición de escritor alternativo, más cómodo en los márgenes, también se ha hecho hueco entre el gran público, gracias en parte a reconocimientos como el Premio de Poesía Iberoamericano Pablo Neruda, entregado por la entonces presidenta chilena Michelle Bachelet. En sus libros se cruzan la agitada historia de su país de origen en las últimas décadas con su propia biografía íntima, lastrada por heridas como la ausencia paterna: «No alcanzo a verte. / ¿Es verdad que te morirás / este verano papá?». También el desamor y la enfermedad trufan una obra que comprende títulos imprescindibles como 'Los países muertos' y 'Las ciudades de agua'.
John Ashbery calificó su poesía como «a ratos fría, abrasadora, ácidamente cruel y finalmente liberadora». En la antología 'Tu vida rompiéndose', un volumen de casi seiscientas páginas editado por Lumen, la carrera literaria de Zurita se confirma como una de las más poderosas y peculiares del último siglo. El título elegido para la selección no resulta arbitrario: el adjetivo «roto» y otras palabras derivadas aparecen en todos sus libros, sin excepción, como si el autor chileno, nacido en enero de 1950, se hubiese dedicado a remendar antiguos descosidos históricos, sociales y personales con el hilo único de su visión del mundo. Ahora, cumplidos los setenta años, Zurita sigue excavando en busca de nuevas esperanzas sin pena ni miedo.

RAÚL ZURITA

QUERIDOS PODEROSOS, QUERIDOS HUMILDES

Cuando todo se acabe quedarán tal vez
estas algas
sobrevivirán a las marejadas, a los siglos
y a los sueños
Como perdurarán a los poderosos, a los
tercos de corazón
y a los hombres que nos humillan
estos poemas de amor a todas las cosas

LAS PLAYAS DE CHILE VIII

Muchos podrían haberlo llamado Utopía
porque sus habitantes viven solamente
de lo que comparten, de los trabajos
en las faenas de la pesca y del trueque
ellos habitan en cabañas de tablas a las
orillas del mar   más que con hombres
se relacionan con sus ánimas y santos
que guardan para calmar la furia de las
olas. Nadie habla, pero en esos días en
que la tormenta rompe, el silencio de
sus caras se hace más intenso que el
ruido del mar y no necesitan rezar en voz
alta porque es el universo entero su altar

CIELO ABAJO

Mañana me marcho papá. Díselo tú a mamá. Voy
a limpiarle el óxido a la bicicleta y tomaré por el
viejo camino que dejó el río al secarse. No más
libros papá. Partiré muy temprano para que mamá
no lo advierta. Después se lo cuentas tú papá. No
me despediré de nadie. Me habría gustado dejarle
algunas flores a Veli, pero ya hace mucho que
aquí las únicas flores que se dan son las piedras.
Hondo es el pozo del tiempo. ¿Ves allá al fondo
esas montañas? Sus cumbres están tapadas y
quizás llueva. ¿Te imaginas el mar cubriendo
otra vez este pedrerío papá? No me hablas papá.

GUÁRDAME EN TI

Amor mío: guárdame entonces en ti
en los torrentes más secretos
que tus ríos levantan
y cuando ya de nosotros
sólo que de algo como una orilla
tenme también en ti
guárdame en ti como la interrogación
de las aguas que se marchan
Y luego: cuando las grandes aves se
derrumben y las nubes nos indiquen
que la vida se nos fue entre los dedos
guárdame todavía en ti
en la brizna de aire que aún ocupe tu voz
dura y remota
como los cauces glaciares en que la primavera desciende

SI SÓLO SUPIERAS CÓMO LLORO

Si sólo supieras entonces cómo lloro y no puedo
despertar, qué graciosa me verías si
estuvieras como yo frente a los ríos de
mi país llorando por ti. Me contaron y
no es cierto, únicamente yo te he visto,
vi tu cara color del azabache y del cielo
pero no. Los muchachos sacaron
banderas blancas en el campamento, pero
igual nos golpearon. ¿Estás tú entre los
golpeados, los llorosos, los muertos?
¿Estás tú también allí mi Dios durmiendo
cabeza abajo?
No hay perdón para esta nueva tierra, me
dicen y nada de lo que hagamos cambiará
la suerte que tendremos, pero yo lloro y no
despierto y mi Dios se aleja como un barco.

POEMA FINAL

Entonces, aplastando la mejilla quemada
contra los ásperos granos de este suelo pedregoso
—como un buen sudamericano—
alzaré por un minuto más mi cara hacia el cielo
llorando
porque yo que creí en la felicidad
habré vuelto a ver de nuevo las irrefutables estrellas.
***************************************
Publicado en Diario SUR.
Copiado/pegado de Internet por Victoriano Orts Cobos.
Málaga 2 de febrero de 2020.
********************************************************************************************************************************************************